El buque vibraba como si respirara. Afuera, el Índico era una plancha negra sin horizonte. Dentro, bajo una luz quirúrgica que parecía flotar en mitad del océano, la hoy Teniente Coronel de enfermería, Alicia Moreno, ajustó el instrumental mientras tres piratas somalíes -enemigos hacía apenas unas horas- eran colocados en la mesa de operaciones. “Tuvimos que atender en el quirófano a tres piratas heridos tras un intento de asalto”, recuerda.
Era su segunda misión Atalanta embarcada en un buque de la Armada, formando parte del ROLE 2, un quirófano del tamaño de un salón pequeño donde cada movimiento contaba.
En el mar, la medicina es un ejercicio de precisión en equilibrio: el casco golpea, el instrumental tiembla, el espacio es mínimo y no hay repuestos. Solo entrenamiento, sangre fría y simulacros que se repiten hasta el agotamiento.

Aquel 12 de enero de 2012, el buque había sufrido un intento de asalto por un esquife pirata. Tras repeler el ataque, el silencio se rompió con un aviso que lo cambió todo: había heridos. Y en mitad del océano, sin tierra a la vista, el quirófano era el único lugar donde la violencia del mar y del combate podía transformarse en vida. Alicia entró en la sala de operaciones cruzando una frontera invisible entre el enemigo y la humanidad.
Ese día, como tantos otros, el combate quedó reducido a una vía, una respiración, una hemorragia que controlar. En mitad del Índico, sin nadie más, los piratas se convirtieron en pacientes. “Quedaron ingresados hasta su traslado a España”.

Bosnia: la primera vez que la guerra mira a los ojos
En 1993, Alicia, recién casada, se convirtió, sin saberlo, en una de las primeras mujeres militares españolas desplegadas en una misión internacional.
La guerra de Bosnia no era un conflicto lejano, era Europa. Dos horas de avión, una sociedad mediterránea como la nuestra y allí, en mitad del invierno, la enfermera militar aprendió demasiado rápido lo que significa la palabra “baja”. Y es que en Bosnia Herzegovina “al modificarnos la
misión y pasar a ser fuerzas de interposición hubo un incremento en asistencias sanitarias, tuvimos que atender a un número muy elevado de personal civil”. Pero, recuerda, “lo más duro es tratar a tus propios compañeros heridos… Diez de ellos fallecieron. Hicimos lo que pudimos para que regresaran con sus familias, pero no pudo ser”. “Son momentos de mucha frustración y complicados de gestionar a nivel emocional, pero nos debíamos a los que seguían allí, había que estar al 100% por ellos”.

Seis meses, frío, barro, refugios, explosiones… Y la sensación de que la vida, la suya y la de todos, podía romperse en cualquier momento.
Ella, la teniente médico Pilar Hernández Frutos o la hoy general médico Elvira Pelet fueron de las primeras mujeres en aquella agrupación táctica. Y lo hicieron bajo la mirada de todos. El entonces jefe de la misión, hoy general Morales, lo dejó escrito: “Su inclusión no solo marcó un hito. Demostró que el valor y la competencia no conocen género”.
Kosovo: la misión que le rompió el alma
Si Bosnia la hizo adulta, Kosovo la hizo madre en guerra. “En mi segunda misión fui desplegada formando parte de núcleo de apoyo logístico a la misión de
la OTAN en el 2000”. Para ella fue la “más dura” a nivel personal para ella. “Me tuve que ir dejando a mis hijos de 3 años y 9 meses”, confiesa a Artículo 14.

Cada día atendía a refugiados y, sobre todo, niños y también familias que se separaban sin saber si volverían a verse. Y entonces entendió algo que la acompañaría toda la vida: “Yo estaba separada de mi familia, pero era por trabajo. Pasarían los meses y volvería a casa” pero quizá esas familias, separadas por necesidad ,“quizá no se volverían a ver”.
Afganistán: la enfermería española que sorprendió al mundo
En Afganistán, en plena operación ISAF, Alicia trabajó en uno de esos hospitales de campaña que funcionan como un corazón artificial en mitad del desierto. El ROLE 2 de Herat -triage, cirugía de control de daños, críticos, laboratorio, rayos X, TAC- era un engranaje quirúrgico donde cada minuto contaba y cada profesional venía de un país distinto. “Tuvimos que coordinar nuestros procedimientos para sacar adelante a nuestras bajas en las mejores condiciones”, recuerda. Y en ese cruce de idiomas, uniformes y protocolos, ocurrió algo que aún hoy la emociona: “La enfermería militar española fue reconocida por su formación, su capacidad de adaptación y su polivalencia”. “Lo que no se entrena, no se sabe. Y en la emergencia no se improvisa”.

Allí aprendió a trabajar bajo una presión que no se parece a nada. A convivir durante meses con compañeros que se convierten en familia. A gestionar recursos como si cada venda fuera la última. “Te genera una autoexigencia enorme y te enseña a llevar sobre tu espalda la responsabilidad de la salud de esa familia militar”, resume.
Entre el mar, el cielo y la tierra: dos formas de sobrevivir
No hay dos misiones iguales. En un buque, los espacios son tan reducidos que cada gesto se vuelve quirúrgico; el mar impone su propio ritmo, el movimiento continuo te obliga a trabajar con los pies anclados y la cinetosis acecha como un enemigo silencioso. “Las condiciones de la mar condicionan mucho la vida y la forma de trabajar”. En tierra, el desafío es otro: refugios, explosiones lejanas, noches interminables y la necesidad de gestionar recursos como si cada venda fuera la última. “La situación táctica marca las condiciones de vida”, recuerda. A veces incluso hay que trabajar dentro de los propios refugios, con la respiración contenida y la mirada fija en el siguiente herido que pueda llegar.

