Hay combates que terminan cuando cesa el fuego y combates que siguen mucho después, silenciosos, sin uniforme, sin parte de operaciones. Vuelven en forma de imagen, de pensamiento fugaz, de emoción que no pidió permiso para regresar. La Teniente Coronel y psicóloga militar Pilar Bardera lleva treinta y tres años acompañando a quienes regresan de escenarios extremos. “No recuerdo el primer caso… quizá porque estos síntomas no pertenecen solo al campo de batalla”. Y ahí, empieza todo: en la constatación de que el dicho de que “lo que pase en la guerra, se queda en la guerra”, no siempre ocurre.
La teniente coronel destaca que, lo que permanece en la memoria de un soldado no responde a una jerarquía clara. “Cualquier cosa que vivimos intensamente deja un rastro psicológico, una huella emocional”. A veces es un sonido, una decisión, un gesto. Y no siempre es algo oscuro: muchos regresan con recuerdos luminosos, con la certeza de haber ayudado, con la fuerza del compañerismo, con la memoria de lo compartido. Pero también están los otros recuerdos, los que pesan como un lastre que no se ve pero tira hacia abajo.
¿Y qué es lo que más permanece en esa memoria? “El que a veces no se puede ayudar a todo el mundo, que existen conflictos intra e interpersonales, que se viven circunstancias de mucho estrés… y ahí es donde la culpa, la ansiedad o la nostalgia pueden hacerse presentes por mucho tiempo, a través de esas imágenes, de pensamientos y de emociones”.

Y, ¿afecta más a hombres o a mujeres? “Nosotros no hemos detectado diferencias significativas y la bibliografía es contradictoria: hay estudios que sí encuentran estas diferencias y otros que no”.
Evidencia fragmentada
Según un análisis de más de 16.000 militares heridos en Irak y Afganistán realizado por el equipo de Shira Maguen en el Journal of Psychiatric Research, las mujeres presentaban un 34% más de probabilidades de desarrollar PTSD tras una lesión de combate. Sin embargo, otros trabajos no encuentran esa diferencia: un estudio dirigido por Dawne Vogt con veteranos de OEF/OIF, publicado en Psychological Trauma, concluyó que hombres y mujeres muestran tasas similares de síntomas cuando se controla la intensidad del combate. A esta disparidad se suma que, según una investigación de Amy Street en Journal of Traumatic Stress, los hombres reportan más combate directo, mientras que las mujeres sufren más trauma sexual militar, un estresor que altera cualquier comparación estadística. El resultado es que la evidencia científica no coincide y depende de la muestra, del tipo de exposición y de qué se mida exactamente
El trauma no tiene reloj
Cuando se le pregunta si hay un momento concreto en el que el combate vuelve, niega con suavidad. No es un instante, no es un disparador universal. “No es un momento, sino las características de los hechos vividos lo que determina esa vuelta”. Bardera destaca que hay recuerdos que aparecen de inmediato, otros que esperan semanas o meses, otros que irrumpen cuando ya se cree haber cerrado la puerta. Y si pasado un mes los síntomas no desaparecen y no se interviene, pueden quedarse mucho tiempo.
“Cualquier cosa que vivimos intensamente deja un rastro psicológico, una huella emocional”
A veces, incluso, llegan con retraso, como si la mente necesitara un intervalo para atreverse a mirar. Pero advierte: “Estos síntomas pueden aparecer en diferentes circunstancias y no solo por participar en despliegues militares”. Bardera no solo ha acompañado a militares en zonas de operaciones, también ha trabajado en catástrofes naturales, emergencias civiles y accidentes múltiples: desde la pandemia del Covid-19 hasta la erupción de La Palma o la DANA de Valencia. Escenarios distintos, heridas parecidas. Porque la mente no distingue entre guerra y emergencia: distingue entre lo que pudo procesar y lo que no.
El secuestro de la amígdala
El cerebro, en combate extremo o circunstancias similares, entra en un territorio donde la fisiología manda. “Se produce un alto nivel de activación que el personal entrenado sabe gestionar perfectamente”. Pero hay límites. Hay situaciones cuya intensidad supera cualquier preparación. “Es lo que llamamos el secuestro de la amígdala”. La emoción toma el mando, la razón se repliega, el cuerpo entra en modo supervivencia. ¿Y que lo agrava? “La falta de sueño, el estrés mantenido, la tensión acumulada pueden bloquear la corteza prefrontal, la parte más racional del cerebro”. Por eso, subraya, estos mecanismos están integrados en los programas de preparación psicológica: porque la guerra no solo exige músculo, exige mente.

