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Marta Hazas: “La maternidad es algo demasiado íntimo de cada pareja como para estar preguntándolo continuamente”

La actriz habla sin filtros sobre el paso del tiempo, el amor, la maternidad, la ambición y la importancia de estar en paz con una misma

Marta Hazas conserva algo de aquella joven que llegó a Madrid desde Santander dispuesta a abrirse camino en la interpretación. Más de dos décadas después, la ilusión permanece intacta, aunque las incertidumbres de entonces han dejado paso a una serenidad que no tiene nada que ver con la falta de ambición. A sus 48 años, la actriz atraviesa uno de los momentos más dulces de su carrera, con personajes cada vez más importantes y nuevos proyectos que la siguen ilusionando. Entre ellos, Un matrimonio sin filtros, la obra teatral que ha producido junto a su marido, Javier Veiga, con la que está recorriendo España después de una exitosa temporada en Madrid y que regresará a la capital en febrero de 2027, al Teatro Alcázar.

Pero detrás de una trayectoria que incluye títulos como Bandolera, Velvet o Días mejores hay una mujer que reivindica el derecho a vivir a su manera, que no siente ninguna nostalgia por los 15 años y que ha aprendido que el éxito no sirve de mucho si obliga a renunciar a lo verdaderamente importante. Habla del matrimonio sin idealizaciones, defiende la independencia dentro de la pareja y cuestiona que la maternidad siga siendo objeto de preguntas públicas. También reconoce sus inseguridades, su necesidad de tenerlo todo organizado y su escasa paciencia con quienes parecen empeñados en ver siempre el lado negativo de la vida. En esta entrevista, Marta Hazas demuestra que la madurez no tiene por qué apagar las ganas de comerse el mundo. A veces, simplemente ayuda a elegir mejor qué merece la pena.

Después de más de veinte años dedicándote a una profesión en la que todo cambia tan deprisa, ¿qué ves cuando miras a aquella chica que llegó a Madrid con ganas de ser actriz? ¿Qué ha cambiado en ti y qué parte de aquella Marta te empeñas en conservar?

Lo bueno es que las ganas y la ilusión siguen intactas. Lo que sí ha desaparecido es buena parte de aquella ansiedad y de la incertidumbre de no saber si podría dedicarme a lo que quería o si tendría que volver a Santander a trabajar en *El Diario Montañés*. Ahora tengo la satisfacción de saber que puedo vivir de esto y que la apuesta salió bien.

Al mismo tiempo, tengo la sensación de que ha pasado muy poco tiempo. He hecho muchas cosas, pero sigo sintiéndome casi como una recién llegada a Madrid, con un montón de cosas por explorar. Supongo que también tiene que ver con que esta profesión cambia continuamente. La tecnología, las plataformas, las nuevas formas de trabajar… Todo está en constante movimiento y eso te obliga a adaptarte, a seguir aprendiendo y a estar alerta.

¿Y cómo ha cambiado tu relación con la ambición? ¿Sigues teniendo la misma hambre profesional o hay cosas que hoy valoras más que conseguir un gran papel?

Sigo teniendo la misma hambre profesional, pero ahora tengo mucho más claro qué cosas me gustan de verdad y cuáles no merecen la pena sacrificar mi vida privada. Valoro muchísimo que me guste mi vida, que me gusten las personas que me rodean fuera del entorno laboral. Además, creo que eso también me hace mejor actriz y me ayuda a estar mejor en mis trabajos.

En una profesión tan expuesta a la opinión de los demás, aprender a confiar en una misma debe de ser fundamental. ¿Has tenido épocas en las que has dudado de tu talento o de tu lugar en esta industria? ¿Cómo te enfrentas ahora a tus inseguridades?

Las inseguridades siempre están. Sería absurdo no sentirlas cuando te enfrentas a cosas que no conoces. Cada vez que arrancas un proyecto aparecen miedos, dudas, y muchas veces tienes que hacer un pequeño acto de fe. Por ejemplo, cuando montamos Un matrimonio sin filtros, que además producimos nosotros, hubo momentos durante los ensayos en los que estábamos tan metidos en el proyecto que nos faltaba una mirada externa y aparecían esas pequeñas dudas.

