Un perro que entiende a los humanos pero solo puede ladrar: el experimento literario de ‘Blas de Umbe’

El vocalista de Galerna, Mario García-Atucha, debuta en la novela con 'Blas de Umbe', una fábula íntima sobre la comunicación imperfecta, el amor que resiste el tiempo y la búsqueda de trascendencia cuando la fe ya no basta

Mario García-Atucha, líder de la banda Galerna y escritor del libro 'Blas de Umbe'
Mario García-Atucha, líder de la banda Galerna y escritor del libro 'Blas de Umbe'
Javier Cuadrado

Hay artistas que escriben canciones. Otros escriben novelas. Mario García-Atucha escribe siempre la misma pregunta, aunque cambie de forma. La pregunta por la trascendencia cuando uno no tiene fe. La pregunta por el amor cuando el amor dura más que el entusiasmo. La pregunta por la comunicación cuando el lenguaje no alcanza. En su música con el grupo Galerna esa inquietud se convirtió en viaje —Viaje a Roma fue eso: una huida, una ficción emocional donde lo concreto rozaba lo absoluto—; ahora, en su primera novela, Blas de Umbe, esa misma tensión adopta el cuerpo inesperado de un perro que entiende a los humanos pero solo puede ladrar. Y en ese ladrido late todo.

Atucha habla como canta: en espirales. Regresa una y otra vez a las mismas obsesiones —el perdón, la ejemplaridad, la fragilidad masculina, la amistad como patria, el amor que resiste treinta años frente al que apenas dura tres meses— hasta convertirlas en materia literaria. En Blas de Umbe vuelve a Bilbao, a Umbe, a la madera neovasca y a las fiestas de pueblo, pero lo hace no para retratar costumbres sino para interrogar el misterio de la comunicación imperfecta. ¿Qué significa querer decir algo y no poder? ¿Qué significa amar en el tiempo? ¿Cómo se sostiene una familia cuando las palabras no bastan? Si en sus canciones el protagonista cruzaba Europa buscando un centro que quizá no existía, en su novela ese centro se desplaza al interior de una casa, a la intimidad de un matrimonio, al silencio compartido en una cama al final del día.

Hay en Mario García-Atucha una melancolía sin dramatismo, una conciencia aguda de la propia falibilidad que no desemboca en cinismo sino en una forma de ternura. No cree en Dios —lo repite— pero sí en los santos: en la posibilidad de ser mejores de lo que somos, aunque nunca del todo. Esa tensión entre aspiración y límite es la que vertebra su obra, ya sea bajo la luz atlántica de Galerna o en la mirada de un animal que observa crecer, amar, equivocarse y persistir a los humanos que lo rodean. Esta entrevista no es solo el retrato de un músico que debuta en la novela. Es el mapa de una conciencia que lleva años escribiendo, en canciones y ahora en páginas, la misma intuición: que la trascendencia quizá no esté en el aplauso ni en la épica, sino en el desayuno compartido, en la recreación paciente de los vínculos, en el consuelo que nos damos unos a otros cuando el lenguaje se queda corto.

Eres músico, pintas, ahora publicas tu primera novela… ¿Cómo dialogan las artes para ti, cómo entiendes la creación artística?

Yo creo —y tú que eres muy fan de Sorrentino lo recordarás— que en Fue la mano de Dios, cuando el joven habla con el director, este le dice que si quiere dedicarse al cine tiene que tener un dolor. Eso es lo que necesita. En mi caso, más que dolor —lo llamo así porque en la película lo llaman así— es una especie de tensión interna constante. Las herramientas que he ido encontrando para transmitir eso han sido distintas: primero la guitarra, seguramente por algo bastante frívolo; después la escritura, quizá también desde cierta adolescencia y postureo. Poco a poco esas herramientas se convierten en las que dominas. Pinté mucho de pequeño, pero dejé de hacerlo porque sentí que lo mío era la literatura y la música al servicio de la literatura. No soy pintor, ni director de cine, ni arquitecto. Soy alguien que intenta expresar siempre lo mismo desde distintas formas.

