La película de Emmerald Fennell se mueve en el terreno del romanticismo oscuro, pero lo hace desplazando el foco. Si en la novela de Cumbres borrascosas de Emily Brontë la pasión devastadora entre Heathcliff y Catherine era una fuerza que desafiaba clase, moral y tiempo, en Saltburn el deseo ya no se presenta como impulso trágico sino como estrategia. Oliver Quick, interpretado por Barry Keoghan, se mueve más en los límites de la ambición que del amor, y no se consume por la pérdida, sino por el cálculo. Así, el romanticismo se convierte en performance social.
Desde una lectura con gafas violetas, la película expone la masculinidad como construcción aspiracional. Oliver observa a Felix (Jacob Elordi) y no solo desea su cuerpo o su amistad, desea su posición. El privilegio masculino blanco y aristocrático aparece como un objeto erótico en sí mismo. La mansión de Saltburn no es únicamente escenario: se convierte también en parte del deseo, en parte del fetiche. El espacio funciona como prolongación del cuerpo de Felix: inaccesible, luminoso, heredado. El deseo apunta a la promesa de pertenecer.

Ahí es donde el paralelismo con Cumbres borrascosas se vuelve interesante. Heathcliff era el intruso que regresaba enriquecido para vengarse de una estructura social que lo expulsó. Oliver también es el outsider que penetra en un universo de clase alta. Sin embargo, mientras Brontë retrataba una pasión que arrasaba con hombres y mujeres por igual, Fennell propone una lectura más fría: el afecto como herramienta de ascenso. El amor deja de ser fuerza telúrica y se convierte en capital simbólico.
El género atraviesa toda la película. Las mujeres en Saltburn no ocupan el centro del conflicto, pero su presencia es reveladora. Elspeth (Rosamund Pike) encarna una feminidad aristocrática cínica, consciente de su posición y protegida por ella. Venetia (Alison Oliver) aparece atrapada en una dinámica autodestructiva que revela cómo el privilegio no inmuniza frente al vacío. Fennell, que ya había diseccionado la violencia estructural contra las mujeres en Promising Young Woman, aquí desplaza la mirada hacia la masculinidad como territorio vulnerable y brutal a la vez.
La erotización constante del cuerpo masculino es otra clave. La cámara se detiene en Felix con una insistencia casi litúrgica. Oliver mira, y el espectador mira con él. Se invierte la tradicional “male gaze”: el objeto de contemplación es el hombre privilegiado. Sin embargo, la inversión no elimina la lógica de poder. La mirada sigue siendo dominadora y el deseo, posesivo.

En este sentido, Saltburn dialoga con debates actuales sobre clase, meritocracia y resentimiento generacional. La fantasía de integración en la élite convive con el odio hacia ella. Oliver no quiere destruir el sistema; quiere ocupar su lugar. Esa ambivalencia conecta con una sensibilidad contemporánea marcada por la precariedad y la fascinación por el lujo. La película no moraliza, pero expone la obscenidad del privilegio con una estética deliberadamente barroca.
Si Cumbres borrascosas plantea una pregunta sobre los límites del amor absoluto, Saltburn formula otra sobre los límites del deseo cuando se contamina de ambición. El romanticismo gótico se transforma en sátira venenosa. No se trata de una adaptación ni de una relectura directa, sino de una resonancia temática: la figura del intruso, la casa como símbolo de poder, el deseo que desestabiliza el orden social. Fennell no cita a Brontë, pero dialoga con esa tradición de amores oscuros para desmontarla desde el siglo XXI (y hoy, por fin, a través de su adaptación de la novela de Catherine y Heathcliff).
Bajo las gafas violetas, Saltburn revela algo incómodo: el deseo también puede ser una forma de violencia estructural cuando se orienta a poseer, escalar y sustituir. El amor romántico, despojado de su épica, aparece como otra máscara del poder.