Pero de lo que se trata es de hacer las cosas con miedo, de no permitir que el miedo te paralice. A veces tienes que repetírtelo muchas veces al día, sobre todo cuando te entran las neuras.

También he tenido la suerte de recibir una educación que me ha dado muchas herramientas. En mi casa siempre ha estado presente ese «¿por qué no?». ¿Por qué no vas a intentarlo? Creo que conocer tus defectos y tus limitaciones también te ayuda a sortearlos o a encontrar otra manera de hacer las cosas. Hay cosas que no se pueden arreglar. Yo, por ejemplo, canto fatal, canto como el culo, y jamás voy a cantar bien. Pues tampoco hace falta convertirlo en un trauma. Se trata de asumirlo y buscar por dónde salir.

Precisamente, con Un matrimonio sin filtros has dado un paso más al producir tu propia obra junto a Javier Veiga. Después de una larga temporada en Madrid y de la gira, ¿cómo estáis viviendo la acogida del público?

Está siendo un subidón. Estuvimos seis meses en Madrid y desde agosto estamos de gira. Hemos llenado teatros y hemos colgado el cartel de entradas agotadas, que es algo muy difícil de conseguir hoy en día. Estamos felices. Además, en 2027 volvemos a Madrid, al Teatro Alcázar, de febrero a junio. Es una satisfacción enorme, porque es un proyecto que hemos sacado adelante con muchísimo esfuerzo y prácticamente haciendo un «yo me lo guiso, yo me lo como» en toda regla.

¿Y qué es lo mejor y lo peor de trabajar con tu marido? Porque una cosa es compartir la vida y otra también los ensayos, el escenario y las decisiones profesionales

Pues creo que prácticamente todo tiene una parte buena. Esta vez no le encuentro la mala, la verdad. Es algo que queríamos hacer los dos, entendemos la profesión de la misma manera y, además, la gira es muy apetecible.

Estamos conociendo ciudades y pueblos maravillosos de España, salimos a cenar, descubrimos sitios estupendos… Y encima nos subimos juntos a un escenario, actuamos un rato y nos aplauden. ¡Es que no le veo la parte negativa!

Quizá lo más complicado sean los ensayos, porque Javier dirige la función y no tienes a otro compañero con el que despotricar un poquito del director. Pero, por lo demás, está siendo una experiencia muy positiva.

Has interpretado a mujeres muy diferentes, con personalidades y formas de entender la vida muy distintas. ¿Alguno de esos personajes te ha enseñado algo importante sobre ti misma?

Sí. Por ejemplo, el personaje que interpreté en Días mejores, una serie que hablaba del duelo y de la terapia. Era una mujer absolutamente normal, cotidiana. No era ni la pija de Velvet ni la heroína de Bandolera. Con ella descubrí la importancia de la vulnerabilidad, de permitirme ser vulnerable. Es algo que en mi vida real a veces vivo como un defecto.

Igual esa sensación de paz que dices que transmito tiene que ver con que no siempre me permito enseñar mis partes más vulnerables, mis ansiedades o mis inseguridades. Ese personaje me ayudó a dejar esa parte de mí un poquito más libre, más al aire. También a aceptar que, a veces, las cosas vienen mal dadas. Porque hay algo que llevo fatal: que la vida me cambie los planes.

Se suele decir que con los años nos conocemos mejor y dejamos de preocuparnos tanto por agradar a todo el mundo. ¿Te sientes hoy una mujer más libre que hace veinte años?

Pues fíjate, no. En ese sentido siempre me he sentido bastante libre. Creo que he tenido bastante equilibradas las dos cosas: que me importe lo que puedan decir los demás y, al mismo tiempo, tener la libertad de hacer lo que me dé la gana.

Lo que sí ha cambiado es que cuando era más pequeña no existían las redes sociales. Ahora soy más consciente de todo lo que supone la exposición pública y quizá soy más celosa de mi vida privada. Antes no me importaba tanto contar ciertas cosas.

