Los precios de los carburantes no solo se han disparado en España por la guerra en Oriente Medio. En Estados Unidos, la gasolina ronda los 4,30 dólares por galón (equivalente a 3,78 litros) y el diésel alcanza los 6,28 dólares, cerca de un 70% más caro desde el inicio del conflicto. Habrá que ver hasta qué punto los estadounidenses votan pensando en su bolsillo en las elecciones legislativas de medio mandato de este martes 3 de noviembre.
La guerra en Irán ha provocado importantes tensiones en el suministro mundial de petróleo, con el estrecho de Ormuz, una de las principales rutas del comercio energético, prácticamente bloqueado y el precio del crudo por encima de los 100 dólares por barril.
Pero el problema no se limita al coste de llenar el depósito. El encarecimiento del diésel repercute en el transporte de mercancías, la actividad agrícola y la distribución de productos, y acaba trasladándose a los precios de los alimentos, la ropa y otros bienes de consumo.

La inflación se aleja del objetivo de la Reserva Federal
La inflación interanual de Estados Unidos alcanzó el 3,7% en septiembre, tres décimas más que en agosto y muy por encima del objetivo del 2% de la Reserva Federal. Los precios llevan más de cinco años por encima de esa meta. Aunque el banco central ha mantenido los tipos de interés, la persistencia de la inflación podría obligar a su presidente, Kevin Warsh, a plantearse una subida en la última reunión del año, en el mes de diciembre.
La economía es una de las principales preocupaciones de los votantes. Según un estudio del Pew Research Center, el 84% la considera su principal inquietud. Además, el índice de confianza del consumidor cayó en octubre hasta los 48 puntos, uno de sus niveles más bajos.
Otro sondeo de Reuters/Ipsos, también de octubre, revela que cerca del 78% de los estadounidenses encuestados atribuye el aumento de los precios a las políticas de Trump, incluidos los aranceles y la guerra en Oriente Medio.
Para intentar contener los costes energéticos, la Administración estadounidense ha anunciado ayudas a los agricultores, medidas para flexibilizar las normas del transporte y un acuerdo con Rusia para facilitar la llegada de diésel al país.
Sin embargo, algunas de estas iniciativas no tendrán efectos inmediatos. El primer cargamento de 40.000 toneladas de diésel ruso salió el 22 de octubre con destino a Nueva York, pero no está previsto que llegue hasta el 7 de noviembre, cuatro días después de las elecciones.

Los mercados financieros
El repunte de los precios ya ha tenido consecuencias en Wall Street. Tras la publicación de los datos de inflación de septiembre, el S&P 500 cayó un 1,1% y el Nasdaq retrocedió un 1,9%, con las empresas vinculadas a la inteligencia artificial entre las más castigadas. Fue la peor jornada de la Bolsa estadounidense desde el mes de julio.
A la incertidumbre sobre los tipos de interés se suma ahora el resultado electoral, que podría provocar movimientos en las bolsas, el dólar y los bonos del Tesoro.
En Wall Street, el impacto podría variar según los sectores. Las empresas tecnológicas estarán pendientes de posibles cambios regulatorios y de las políticas relacionadas con la inteligencia artificial, mientras que otras compañías podrían verse afectadas por las decisiones sobre fiscalidad, comercio y consumo.
El dólar también podría experimentar fluctuaciones si el resultado modifica las expectativas de crecimiento, inflación o tipos de interés, aunque las decisiones de la Reserva Federal seguirán siendo determinantes.
Pese a este escenario de incertidumbre, la economía estadounidense sigue mostrando fortaleza. El producto interior bruto (PIB) creció un 3,4% anual en el tercer trimestre, según la estimación preliminar publicada por la Oficina de Análisis Económico (BEA). Es el mayor crecimiento trimestral en un año, dos décimas por encima de lo previsto por los analistas y superior al 2,2% del segundo trimestre.
Estados Unidos llega a las elecciones con una economía que sigue creciendo, pero con un importante malestar ciudadano por el coste de la vida. El resultado determinará el equilibrio de poder en Washington y el margen de Trump para desarrollar su política económica durante los próximos dos años.