¿El arte nace del dolor o de una búsqueda?

Más que dolor, es una búsqueda que adopta distintas formas. Siempre que termino algo pienso que ahí está lo importante que quería decir, que con eso basta. Me pasó con el disco Viaje a Roma, con el single Nesundorma, y también durante los cuatro años que estuve escribiendo Blas de Umbe. Percibía que era eso, que tenía que hacerlo. Luego lo acabas y relativizas, pero necesitas pensar que es crucial, si no, no lo haces.

Escribiste Viaje a Roma, un disco que es casi una novela cantada. ¿Qué fue ese proyecto?

Viaje a Roma es una novela cantada, un disco novelado que narra, a través de doce canciones, el viaje en coche de dos amigos de Bilbao hasta Roma. Pero más allá del hiperrealismo del trayecto hay un juego simbólico constante. Amor invisible frente a deseo lujurioso, memoria frente a vitalismo, perdón, contradicción… Son tensiones que reaparecen en todo lo que hago, también en el nuevo single y ahora en la novela. Al final el esquema es muy simple: somos seres que buscan una trascendencia que nunca alcanzan. Somos falibles. Sin embargo, queda el esfuerzo por la perfección, por la bondad, por el perdón. Esa tensión me obsesiona.

Yo no tengo el don de la fe. Eso me lleva a escribir sobre la tragedia de no poder unirme a lo que querría unirme, a mis seres amados fallecidos, a una inmortalidad que no existe. Pero me interesa la idea de ejemplaridad. Hay una frase que me gusta: “No creo en Dios, pero sí en los santos”. La idea de que la aspiración a lo alto genera figuras ejemplares. Esa frase atraviesa todo lo que hago.

Esta es tu primera novela. ¿Qué encontramos en Blas de Umbe? ¿Quién es Blas?

Blas de Umbe es una novela en la que llevo trabajando cuatro años. Tiene dos almas. Una es costumbrista: ocurre en Umbe, una urbanización entre Bilbao y el mar donde creció mi padre y donde vive mi abuela. Es un lugar muy particular, con arquitectura neovasca que mezcla caserío y algo casi japonés. Siempre me ha parecido hipersugerente. Blas es un perro que vive allí y observa cómo su dueña y sus amigas crecen, cómo se transforman sus relaciones, cómo se hacen mayores. Pero la novela es también un experimento poético: el perro entiende a los humanos, pero solo puede ladrar. Nunca podrá comunicarse plenamente. Es una reflexión constante sobre la comunicación imperfecta, el aislamiento, el deseo de trascender a través del lenguaje y el fracaso de ese intento.

La novela habla de familia, de amor de larga duración, de cómo se gestiona el desgaste en el tiempo. Me interesa más un amor de treinta años que uno de tres meses. ¿Qué significa dejar de amar? ¿Es dejar de amar tener problemas? El perro, como ser que quiere decir y no puede, es el vehículo perfecto para hablar de todo eso.

¿Qué has descubierto sobre ti mismo escribiendo este libro?

Renuncié a hacer un análisis sociológico o político demasiado explícito. Aunque lo hay —se habla de educación religiosa, de sexualidad, de tensiones familiares— quise que sonara lírico, íntimo. Aprendí que muchas veces la vida consiste en recrear lo que ya existe. Las amistades de larga duración, las parejas, la familia: no son novedad constante, son recreación. Te reinventas dentro de lo que permanece. Eso me ha reconciliado con el tipo de vida que quiero.

¿Tu apuesta vital es la escritura?

Creo que sí. Ya he empezado otra novela. Siempre pienso que lo siguiente será lo último importante que tenga que decir, pero luego vuelvo a empezar. La escritura va unida a la música. Tengo ideas experimentales, pero siempre dentro de esa misma obsesión.

'Blas de Umbe', libro de Mario García-Atucha
‘Blas de Umbe’, libro de Mario García-Atucha

Hablas mucho de máscaras. ¿Crees que siempre llevamos máscaras?