También me preocupa mucho cómo se están gestionando las redes sociales, que no haya un DNI detrás de cada cuenta y que tanta gente pueda esconderse en el anonimato para soltar frustraciones y barbaridades. Eso me preocupa bastante. Pero, en lo esencial, no creo que ahora sea más libre. Siempre me he sentido así.

Y ya que hablamos del paso del tiempo, ¿cómo te llevas con la idea de envejecer?

De momento, bien. ¡Porque lo contrario sería estar muerta! Además, creo que sería injusto que yo me quejara. Si hablamos de esa parte que tradicionalmente ha preocupado tanto a las actrices, en mi caso estoy haciendo personajes cada vez más importantes, con más peso.

Creo que estoy en un momento brillante de mi carrera, en un momento dulce profesional. No tengo achaques y de salud estoy muy bien, así que no estoy para nada peleada con el paso del tiempo. Supongo que si la edad me estuviera jugando malas pasadas a nivel de salud, te diría otra cosa. Pero ahora mismo, a día de hoy, no preferiría tener 15 años que 48.

Hablemos del amor. Después de tantos años junto a Javier Veiga, ¿qué has descubierto sobre las relaciones de pareja que no sabías cuando eras más joven?

He descubierto que se puede mantener el romance con el paso del tiempo y que no todo tiene que ser ese momento álgido de comedia romántica, con la adrenalina a tope. De hecho, es algo de lo que hablábamos en la segunda temporada de Pequeñas coincidencias, la serie que produjimos. ¿Qué pasa después de que termina Pretty Woman? ¿Qué sucede cuando acaba la comedia romántica?

Pues que el amor evoluciona. Y descubres que existe otra forma de romanticismo, que no tiene por qué estar basada siempre en esa intensidad del principio. También aprendes a hacer familia con alguien.

¿Y qué importancia tiene para ti conservar una parcela de independencia dentro de la pareja?

Creo que es vital. Nunca he creído en las medias naranjas. En nuestro caso, casi te diría que somos dos medios limones. Se trata de tener a tu lado a alguien que te hace crecer, que también tiene ese punto ácido del que aprendes y que te aporta otro punto de vista.

Para mí, una pareja te complementa, pero no te completa. No necesito a otra persona para estar completa. Lo maravilloso es compartir la vida con alguien que te enriquece.

Se habla muchísimo del amor romántico, pero bastante menos de las amistades que nos acompañan durante toda la vida. ¿Qué lugar ocupan tus amigas en la tuya?

Un lugar importantísimo. Para mí son tierra, son las que te hacen mantener el norte. Conservo amistades prácticamente desde pequeña, amigas del colegio, gente con la que hacía deporte… Y luego, desde que llegué a Madrid, de cada proyecto he ido rescatando a alguna persona que se ha quedado conmigo para siempre.

Creo que las amigas son un apoyo fundamental. Hay cosas que puedes contarles a ellas que no le has contado a nadie más. Son un pilar muy importante de mi vida y creo que hay que cuidar muchísimo esas relaciones.

¿Y ha habido alguna mujer especialmente importante en la construcción de la persona que eres hoy?

Sin ninguna duda, las mujeres de mi familia y, especialmente, mi madre. Creo que me han dado muchas herramientas sin pretenderlo siquiera. Y el ejemplo que tienes en casa también es fundamental. Yo he crecido viendo a mujeres independientes, potentes, que no estaban pendientes del qué dirán. Tener esos referentes desde pequeña es una suerte enorme.

Durante mucho tiempo se ha esperado de las mujeres que fuéramos capaces de llegar a todo: triunfar profesionalmente, cuidar las relaciones, estar estupendas y no descuidar ningún ámbito de nuestra vida. ¿Hemos confundido la libertad de elegir con la obligación de hacerlo todo?

Creo que partíamos de una desigualdad tan grande, que además sigue existiendo en muchos países, que en el proceso de corregirla a veces se pueden cometer excesos. Por suerte, hay profesiones más liberales, como la mía, en las que las diferencias no son tan bestias. Pero hay otros ámbitos en los que todavía queda muchísimo camino por recorrer.

