El 3 de enero, la Puerta del Sol de Madrid se convirtió en un punto de encuentro para la diáspora venezolana. No fue una protesta convencional ni una concentración marcada por la rabia. En el centro de la capital española se respiraba, sobre todo, alegría contenida, unión y una esperanza que llevaba años aplazada. Tras conocerse la intervención de Estados Unidos en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, decenas de venezolanos se reunieron para compartir la sensación de que algo, por fin, había cambiado.
“Parece mentira que esto esté pasando”
Entre banderas, abrazos y teléfonos móviles que no dejaban de vibrar, las emociones desbordaban a muchos de los asistentes. Jazmín de Andrea, integrante de una familia que acudió a la concentración incluso con un niño pequeño, apenas podía articular palabras. “Demasiado emocionante. Muchas emociones y bueno, mucha solidaridad”, alcanzó a decir, con la voz quebrada. Su testimonio reflejaba el clima general de la plaza. No hacía falta explicar demasiado, bastaba con mirar alrededor para entender la emoción de un pueblo que anhela su libertad.
Jhansi la acompañaba y aunque era evidente su felicidad, también se la notó visiblemente afectada al ser preguntada. “No puedo ni hablar, es mucha la emoción. Es un momento que hemos esperado por tantos años y creí que no iba a estar viva para este momento”, confesó. Para ella, como para tantos otros, la noticia parecía irreal. “Parece mentira que esto esté pasando. Pero, bueno, al fin todo llega”, añadió, antes de explicar que había hablado con su familia en Venezuela: “Gracias a Dios todos están bien, con salud y sin ninguna novedad por sus alrededores”.
“He venido para sentir como si estuviese en las calles de mi país”
Otra de las mujeres asistentes, Rossana observaba la plaza con una emoción más serena. “Hoy nos levantamos muy emocionadas con la noticia de que Maduro fue capturado”, explicó. Su deseo, como el de muchos, apuntaba al futuro inmediato: “Esperamos que todo nuestro país mejore, todo fluya y todos los venezolanos unidos nos mantengamos y salgamos adelante”. Para ella, acudir a Sol tenía un gran significado: “He venido para sentir como si estuviese en las calles de mi país al ver tantos venezolanos y a celebrar que Maduro por fin está preso”.
A partir de este momento ella espera que los venezolanos “pensemos en las cosas positivas y no nos alarmemos con las nuevas decisiones que se van a tomar“.

La escena de Sol era una pequeña parte de lo ocurrido en todo el mundo. Se vivieron concentraciones por toda Latinoamérica y en partes de Europa. En Estados Unidos, especialmente en Florida, decenas de representantes de la diáspora venezolana y cubana se concentraron frente a la residencia del presidente estadounidense Donald Trump para celebrar la captura de Maduro y de su esposa, Cilia Flores. Donde la alegría se mezclaba con la incredulidad y con el temor a celebrar antes de tiempo.
Mientras en Estados Unidos se anunciaba que Washington gobernaría Venezuela hasta que se produjera una transición “segura” y “apropiada”, y se confirmaba el traslado de Maduro a Nueva York para ser juzgado por cargos de narcoterrorismo, en Madrid el tono era distinto. No había discursos oficiales ni grandes proclamas, sino gestos humanos. Lágrimas, llamadas a familiares, fuertes abrazos y hermandad. La política internacional se traducía allí en experiencias personales.
En la Puerta del Sol, lejos de Caracas, los venezolanos reunidos no hablaban de venganza ni de triunfo definitivo, sino de transición, de prudencia y de esperanza. Como dijo Jhansi, “al fin todo llega”. Y aunque nadie sabe exactamente qué vendrá después, por unas horas la diáspora se permitió sentir que el futuro, por primera vez en mucho tiempo, no estaba completamente cerrado.

