Profesiones imposibles

Ana Sotelino: “Sigue habiendo más mujeres mariscadoras porque permite conciliar”

Ana Sotelino lleva más de una década mariscando en la ría de Vigo, un oficio cada vez más ahogado por la falta de recursos y la ausencia de relevo generacional

Ana Sotelino es hija y nieta de mariscadoras. Su historia no es excepcional en Galicia, pero sí especialmente reveladora en el momento crítico que atraviesa el sector. Con más de una década de experiencia en la ría de Vigo, habla con claridad sobre un oficio duro, cada vez menos rentable y amenazado por el cambio climático.

Sotelino empezó en el marisqueo casi por casualidad, aunque su vínculo con el mar venía de mucho antes. “Empecé un poco de casualidad porque me lo dijo un compañero. Yo estaba en una empresa trabajando, cerró y acababa de dar a luz. Tuve dos niños seguidos y quise aprovechar ese tiempo para poder estar con ellos y compatibilizar la vida laboral y familiar”, explica. Criada en la Ensenada de San Simón, en la ría de Vigo, el mar formaba parte de su vida desde siempre: “Mi madre fue mariscadora, mis abuelas también, mi abuelo fue marinero, siempre tuve vínculo con el mar”.

Entró en el sector en 2014 y, aunque el trabajo físico no le resultó especialmente complicado, reconoce que el aprendizaje real va mucho más allá de la técnica. “Para trabajar utilizas el sacho y eso no me costó, pero conocer los ‘buracos’, saber dónde están las almejas, eso lo fui aprendiendo de las mujeres mayores”. Recuerda especialmente a una compañera: “Concha me enseñó muchísimo, hasta coger poliqueto. El mar tiene sus pequeños trucos y tesoros escondidos”.

Jornadas acotadas por horas

El marisqueo a pie, explica, forma parte de una actividad regulada y sujeta a estrictos controles. “Trabajamos en las bajamares, cuando se puede, extrayendo almejas, berberecho y también, en mi caso, poliqueto. Todo está dentro de un plan de explotación que gestiona la Xunta de Galicia, con topes de kilos”. Pero esa regulación no elimina la incertidumbre. De hecho, la dependencia de las mareas condiciona completamente su rutina.

“No podemos trabajar todos los días. Dependemos de las bajamares, que tienen que ser de menos de 1,20 metros. Al mes podemos salir entre cinco y diez días, pero últimamente solo cinco”, detalla. La jornada también está marcada al milímetro: “Entramos dos horas antes de la bajamar, desde las 7:00 como pronto, y a las 14:00 tenemos que salir porque el marisco va a la lonja. Estamos totalmente acotadas en días y horas”.

Problemas de abastecimiento de las especies

Aunque el esfuerzo físico es evidente, Sotelino insiste en que ese no es el principal problema. “El trabajo es duro porque es físico, pero realmente lo más duro es la falta de recurso”. La situación, asegura, ha empeorado notablemente en los últimos años: “Estamos comprobando que sí hay un cambio climático. Están subiendo las temperaturas del mar y las lluvias son torrenciales, no como antes”.

Las consecuencias son directas sobre el marisco. “Lo más duro es ir a trabajar y encontrar el recurso muerto”, afirma. Las lluvias intensas alteran la salinidad del agua y dañan a las almejas: “Si remueves el terreno, el agua dulce se filtra y perjudica al marisco, que necesita salinidad”. A esto se suma un aumento progresivo de la temperatura: “En verano sube casi medio grado cada año, y en invierno hemos tenido salinidad por debajo de cero. Se nos muere el recurso”.

Un oficio que permite conciliar

Los riesgos del oficio, por tanto, han cambiado. Ya no se trata solo de las condiciones físicas o meteorológicas, sino de la propia viabilidad del ecosistema. “El cambio climático, la falta de ayudas… esos son los principales riesgos ahora mismo”, resume.

Históricamente, el marisqueo ha estado ligado a las mujeres, y aunque hoy hay algunos hombres, la tendencia se mantiene. “Sigue siendo una actividad muy vinculada a las mujeres porque permite compatibilizar la vida familiar y laboral, ya que somos autónomas”. En su agrupación, sin embargo, ya hay presencia masculina: “Tenemos cuatro hombres”.

Falta de recursos y de relevo generacional

Como presidenta de las mariscadoras de Redondela, Sotelino insiste en que el principal problema del sector es “la falta de recurso”. Pero no es el único. “Faltan ayudas y compromiso por parte de la administración. Parece que nadie nos entiende”, lamenta. La precariedad es tal que muchas no alcanzan ingresos mínimos: “Pagas el seguro de autónoma y cada vez recoges menos. No ganas ni el ingreso mínimo vital”.

Esta situación explica también la ausencia de relevo generacional. “Es normal que no haya relevo. ¿Quién va a romperse la espalda para no ganar un euro?”, se pregunta. Según cuenta, muchas de las que siguen lo hacen por vocación o falta de alternativas: “La gente que se queda es porque le gusta, porque se va a jubilar o porque tiene un apoyo detrás”.

A pesar de todo, el vínculo emocional con el mar sigue siendo fuerte. “Cuando empecé, el trabajo me enganchó. Me da paz, me gusta. El esfuerzo físico es lo de menos”, reconoce. Pero la realidad pesa más que la vocación: “Al final, la que tiene que llevar la comida a casa eres tú. Y si no puedes, es normal que no sea atractivo”.

Ante este escenario, muchas mariscadoras han optado por diversificar su actividad. “Llevamos años avisando de que está pasando algo: hay especies invasoras, depredadores… es un cúmulo de cosas, una tristeza”, explica. Por eso, junto a otras compañeras, han impulsado nuevas iniciativas: “Diversificamos la profesión y montamos una asociación de turismo marinero, para poder compatibilizar y tener algún ingreso más”.

El marisqueo no solo es un oficio, es una forma de vida en riesgo. Y sin medidas urgentes, advierte, el futuro del sector está en peligro.

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