También está formada para intervenir en el aire. Cuidar a un paciente en altura es una mezcla de críticos, urgencias y aeronáutica. Ruido, vibración, movimiento, cambios de presión, menos oxígeno. Y decisiones rápidas. “La prioridad es la seguridad aeronáutica”, explica. Y aun así, allí arriba, también se salvan vidas.
Pero hay algo que no cambia, ni en el Índico ni en Afganistán, ni en Bosnia ni en Kosovo: la responsabilidad. “En ambos tipos de despliegues cae sobre nuestros hombros la obligación de estar preparados para mantener a nuestras bajas en las mejores condiciones hasta que puedan ser evacuadas”, resume. Una frase que podría sonar técnica, pero que en su voz pesa como una mochila llena de nombres, rostros y noches sin dormir.
Pioneras en un Ejército que aún no sabía cómo mirarlas
Cuando Alicia recuerda su llegada a las Fuerzas Armadas, lo hace con una mezcla de vértigo y orgullo. “Fue un momento de cambio en el Cuerpo Militar de Sanidad”, explica. La enseñanza militar se transformaba, los enfermeros pasaban a formarse como oficiales y los Cuerpos Comunes empezaban a integrarse en las academias de Tierra, Aire y Armada. Su primer destino fue Zaragoza, donde ella y dos compañeras se convirtieron en las primeras mujeres militares destinadas en la plaza. Y cuando le ofrecieron ir a Bosnia como parte de las Fuerzas de Protección de Naciones Unidas, su primer pensamiento fue que no la dejarían. “Ninguna mujer militar española había sido desplegada”. Pero se equivocó. Seis meses, 1.200 militares, la mayoría legionarios y la mirada de todo un país encima.

“Personalmente me sentí totalmente integrada en la agrupación, me hicieron sentir como uno más y valorada, quizá demasiado por el número tan alto de bajas y fallecidos que tuvimos que asistir, confirmando que la competencia y el valor no son cuestión de género”. Destaca los lazos “inquebrantables” que hizo con sus compañeros de misión y que sabe que, aunque pasen los años siempre cuenta con ellos.
“Quiero aprovechar a rendir un homenaje a todos los fallecidos de esta agrupación y recientemente el Subteniente D. Jose Manuel Zaragoza Sanchis, militar con el que compartimos momentos complicados en nuestro despliegue y que siempre lo hacía con profesionalidad y una sonrisa en la cara”.

Cuando se le pregunta qué encontró en las Fuerzas Armadas que no existía en un hospital convencional, la respuesta es un mapa entero: Unidades, buques, bases, UME, Guardia Civil, hospitales militares, misiones internacionales, emergencias civiles, docencia, gestión, investigación”. Asegura que la enfermería militar no es un destino: sino un universo. Y la Teniente Coronel lo ha recorrido entero.
Jefa de enfermería en la UME
Durante su etapa como jefa de Enfermería de la UME, Alicia vivió emergencias que no salen en los libros de historia, pero que marcan igual: la DANA de 2024, los incendios de 2025, evacuaciones, inundaciones, carreteras cortadas, centros de salud colapsados. “Tuvimos que coordinar todos los medios sanitarios en la zona de la emergencia”, explica. Y no solo para los intervinientes: también para la población civil, cuando la sanidad local quedó anegada.
La UME es un lugar donde la presión no avisa. Donde la vida depende de decisiones tomadas en segundos. Donde la responsabilidad pesa más que el uniforme.

Al límite
La Teniente Coronel Moreno reconoce que ha habido días en los que sintió que no podía más. Bosnia fue uno, la pandemia, otro. En la UCI COVID del Gómez Ulla vio morir a pacientes que parecían mejorar. “Era desconcertante. Este despliegue no era fuera, era en casa”, recuerda. Y aun así, cada día volvía. “Uno puede caer, pero te reinventas por los demás. Porque te necesitan al 100%”.
Cuando le preguntas qué la inquieta más en una emergencia, no duda: “El miedo es necesario, te mantiene viva”. Pero también la responsabilidad. “Somos personal crítico, no podemos fallar a nuestros compañeros”. Liderar, dice, es mantener la calma, priorizar lo urgente dentro de lo urgente y comunicar con claridad porque “en la emergencia no se improvisa”.

Premio Príncipe de Asturias. Premio Nacional de Enfermería. Insignia de Oro. Mujer Solidaria. La Teniente Coronel los recibe como si fueran de todos. “La enfermería militar es la hermana pequeña en número, pero sostiene la Sanidad Militar”.
Dice que después de 36 años de servicio, lo que la impulsa cada mañana es que “la enfermería militar esté en las mejores condiciones para cuidar a los nuestros”. “Detrás de cada uniforme hay profesionales que no solo luchan por salvar vidas, sino también contra el miedo, la incertidumbre y el dolor”.
La evolución de la enfermería militar
Desde que Alicia entró en las Fuerzas Armadas, la enfermería militar ha cambiado tanto como los escenarios donde ha trabajado. “Al principio improvisábamos más”, admite. Pero las misiones internacionales demostraron pronto que hacía falta algo distinto; oficiales capaces de sostener un ROLE 2, un hospital quirúrgico avanzado desplegado donde la vida pende de minutos.

En esos entornos -cuando la población en riesgo es alta, cuando se esperan muchas bajas o cuando las distancias con otros hospitales son imposibles- la enfermería debía asumir capacidades quirúrgicas, cuidados críticos y manejo del dolor. “Era evidente que necesitábamos una formación específica”, destaca.
Por eso, en 2016 se impulsó la creación de la especialidad de Enfermería Médico‑Quirúrgica en Operaciones, y en 2017 se convocó por primera vez. Con ella nació una generación preparada para salvar vidas donde no hay margen para fallar.

