La visita de María Corina Machado a Washington, continúa con reuniones con diversas autoridades de EE UU y extranjeras. Y es que no fue un episodio anecdótico ni una excursión diplomática fallida, como algunos han querido despacharla con ligereza. Está siendo, más bien, un momento de revelación. Un espejo donde se reflejó con crudeza el nuevo orden post-Maduro, la jerarquía real de prioridades de Estados Unidos y el lugar exacto, ni mayor ni menor, que ocupa hoy la oposición democrática venezolana en ese tablero.
Machado llegó a Washington la semana pasada, en un momento excepcional. Apenas doce días antes, Nicolás Maduro y su esposa y socia, Cilia Flores, habían sido capturados por fuerzas estadounidenses, poniendo fin abrupto a más de una década de autoritarismo personalista. Venezuela, empujado a una nueva fase incierta dentro de lo que han sido casi tres décadas de sobresalto, devastación y opresión, comprendió que si la manera en que Maduro y Flores habían ido a parar a un calabozo no era su sueño, lo que sí es seguro es que lo había liberado de una pesadilla.
En ese contexto, Machado no fue a “pedir permiso”, ni a improvisar. Fue a marcar posición.

Le dieron la estampita y dijeron que era el santo
El encuentro con Trump en la Casa Blanca el 15 de enero fue el centro simbólico de la visita. Allí ocurrió el gesto que monopolizó titulares y polémicas, la entrega de su medalla del Premio Nobel de la Paz 2025 como reconocimiento personal al “compromiso único” del presidente estadounidense con la libertad de Venezuela. Conviene decirlo con precisión, porque la confusión no es inocente: Machado no entregó el Premio Nobel, lo cual eso es imposible, sino la medalla física, un objeto material que puede cambiar de manos, pero que no transfiere ni el título ni el estatus de laureado. El Comité Nobel Noruego se apresuró a aclararlo, no por formalismo, sino para impedir que el símbolo fuera reinterpretado como una consagración política de Trump.
Trump, fiel a sus antecedentes, hizo lo contrario. Se apropió del símbolo, lo difundió en sus redes, habló de “respeto mutuo” y dejó que la imagen circulara como una suerte de reparación simbólica de su vieja obsesión con el Nobel. Y los incautos, así como los interesados en erosionar la imagen de Machado, le compraron el cuento. El gesto fue visualmente potente, políticamente asimétrico y narrativamente peligroso para quien lo ofrecía. Machado apostó al símbolo. Trump se quedó con él sin pagar un precio político equivalente.

Y, sin embargo, reducir la visita a ese gesto es un error… o una operación de mala fe. Mientras las cámaras seguían la escena del Nobel, el verdadero mensaje de Washington se transmitía por simultaneidad. Ese mismo día, el director de la CIA se encontraba en Caracas reuniéndose con Delcy Rodríguez. No hubo desmentidos ni incomodidad. Fue una señal deliberada. Estados Unidos dejaba claro que, en esta fase, su prioridad no es una transición democrática rápida encabezada por la oposición, sino una estabilización controlada del país; esto es, continuidad institucional sin Maduro, control del sector petrolero, contención del narcotráfico, freno a la influencia de Irán, Rusia y China, y manejo del flujo migratorio. Un golpe para Machado, no hay duda.
De primera en la lista, pero por ahora no
La prensa estadounidense se concentró en esa escena. Desde The New York Times hasta Reuters, pasando por CNN y el Washington Post, la percepción dominante fue que Machado salió “con las manos vacías… excepto por unas baratijas publicitarias de Trump”. No obtuvo respaldo explícito para liderar la transición ni señales de que Washington esté dispuesto a desplazar a Delcy Rodríguez en el corto plazo. El cambio de manos de la medalla resultó simbólico, incluso ambivalente, puesto que su objetivo era calmar a la fiera vanidosa que es Trump, pero políticamente estéril.
Los analistas más serios, sin embargo, afinan esa lectura. Para ellos, la visita no fue un fracaso, sino un movimiento táctico dentro de un proceso largo, inevitablemente impuro. Estados Unidos no quiere repetir Irak ni Libia. Prefiere una transición híbrida, figuras del antiguo régimen sin Maduro, reformas graduales, elecciones diferidas, y una oposición integrada, pero no dominante, en el corto plazo. En ese esquema, María Corina Machado no es descartada, pero tampoco es la opción inmediata. Es, más bien, una reserva de legitimidad democrática para cuando el pragmatismo empiece a pasar factura.
Aquí salta una de las claves menos comentadas del episodio. Washington fijó el techo inmediato de Machado, pero también dejó claro que no tiene un reemplazo democrático mejor. No hay otro liderazgo opositor con su nivel de reconocimiento internacional, legitimidad electoral previa y capacidad de interlocución directa. Eso no le da poder ahora, pero la mantiene viva políticamente.

