Protagonistas

Cristianas libanesas atrapadas entre dos fuegos en una nueva Semana Santa de dolor

La minoría católica del sur del país levantino celebra estos días la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor en primera línea de fuego de una guerra ajena

Cristianas libanesas durante una misa el Viernes Santo. EFE

Si Dios existe, todo parece indicar que su plan es hacer de Líbano una catequesis. Un país mártir obligado a resucitar una y otra vez. Un pueblo inocente de nuevo entre dos fuegos, atrapado en una guerra que no es la suya. En el sur, en los confines de la Galilea, sus cristianos, que hablan a Dios en siríaco, un dialecto de la lengua de Jesús, se resisten a marcharse de sus casas y sus pueblos en uno de los frentes de batalla de la guerra  que desde hace algo más de un mes libran Israel y Hizbulá. Lejos del lujo y la seguridad que caracterizan las celebraciones de la Semana Santa en otras latitudes del mundo, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor se celebran y vive en esta franja bíblica del Mediterráneo oriental, un país donde un día los cristianos fueron mayoría, en su forma más cruda, espiritual y esencial.

Si Dios existe ha de tener ya cerca al padre Pierre el Rahi, el último mártir de la Iglesia católica maronita, más de 800 años de lealtad a Roma, muerto por fuego israelí el pasado 8 de marzo, en plena Cuaresma. El párroco de Qlayaa -una localidad de población católica de menos de 3.000 habitantes- perdió la vida cuando se disponía a auxiliar a varios heridos por un ataque anterior, probablemente refugiados chiíes que huían de la destrucción de su localidad, registrado junto a su residencia. La imagen del sacerdote, la voz rota, en las escalinatas de la iglesia de San Jorge, asegurando que ni él ni sus fieles maronitas abandonarían el pueblo a pesar de las amenazas reales de un lado y otro y de la llamada a la evacuación de las autoridades israelíes en vísperas de su trágica muerte ha entrado ya para siempre en los corazones de los cristianos de Líbano.

Cristianas libanesas durante una misa el Viernes Santo. EFE

Mis pensamientos y oraciones están con las comunidades cristianas a lo largo de la frontera sur de Líbano que han optado tozudamente por quedarse en sus hogares y permanecer firmes frente a las agresiones que no cesan. Están atrapados entre la amenaza constante de las incursiones israelíes y ataques y la presencia temeraria de Hizbulá en su entorno”, comparte con Artículo14 la abogada Yendi Sfeir desde Beirut, una capital sacudida por bombardeos casi diarios que acoge hoy como puede a decenas de miles de personas huidas sobre todo del sur del país.

El drama de los pueblos cristianos de la frontera

Desde Qlayaa, el pueblo del padre Pierre, situado a menos de cinco kilómetros de la frontera con Israel, la periodista Marie Abdallah recuerda a este medio cómo “la gente está triste y preocupada sobre qué nos deparará el futuro y, por supuesto, por la muerte de nuestro párroco”. “Los vecinos del pueblo no ven claro su futuro, con un Gobierno que no se está preocupando lo suficiente. La Iglesia ha enviado al embajador del Vaticano, pero el patriarca maronita, el cardenal Rai, no ha venido aún a visitarnos y es este el momento en el que más se le necesita”, relata la especialista en estudios europeos y de Oriente Medio.

Cristianas libanesas durante una misa el Viernes Santo. EFE

“Otra de las grandes preocupaciones de los vecinos de Qlayaa es lo que ocurre en estos momentos en otros municipios cristianos cercanos, donde las Fuerzas Armadas del Líbano se están retirando porque el Estado no es capaz de garantizar su seguridad”, apunta Abdallah. “Por supuesto, la muerte del párroco ha sido un recordatorio de que nuestras vidas corren peligro”, concluye.

Para comprender el drama de Qlayaa y de todo Líbano hay que remontarse a la guerra civil (1975-1990), y a la ocupación del sur por parte de Israel, que dio lugar a la creación de Hizbulá. La milicia, redención para la comunidad chií libanesa, mayoritaria en la franja meridional del país e históricamente marginada por las autoridades nacionales, fue aprovechada desde el principio por la entonces joven República Islámica para promover su revolución durante los años 80 del siglo pasado. A partir de entonces su crecimiento fue imparable, y el apoyo sostenido de Teherán y la fragilidad del Estado libanés convirtieron a la milicia en una fuerza más poderosa que el Ejército del Líbano, en un Estado dentro del Estado, y convirtió el sur del país en su feudo incontestables sin que las comunidades cristianas, en torno a un 20% de la población, pudieran hacer otra cosa que certificar con impotencia la transformación política, social y económica experimentada por la región.