Tengo una amiga que es ingeniera de caminos y que, cuando llega a una obra, muchas veces tiene que demostrar el triple que si fuera un hombre. Entonces, en profesiones así, esa autoexigencia sigue siendo necesaria para poder competir, porque te la están imponiendo desde fuera.

Creo que hemos avanzado muchísimo, pero todavía existen situaciones en las que las mujeres tenemos que exigirnos más porque sigue habiendo desigualdades que corregir. Y espero, sobre todo, que no perdamos todos esos derechos adquiridos que ahora damos por sentados.

En el cine y la televisión cada vez vemos más personajes femeninos complejos y también más mujeres detrás de las cámaras. Desde tu experiencia, ¿crees que se está produciendo un cambio real?

Sí, creo que hemos avanzado mucho. Las mujeres cada vez ocupamos más espacio en todos los puestos de la industria. Ya no estamos solamente para ser el adorno o el jarroncito al lado del galán o del gracioso de turno. Ahora hay mujeres escribiendo, dirigiendo, ejerciendo de showrunners, y eso hace que las historias ya no se cuenten únicamente desde puntos de vista masculinos.

Además, cuando una mujer tiene la oportunidad de dirigir, no tiene por qué contar siempre la típica historia de una muchachita en apuros que vuelve a su pueblo. Parece que durante mucho tiempo ese era el único tipo de relato que se nos permitía contar. Y, de repente, tienes a una Carlota Pereda haciendo cine de terror, estrenando en Sitges, y a muchas otras mujeres contando historias potentes que no tienen nada que ver con esos estereotipos. Creo que se ha avanzado mucho y que lo interesante ahora sería invertir de verdad en educación, para que las niñas sigan teniendo referentes femeninos potentes. También creo que hay que tener cuidado con ciertas formas de discriminación positiva llevadas al extremo, porque pueden terminar volviéndose en nuestra contra.

Y, en un plano más personal, ¿qué significa hoy para ti tener una buena vida? ¿Qué cosas te hacen realmente feliz?

Es una pregunta muy compleja. Creo que, al final, todo pasa por sentirte contenta y satisfecha contigo misma. Por conseguir que, cuando estás sola, te gustes a ti misma y puedas dormir tranquila por las noches.

También me hace feliz intentar que las personas que tengo a mi alrededor se sientan bien conmigo. No sé si soy la persona más altruista del mundo cuando hablamos de grandes causas, pero sí intento cuidar a quienes tengo cerca, hacerles sentir bien y, si puedo, cambiarles el día para mejor.

No quiero ser esa persona gris que llega a un sitio y le chupa la energía a todo el mundo. Y luego están las pequeñas cosas cotidianas. Volver a Santander, por ejemplo. O que Joaquín Sabina, que es la única persona de la que he sido verdaderamente fan en mi vida, me dedique una canción en un concierto. O ver que una obra que hemos producido con todo nuestro esfuerzo está llenando teatros.

Me hacen felices muchas cosas. Pero, sobre todo, estar en paz conmigo misma cuando me voy a dormir y sentir que cada día me gusto un poquito más.

¿Y qué tiene que tener una persona para que te apetezca sentarte a su lado en una cena? ¿Qué actitudes te hacen querer salir corriendo?

No me gusta la gente cuya carta de presentación son sus penas. Sobre todo cuando no la conoces de nada. Tampoco me gustan las personas que están permanentemente instaladas en lo negativo, que se sientan a cenar y empiezan a despotricar de lo mal que está todo, de lo horrible que es el mundo… No quiero que lo primero que salga por la boca de alguien a quien acabo de conocer sea todo lo negativo de la vida.

No me gusta la gente gris, esa gente un poco vampírica que te chupa la energía.

Si abriéramos tu bolso ahora mismo, ¿qué encontraríamos que pudiera sorprendernos?