En este sentido hay un detalle que no es menor, aunque algunos lo traten como chisme. Según reveló el periodista español David Alandete, Trump le dio a Machado su teléfono personal. En el lenguaje de Trump, y de la diplomacia informal que él practica, eso significa acceso directo, canal abierto, posibilidad de hablar sin intermediarios. No equivale a respaldo, pero sí a algo muy concreto, y es que no fue expulsada del círculo de interlocución. En política internacional, no ser descartado es una forma de supervivencia.
Este mismo jueves por la noche, Trump explicó que había hablado con Machado por teléfono. Aunque sigue alabando a Delcy Rodríguez. “En este momento, están demostrando un liderazgo muy fuerte. También hablé hoy con María (Corina Machado), a quien aprecio mucho, pero Delcy (Rodríguez) ha demostrado un liderazgo muy firme, al menos hasta ahora, eso hay que decirlo”, aseguró Trump a periodistas a bordo del Air Force One al ser preguntado por la posibilidad de que le permita permanecer en el poder.
Una agenda en Washington
A pesar de que Trump centró todas las miradas, Machado también ha tenido su propia agenda esta semana posterior a visitar la Casa Blanca. Además de verse con senadores y congresistas estadounidenses del Partido Demócrata y el Republicano, la líder de la oposición mantuvo una reunión con los líderes de la OEA.
Asimismo, se reunió en Washington con Reza Pahlaví, hijo del último sah de Persia, con quien abordó el futuro de Venezuela e Irán tras el derrocamiento de Maduro y mientras se prolongan las protestas en contra de la República Islámica.
Volver a Venezuela
Sobre su futuro próximo, Machado lo tiene claro. “Yo lo quiero es regresar a Venezuela”, aseguró Machado a periodistas en el Congreso estadounidense.
“Venezuela será libre. Y una vez que liberemos Venezuela, seguiremos trabajando y tendremos una Cuba libre y una Nicaragua libre”, aseguró Machado en una comparecencia ante los medios esta semana.
El objeto relevante
En el relato de la visita de Machado a Washington hubo dos objetos. Uno crucial, el otro de farándula, cual es la medalla.
El otro, silencioso, menos estridente que el Nobel y, sin duda, menos costoso (la medalla está valorada en un millón de dólares), pero más elocuente. Se trata del bolso que Machado llevó a la Casa Blanca. Una cartera blanca, quizá beige, modelo Génesis, diseñado por la venezolana Vanessa Fariña, con un precio cercano a los 250 euros. A primera vista, un accesorio más, correctamente integrado a un atuendo blanco protocolario (blazer, pantalón, perlas), pero con una historia que no estaba allí por azar.

El esposo de la diseñadora, Luis Tarbay, es militante de Vente Venezuela, el partido de Machado, y permanece preso como preso político. El bolso, llevado con cálculo a una de las reuniones diplomáticas más importantes de la vida de Machado, funcionó como una denuncia muda. Sin consignas, sin discursos, sin gestos grandilocuentes, el accesorio introdujo en la Casa Blanca el costo humano de la disidencia venezolana: la cárcel, el exilio, las familias rotas.
Mientras Machado entregaba una medalla que simboliza la paz, llevaba consigo un objeto alusivo a la represión. Moda venezolana convertida en memoria política. Un recordatorio de que la transición que se negocia en despachos y salas de seguridad tiene nombres propios, cuerpos presos, biografías truncadas.
Ese contraste, el Nobel enmarcado y la obra de una esposa de preso político, resume mejor que cualquier consigna el lugar donde quedó situada Machado: entre la alta diplomacia y la herida abierta del país real.
A los petroleros les huele a azufre
Hay un dato estructural que explica la cautela de Washington y que la visita no hizo sino confirmar. Las grandes petroleras occidentales no están dispuestas a invertir en Venezuela mientras persistan las estructuras chavistas que hicieron del país un territorio jurídicamente tóxico. ExxonMobil, ConocoPhillips y otras no olvidan expropiaciones ni arbitrajes impagos. Exigen reformas legales profundas, garantías institucionales y resolución de deudas antes de comprometer capital. Eso limita tanto a Delcy Rodríguez como a Estados Unidos, y explica por qué la “estabilidad” que se busca es, por ahora, más contención del desastre que reconstrucción.
Visto así, Washington no fue el lugar donde María Corina Machado ganó poder, pero sí el lugar donde se definió con precisión cuándo y para qué podría usarlo. No fue coronada, pero tampoco enterrada. Quedó en reserva.
Y en política, especialmente en transiciones largas y sucias, estar en reserva no es poca cosa. Es, a veces, la única forma de seguir existiendo. Sobre todo cuando se da el contraste entre una Delcy que participó en todos los crímenes que condujeron a la debacle de Venezuela y a espantar a los gran inversionistas y una María Corina que promete condiciones idóneas para su retorno. Para Trump, Delcy Rodríguez es la interlocutora capaz de garantizar estabilidad operativa, control migratorio y flujo energético, pero los petroleros le ven la cola terminada en punta.
Cómo otros administran la salida del abismo de Venezuela
Queda, sin embargo, una incomodidad que ningún gesto diplomático disuelve. Venezuela no decidió esta transición. La está recibiendo, que es muy distinto, mucho más para el país que fuera cuna de libertadores en los siglos XVIII y XIX.
Maduro cayó, sí, pero no como culminación de una voluntad soberana organizada, por mucho que esta haya hecho todo lo que estaba en su mano, sino como resultado de una operación externa que abrió el tablero sin preguntarle al país cómo quería reordenarlo. Por eso, mientras en Washington se negocian estabilidad, petróleo y plazos, en Venezuela persiste una intemperie más profunda, la de una sociedad que observa cómo otros administran su salida del abismo y se pregunta, con una mezcla de alivio y recelo, si esta vez la normalidad llegará con dignidad o si será, otra vez, una calma tutelada.
Ninguna foto, ningún símbolo, ningún canal directo con el poder sustituye esa pregunta. Y ninguna transición será en verdad democrática si no logra, más temprano que tarde, devolverles a los venezolanos, más que estabilidad, la sensación de que el país volvió a pertenecerles.