Desde prácticamente el inicio de la guerra, las tropas israelíes y las milicias proiraníes se enfrentan con crudeza sobre el terreno en distintos puntos del sur del país, incluidos los alrededores de Qlayaa. El Gobierno de Benjamin Netanyahu ya ha dejado claro que, con independencia de un eventual cese el fuego en Irán, la guerra en Líbano no acabará pronto. El objetivo declarado de las autoridades israelíes es ocupar el espacio comprendido entre el río Litani y la Línea Azul a fin de crear una zona de amortiguamiento como paso previo a la operación de destrucción -que esperan definitiva- de las capacidades de milicia siguiendo un modelo semejante al de Gaza.

Cristianas libanesas durante una misa el Viernes Santo. EFE

Además, a comienzos del mes pasado, las autoridades israelíes ordenaron la evacuación de la población de todo el sur del país, al menos 250.000 personas –un mosaico de poblaciones de distinto tamaño donde, como en el resto del país, mal que bien, conviven chiíes, cristianos, suníes y drusos-, causando una auténtica catástrofe humanitaria en un país frágil y escaso de recursos públicos. Para quienes, como los habitantes de Qlayaa, han optado por permanecer en la zona desafiando las advertencias israelíes, cada vez más aislados del resto del país, sin poder cultivar los campos y con decenas de localidades destruidas por completo en el entorno, no hay otro futuro inmediato que el de la supervivencia. “Mucha gente ha perdido sus trabajos en los últimos meses y la ayuda que llega del Estado y otros actores internaciones, sobre todo alimentos, no se adecúa a las necesidades reales de estas personas, que son financieras”, denuncia Abdallah.

Una Semana Santa de dolor

Sin duda la mejor manera de honrar la memoria del padre Pierre es continuar, así lo han decidido los habitantes de Qlayaa, con su vida y sus celebraciones de Semana Santa y Pascua de Resurrección. Hoy es Viernes Santo, y la iglesia de San Jorge anunciaba en la víspera la oración matutina y el vía crucis y la adoración de la Cruz. “La iglesia mantendrá su programa habitual de estos días y las familias se reunirán, aunque no habrá alegría en los hogares: no reina un ambiente precisamente festivo”, asegura Abdallah. Salvando las distancias, la guerra en Irán, una guerra regional que ha afectado a una docena de países, ha impregnado de la misma atmósfera de preocupación a las minorías católicas de Siria, Irak y Palestina, que en muchos casos celebran la Semana Santa con un marcado perfil bajo.

Cristianas libanesas besan una cruz durante una misa el Viernes Santo EFE/EPA/WAEL HAMZEH

Tradicionalmente la Semana Santa es un tiempo de reflexión espiritual profunda y celebraciones para las comunidades cristianas marcadas por las procesiones. En el Domingo de Pascua las familias se reúnen tras asistir a la misa de la Resurrección para disfrutar de una comida festiva”, recuerda Sfeir desde la capital libanesa. “Pero son tiempos oscuros y este año la Semana Santa tiene un sabor diferente por culpa del conflicto entre Hizbulá e Israel. Pero me encomiendo a Jesucristo y a su Pasión, confiando en su amor y sacrificio”, admite la abogada residente en la capital libanesa. “La continua provocación y desestabilización de Hizbulá sólo sirve para prolongar el sufrimiento de los libaneses y su rechazo a desarmarse mantiene al país atrapado en el conflicto y aleja toda posibilidad de paz”, asegura Sfeir.

El Papa León XIV prometió el pasado 2 de diciembre en su misa celebrada al aire libre junto al puerto de Beirut -Turquía y Líbano fueron las dos etapas de su primer viaje apostólico como pontífice- que la próxima vez viajaría al sur, pero su ausencia en las tierras mártires situadas más allá del río Litani dolió a una parte de los fieles libaneses. Treinta y seis años antes, otro papa, Juan Pablo II, escribió en una Carta Apostólica que “el Líbano es más que un país: es un mensaje de libertad y un ejemplo de pluralismo para Oriente y Occidente”. En 2026, el mensaje de convivencia en paz vuelve a estar en peligro, porque la guerra vuelve una vez más a este malhadado país y las tensiones sectarias son el corolario inevitable de la situación. “Ojalá la esperanza, la fe y el amor nos guíen hacia la paz y la sanación. Que Dios salve al Líbano”, concluye Sfeir.