Los recuerdos que se fijan con más fuerza suelen ser los llamados “incidentes críticos” entre los que están la manipulación de restos humanos, pérdida o heridas graves de compañeros, daños a civiles, ataques sufridos. “Cuando nos enfrentamos a un evento crítico sin estrategias de afrontamiento, se activa una parte del cerebro que solo tiene respuesta emocional”. Y ahí la memoria deja de ser un archivo y se convierte en una alarma.
“La falta de sueño, el estrés mantenido o la tensión acumulada pueden bloquear la corteza prefrontal, la parte más racional del cerebro”
La diferencia entre un recuerdo normal y uno traumático está en la intensidad de lo que provoca. “El nivel de activación, evitación y reexperimentación”. No es la escena en sí: es la reacción que despierta, la forma en que se incrusta en la vida cotidiana.
Pero la psicóloga insiste en algo que considera esencial: no todo es Trastorno de Estrés Postraumático. La prevalencia del TEPT es baja incluso en poblaciones expuestas a eventos críticos. “La humanidad es resiliente, porque si no, nos habríamos extinguido”. Hay estrés agudo que desaparece en días, trastornos adaptativos que se diluyen en meses, malestares que no llegan a ser patología. La exposición no es destino.

El “escudo” militar
La cultura militar, lejos de endurecer emocionalmente, actúa como un escudo. “El sentido del deber y el compromiso son factores de protección psicológica frente al estrés”. La cohesión, el liderazgo, el compañerismo, el sentido de pertenencia; y en lo individual, la autoeficacia, el humor, la regulación emocional, el optimismo. Todo eso se entrena. Todo eso sostiene.
Pero, ¿se puede apagar un recuerdo? “Se puede apagar, sí. Integrarlo de forma saludable y sin resonancia emocional”, subraya la teniente coronel psicóloga a Artículo 14. No se trata de olvidar ni de archivar ni de disociar. Se trata de recolocar. De que el recuerdo deje de gobernar desde la emoción y pase a ser gestionado por la corteza cerebral, por el área cognitiva.
“El sentido del deber y el compromiso son factores de protección psicológica frente al estrés”
El trabajo terapéutico es un puente entre esos dos territorios. “Contar lo vivido ayuda, porque cuando relato algo tengo que pensarlo, y por tanto sacarlo del área emocional”. También ayuda entender qué está pasando y cómo funciona el cerebro. Y menciona el EMDR, la estimulación bilateral, el reprocesamiento: técnicas con evidencia científica que permiten que lo vivido deje de doler como dolía.
Desactivador de recuerdos
El EMDR (Eye Movement Desensitization and Reprocessing, o Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares) nació en los años ochenta para ayudar a veteranos que no podían desprenderse de escenas de combate que volvían una y otra vez. Fue una mujer, la psicóloga estadounidense Francine Shapiro quien ideó el método tras una observación casual. Cuando paseaba por un parque se dio cuenta de que los movimientos oculares voluntarios de un lado hacia el otro reducían las emociones negativas asociadas a sus propios recuerdos de episodios dolorosos.
Hoy, esa técnica -basada en movimientos oculares o estímulos alternos que imitan el procesamiento del sueño REM- es una de las herramientas más eficaces para desactivar recuerdos que quedaron atrapados con demasiada carga emocional. No borra lo vivido: lo recoloca. Permite que el cerebro haga ahora el trabajo que no pudo hacer en el momento del impacto. Por eso se ha convertido en un pilar de la psicología militar y de emergencias.

¿Por qué unos desarrollan trauma y otros no? “Así es todo en la vida. Las mismas circunstancias no nos afectan igual”. La personalidad, el momento vital, el apoyo social, la experiencia previa, las estrategias de afrontamiento. Y hay colectivos más vulnerables: personas con discapacidad, mayores, menores.
Salud mental, presente
En las Fuerzas Armadas, asegura la Teniente Coronel Bardera, la salud mental siempre ha estado presente, pero hoy se protege y se valora más. Hay normativa, recursos, conocimiento. La psicología militar ha crecido, se ha profesionalizado, se ha convertido en un pilar.
Cuando se le pregunta qué es lo que más le ha impactado en todos estos años, no duda: “Siempre, los familiares de nuestros heridos y fallecidos. Nosotros elegimos esta profesión; nuestras familias nos acompañan sin elección”. Una sola frase en la que se condensa una verdad que atraviesa generaciones de militares.
¿Por qué eligió esta vida? ¿Por qué dedicar más de tres décadas a sostener a quienes sostienen la defensa? “Lo mejor es ayudar a otros a estar mejor… Ser psicóloga de nuestros militares es vocacional, sin duda”. Recuerda que ha sido una vida “intensa, dura, feliz, apasionante”.
Quizá por eso, cuando habla de su vida profesional, Bardera no menciona misiones ni destinos, sino personas. Los que vuelven, los que esperan, los que sostienen. Porque lo que queda después del combate no es solo la memoria del fuego: es la memoria del cuidado. Y ahí, en ese territorio donde lo vivido se transforma en algo que ya no duele, es donde ella ha construido su carrera, con la serenidad de quien ha visto mucho y aun así sigue creyendo en la capacidad humana para recomponerse.
