Hay artistas que viven el teatro desde distintos lugares del escenario. Amaia Vargas comenzó como actriz, pero en un momento clave decidió ampliar su mirada y formarse en iluminación teatral. Aquella decisión no fue una ruptura con la interpretación, sino una manera de profundizar en ella desde otro ángulo: entender que la luz también narra, también construye emoción y forma parte del lenguaje escénico.
“Recuerdo perfectamente el momento que decidí estudiar iluminación teatral. Hacía un par de años que había estudiado la carrera de arte dramático y siempre me salían papeles de mala. Me había fijado mucho en el tema de la iluminación en el escenario, en conciertos, zarzuela, ópera, danza y hubo un momento que me cansé de interpretar siempre a la bruja sobre el escenario así que pensé: lo dejo. En ese momento mi cabeza explotó y decidí estudiar iluminación en la escuela de teatro de Getxo y fue algo que me atrajo desde el principio porque no sale del mundo artístico y teatral”, explica.
Aquella etapa le permitió descubrir que la creatividad no termina en el cuerpo del actor. Continúa en la atmósfera que lo envuelve, en la temperatura del color, en la intensidad de un foco, en el ángulo desde el que se ilumina un gesto. “Lo que más me atrajo de este oficio es que se puede interpretar también con la luz. Se puede y se debe. Es otra forma de crear, de mirar un texto y de reflejarlo con colores, con intensidades, con tipos de focos, ángulos, alturas. Todo tiene un significado y eso es lo que más me atrae del mundo de la iluminación además está dentro de lo creativo y lo artístico del teatro, la danza y la música”.

Su formación coincidió con un entorno todavía muy masculinizado. “Cuando empecé a estudiarlo, éramos dos mujeres en sonido y en iluminación éramos cuatro chicas de una clase de 15 personas. Y cuando empecé a trabajar en ello, también éramos o una, yo, o dos como mucho de un equipo de seis personas. Comencé a trabajar en conciertos de rock and roll. Ganarme el espacio fue fácil porque siempre he tenido la suerte de estar con equipos de hombres muy agradables, muy sencillos, que les daba igual, nunca he tenido la sensación de rechazo o inferioridad, al contrario. No puedo decir nada malo de ningún equipo con el que he estado trabajando”.
Pero iluminar no es solo diseñar una atmósfera. Es también un trabajo físico, técnico y colectivo. E incluso peligroso. “Iluminar es empezar con carga y descarga, llegas la primera y te vas la última, es todo el trabajo previo, saber qué vas a iluminar, con qué material, escuchar al grupo de música, si es una obra de teatro estudiarla antes, reunirte con el director y saber cuáles son sus necesidades en cuestión de material, te ganas el lugar trabajando como en todas partes, sin que se te caigan los anillos porque también es un trabajo muy físico, descargar, montar, probar, programar, hacer el bolo, desmontar, cargar y marcharte”.
Nunca sintió que tuviera que demostrar más por ser mujer. “No he tenido la sensación de tener que demostrar el doble por ser mujer, que haya habido hombres que hayan estado más atentos, puede ser, pero no he tenido que demostrar más por ser mujer y ya no existe el prejuicio de que los trabajos técnicos son cosas de hombres porque en muy poco tiempo las mujeres hemos demostrado que somos tan capaces como ellos, también hay una serie de normas de riesgos laborales, es un trabajo de equipo y no de demostrar quién es el más fuerte”.
Para Amaia, la iluminación es una herramienta narrativa fundamental. Puede modificar la lectura de una escena sin que el espectador sea plenamente consciente de ello. “Es clave para la narrativa escénica en teatro aunque muchas veces es invisible para el público. Pero para los sentidos, es visible, para la vista. Y te da mucha información aunque no seas consciente, tu cerebro la recibe y es clave”.

No se trata simplemente de alumbrar. “Me gustaría que la gente entendiera que es un trabajo muy pensado que no es alumbrar, es iluminar, que tiene un sentido y una narrativa, es un trabajo de mesa, de creación, de esfuerzo físico de muchas horas y es un trabajo de emocionarse porque emociona cuando diseñas y lo ves después y dices, guau, esto lo he hecho yo y tiene este significado y este peso”.
También hay una parte menos visible y menos reconocida. “Y son las horas que te lleva el crear un diseño de iluminación. Ese estudio del texto, con todo el equipo, esas reuniones con el director, en el que cada uno plasma sus ideas y llegas a unos acuerdos, a veces son exigencias del guión, pero las horas invertidas, la gente muchas veces no es consciente de ello. No es solo el día del montaje o del bolo. Es una profesión también peligrosa, trabajas en altura, a veces te juegas la vida con esta profesión, estás manejando electricidad y si no la manejas bien, te la juegas y en lo emocional, son muchas horas y a veces es triste que la gente no entienda esa profesión”.
Aun así, hay instantes que justifican todo el esfuerzo. “Merece la pena por ver cómo cobra vida con ese foco, al ver que con la luz puedas hacer que de la mañana pases a la noche, que del exterior pasas al interior, el verlo montado, en grande y que realmente sientas esa emoción con la que habías diseñado esa iluminación”.
Tuvo un jefe que sentía la sensibilidad de la mujer frente al foco. “Estuve trabajando seis años en la ópera de Bilbao un lugar donde el equipo era de primera, éramos un equipo de ocho personas, dos mujeres y Eduardo Grau el iluminador, de los mejores de ópera y zarzuela, siempre me pedía a mí que fuera la cañonera de luz, porque tenemos otra sensibilidad según él”.
Y a las mujeres que todavía dudan si dar el paso en el oficio, les lanza un mensaje claro: “Les diría que no lo dudaran, que da muchas alegrías a mucha gente, es un mundo muy creativo y gratificante, muy sensible y a mí me ha ayudado muchas veces a plasmar mi emoción de ese momento. Es un trabajo muy bonito y muy gratificante”.
Antes de que el público aplauda o se emocione, antes incluso de que el actor pronuncie la primera palabra, hay algo que ya está contando la historia. Y muchas veces es la luz sobre el escenario.