Adaptarse es obligatorio. Quien renuncia a eso está equivocado. En cada ámbito usamos una máscara distinta. Pero hay instantes —la intimidad máxima, el consuelo, el cuidado— donde se suspenden. Esos momentos, como desayunar con mis padres o con mi pareja, son los más felices. La felicidad no está en el concierto soñado. Eso es vanidad. La felicidad es compartir sin pretensión.

¿El arte es una entrega?

Sí, pero también es seducción. Hay una apariencia de autoridad, pero en realidad es fragilidad. Sin quien escucha o lee, no hay nada. A veces la experiencia más potente es la del oyente, no la del cantante. Yo ya me sé las canciones de memoria; el que las descubre vive algo irrepetible. Hay una renuncia ahí.

Uno de tus grandes temas es el consuelo. ¿Es eso lo que buscas?

Sí. Me siento cercano a la poesía de Alejandro Simón Partal cuando habla de consuelo, de esos momentos sencillos que sostienen la vida. Aunque no estoy de acuerdo con la idea de que “todos somos poetas”. Todos podemos ser sensibles, pero el poeta construye un artefacto. No hace falta ser artista para trascender. No hace falta ni siquiera llamarlo poesía. Me interesa el formalismo, aprender el artefacto. Si algún día tengo una visión suficientemente clara y las herramientas para sostenerla, entonces haré algo valioso. Mientras tanto, sigo aprendiendo.

Defiendes que “para experimentar la catarsis artística, la clave está en la veracidad”. ¿Qué significa para ti esa veracidad cuando escribes una novela y no una canción?

En música la veracidad es más intuitiva, más rítmica: puedes esconderte un poco en la melodía, en la emoción inmediata. En la novela no. En la novela, si no eres veraz, se nota enseguida. Y no hablo de contar tu vida real, sino de que lo que ocurre, aunque sea ficción, tenga una verdad emocional incontestable. En Blas de Umbe todo es inventado, pero las tensiones son reales: la incomunicación, la envidia entre amigos, el desgaste del amor largo, el deseo de ser mejor de lo que uno es. Esa es la única forma que conozco de tocar lo universal desde lo concreto, que es algo que ya intentábamos hacer en Viaje a Roma.

Para ti lo más importante es “tocar con amigos”. Ahora que publicas en solitario, ¿cómo se traslada esa idea de comunidad a la escritura?

Es verdad que la novela la escribo yo solo, pero no es un acto solitario. Está llena de conversaciones con mis amigos, de discusiones, de sobremesas eternas en Bilbao. Yo no concibo la creación como un gesto heroico individual. Galerna nació de una cuadrilla y mi forma de mirar el mundo también. Incluso cuando escribo, hay una comunidad detrás: la familia, la pareja, los amigos. La literatura puede parecer un acto íntimo, pero para mí es otra forma de diálogo, otro intento de comunicación imperfecta.

“Buscamos lo sublime pero somos igual de grises o mediocres que el resto”. ¿Hay una autocrítica generacional en tu novela?

Sí, claro. Hay una autocrítica fuerte. Nosotros aspiramos a cosas enormes —al amor total, a la trascendencia, a dejar huella—, pero luego somos profundamente contradictorios, perezosos, inseguros. En Blas de Umbe eso está muy presente: los personajes quieren ser ejemplares, pero fallan. Y no pasa nada. Lo interesante no es la perfección, sino el esfuerzo por sostener ciertos vínculos en el tiempo. Esa tensión entre lo sublime y lo mediocre me parece profundamente humana y profundamente contemporánea.

Has hablado muchas veces de la trascendencia como algo que se desea pero no se alcanza. Después de escribir esta novela, ¿sigues pensando que no es posible?

Sigo pensando que no existe esa trascendencia absoluta, esa unión total con algo más grande. Pero sí creo en pequeñas trascendencias cotidianas. En el consuelo, en la ejemplaridad, en el cuidado. Si alguien termina el libro y se siente acompañado, aunque sea con una tristeza luminosa, eso ya es una forma de trascender en vida. No es épico, no es grandilocuente, pero es suficiente.

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