La Sagrada Familia ha alcanzado un hito que durante décadas parecía más un deseo que un calendario: la Torre de Jesús está coronada y el templo se ha convertido en un gigante indiscutible del skyline de Barcelona. Pero esa foto, por espectacular que sea, no equivale a “obra terminada”. La pregunta que flota ahora, dentro y fuera de la ciudad, es otra: qué le falta exactamente al templo para estar completa al cien por cien.
La respuesta no es un simple “unos retoques”. Lo que queda por delante mezcla arquitectura, escultura, urbanismo y política, y ese cóctel explica por qué la Sagrada Familia avanza a un ritmo distinto al de cualquier otra construcción europea.
La Fachada de la Gloria, el gran capítulo pendiente
Si hay una pieza que se cita como el último gran obstáculo para cerrar la Sagrada Familia, esa es la Fachada de la Gloria. No es un detalle decorativo: es una de las entradas principales previstas, la que debe completar el relato simbólico del templo con un lenguaje monumental.
El problema es que su ejecución no se limita a levantar piedra. La idea de Antoni Gaudí contemplaba una gran escalinata y un espacio abierto que, en la práctica, choca con la Barcelona real, la de calles densas y manzanas ocupadas.
Ahí aparece el conflicto más espinoso: la escalinata proyectada implicaría afectar a miles de viviendas y vecinos. En otras palabras, la Sagrada Familia no solo necesita terminar una fachada; necesita resolver cómo encaja esa fachada en una ciudad que hoy no se parece a la de principios del siglo XX.
El urbanismo: completar la Sagrada Familia sin romper el barrio
Este punto es, probablemente, el más difícil de gestionar. Porque no depende únicamente de planos y presupuesto. Depende de acuerdos, de licencias y de negociación con el Ayuntamiento. Y, sobre todo, de la legitimidad social del proyecto. La Sagrada Familia es un icono global, pero también es un edificio incrustado en un barrio con vida cotidiana, con vecinos que no pueden ser tratados como figurantes de una postal.

Por eso, cuando se pregunta qué falta para completar la Sagrada Familia, hay que hablar tanto de arquitectura como de convivencia urbana. El final del templo no será solo una victoria técnica. Será, o no será, un pacto con la ciudad.
Escultura y relato: cerrar el “mensaje” del templo
Más allá de la estructura, queda la parte que convierte a la Sagrada Familia en algo más que un edificio alto: su programa artístico. El templo es una narración en piedra, y esa narración exige esculturas, volúmenes y decisiones estéticas que no siempre son fáciles cuando el autor original no pudo dejarlo todo atado.
La Junta Constructora ha recurrido a artistas contemporáneos para pedir bocetos e ideas. Eso abre un debate inevitable: cómo mantener fidelidad a Gaudí sin convertir el templo en una reproducción forzada, y cómo integrar lenguajes actuales sin romper la unidad simbólica. Es un equilibrio delicado, porque la Sagrada Familia no es un museo: es un lugar vivo, con expectativas religiosas, turísticas y culturales a la vez.
Acabados, desmontaje de andamios y experiencia del visitante
Hay una dimensión menos épica, pero crucial: el acabado real. La Sagrada Familia aún convive con andamios en zonas clave, y la retirada de esas estructuras cambia la percepción del templo. También falta completar detalles visibles e invisibles: recorridos interiores, accesos, mantenimiento, señalética, iluminación y, especialmente, la puesta a punto de espacios que forman parte de la experiencia del visitante y del funcionamiento cotidiano.

En este tipo de obras, el último tramo suele ser el más ingrato: no hay una gran pieza que colocar, sino cientos de pequeñas decisiones que, sumadas, determinan si el conjunto se siente completo o simplemente “cerrado por arriba”.
Un final con dos llaves: la técnica y la política
La pregunta de qué le falta a la Sagrada Familia para estar completa se responde con dos llaves.
- La primera es técnica y artística: terminar la Fachada de la Gloria, culminar el programa escultórico y cerrar los detalles que aún están en proceso.
- La segunda es política y urbana: resolver el choque entre el proyecto monumental y el barrio real que lo rodea.
Por eso el cien por cien no depende solo de grúas. Depende de acuerdos. Y de una decisión de ciudad: cómo quiere Barcelona que sea la Sagrada Familia cuando deje de ser una obra en marcha y pase, por fin, a ser una obra terminada.