Pues no creo que encontrarais nada demasiado sorprendente. Ahora que estoy viajando, mi bolso es como el de Mary Poppins. Eso sí, llevo una agendita muy pequeña de papel. Aunque utilizo la agenda del móvil, necesito tener las cosas apuntadas a mano, con boli y papel. Hay días con tantísimas cosas pequeñas que hacer, tantas tareas que no quiero olvidar, que necesito abrir la agenda y verlas escritas. Para eso sigo siendo bastante tradicional.

¿Qué tiene de maravilloso ser una actriz reconocida? ¿Y hay alguna parte del éxito o de la fama que te haya decepcionado?

Lo más maravilloso es cuando se acerca alguien y te cuenta lo que ha significado tu trabajo para esa persona. Ahí es cuando ves que lo que haces realmente llega. Porque, más allá de esa parte un poco exhibicionista que puede tener esta profesión, yo trabajo para la gente. Elijo proyectos que a mí, como espectadora, me gustaría ver, y me emociona muchísimo cuando alguien viene después del teatro y nos da las gracias por haberle hecho pasar un buen rato.

O cuando alguien me cuenta que durante la pandemia disfrutó mucho con una serie que hice, o que su madre pasó sus últimos días disfrutando con uno de mis trabajos. O cuando una niña me dice que quiere ser actriz desde que me vio interpretando a un personaje. Esas cosas me encantan. Y tampoco te voy a negar que está muy bien cuando, de vez en cuando, te dan mesa en un restaurante. [Ríe].

En cuanto a las decepciones, la verdad es que no he tenido ninguna. Creo que llevo una vida bastante equilibrada en ese aspecto. No soy una estrella del rock y tampoco esperaba nada especial de la fama. A mí lo que me gusta es el día a día de mi profesión. El reconocimiento ha sido algo colateral que, en mi caso, solo me está aportando cosas buenas.

¿Has vivido alguna vez una situación de esas tan cinematográficas, como Julia Roberts en Notting Hill, en la que entras en un sitio y todo el mundo se queda mirándote porque te reconoce?

Sí, alguna vez me ha pasado. Sobre todo ahora, cuando estamos de gira por ciudades que quizá no están tan acostumbradas a encontrarse con actores a los que llevan todo el mes viendo en los carteles que anuncian la función.

A veces entras sola en un restaurante, simplemente para preguntar si puedes reservar mesa para cenar, y de repente se hace un silencio, todo el mundo te mira un poco raro y notas que están pendientes de ti. Y sí, te da un poquito de vergüenza. [Ríe].

Quería preguntarte también por la maternidad. Durante años te han preguntado por ello en numerosas entrevistas. ¿Te has cansado de que salga el tema o has aprendido a que no te afecte?

Sinceramente, nunca me ha afectado porque, afortunadamente, en mi caso es una decisión. No es algo grave que tenga que asumir o aceptar. Pero sí espero que este tipo de preguntas se vayan normalizando y, sobre todo, que se entienda que es un asunto muy privado.

Me parece una decisión muy íntima de una pareja como para estar preguntándolo continuamente. Es como si vas a una entrevista y te preguntan si tienes la regla. Sería rarísimo, ¿no? Creo que hay determinadas cosas que pertenecen exclusivamente a la intimidad de cada persona.

Y para terminar, si pudieras hacerle una sola pregunta a la Marta de dentro de veinte años, ¿qué te morirías de ganas de saber?

Le preguntaría si sigue conservando esa parte de la niña que era cuando tenía siete años. Esa parte tan tuya que te acompaña desde pequeña y que parece que nunca se abandona. Porque a veces pasa algo tan sencillo como que un niño te diga: «Señora, ¿me pasa el balón?», y tú piensas: «¿Cómo que señora?». [Ríe]. Y de repente te das cuenta de lo rápido que pasa todo.

Me gustaría saber si dentro de veinte años seguirá estando ahí esa parte de mí, esa sensación de seguir siendo la misma persona por dentro. Este año he conocido a personas como Carmen Maura y me da la impresión de que esa parte nunca desaparece. Pero me produce curiosidad saberlo. Eso es lo que le preguntaría a la Marta del futuro.

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