Durante más de un mes, la vida de “Amina” (nombre ficticio para proteger su identidad) ha quedado suspendida en una rutina marcada por la incertidumbre, la angustia y la distancia. Refugiada en Suiza, esta joven afgana observa con impotencia cómo la guerra en Irán se convierte en una amenaza directa para su familia, que reside en una pequeña ciudad al sur de Teherán.
La joven ya sufrió la ansiedad por no saber nada de los suyos durante la brutal oleada represiva del pasado enero, que culminó con el asesinato y detenciones de miles de manifestantes por parte de las fuerzas de seguridad del régimen. Con las cicatrices todavía sangrando de aquel trágico episodio, el pasado 28 de febrero empezaron los bombardeos de los cazas de Estados Unidos e Israel.

De nuevo, Amina no puede hablar directamente con sus padres. Las llamadas están cortadas desde hace semanas. Internet ha sido interrumpido durante más de un mes en amplias zonas del país. La única vía de comunicación es indirecta y muy precaria. “No puedo hablar con ellos. Solo recibo capturas de pantalla, fotos o mensajes enviados por mi hermana”, cuenta en videoconferencia con Artículo14. Su hermana, que vive en Francia, logró mantener una línea mínima de contacto gracias a una aplicación local que requiere una tarjeta SIM iraní.
¿Sabes algo, están bien?
Ese chat, en el que espera recibir actualizaciones diarias, se ha convertido en su única ventana hacia la realidad de su familia. Cada día empieza igual: “Lo primero que hago al despertarme es escribirle a mi hermana y preguntarle: “¿Sabes algo, están bien?”. El momento más duro llegó cuando su localidad, al sur de Teherán, fue atacada. “Aquel día bombardearon la comisaría y una zona cercana a una embajada. Mi padre estaba trabajando fuera y no volvió a casa”, relata.
Durante horas, nadie pudo localizarlo. Las comunicaciones fallaron tras la explosión y el silencio se eternizó. “Sabían que todos estaban en casa, menos él. No podían contactarle. Yo veía las noticias y pensaba que los bombardeos podían alcanzar cualquier sitio”, continua. La angustia se intensificó por otra tragedia. Días antes, una amiga cercana había perdido a su hermana y a su sobrino en otro ataque. “Simplemente no podía respirar”, confiesa.

Desde Suiza, Amina describe su vida como una rutina paralizada. No hay planes ni rutina estable. “No estoy viviendo mi vida. Solo compruebo si siguen vivos”, lamenta. Durante más de 30 días, su día a día ha estado dominado por la ansiedad. Incluso tareas básicas, como buscar vivienda o mantener su trabajo, se convierten en desafíos enormes. “Tengo que obligarme a hacer cosas normales. Todo cuesta una energía enorme”, reconoce.
Todo está cerrado
Más allá del miedo por la vida de sus seres queridos, Amina también describe los devastadores efectos económicos que tiene la guerra. “Mi familia no ha trabajado en todo este mes. Todo está cerrado. Las importaciones están bloqueadas”, explica. La guerra no solo destruye infraestructuras, también paraliza la vida cotidiana. Universidades, edificios públicos y comercios se ven severamente afectados.
“Incluso antes ya estábamos en una situación difícil. Pero ahora todo está destruido. La economía, las infraestructuras…no puedo imaginar un futuro para ellos”, considera. La perspectiva es aún más sombría si el régimen se mantiene en el poder tras el conflicto. “Si antes la situación era mala, después será insostenible. Y si sienten que han ganado, el silencio será aún mayor. Ya no habrá espacio para decir nada”, continúa Amina. Todos los pronósticos apuntan a que Mojtaba Jamenei, hijo del ayatolá Ali Jamenei, impondrá una línea todavía más rigorista si el régimen sobrevive tras la guerra.

La joven intenta encontrar formas de resistir emocionalmente. El contacto con su hermana es fundamental. “Aunque sea un mensaje corto diciendo que están bien, eso nos sostiene”, afirma. También busca apoyo en otras personas de la diáspora que viven situaciones similares. “Hablar con gente que está pasando por lo mismo ayuda. No te sientes tan sola”, suspira.
“Sin que los maten”
Además, intenta ayudar desde la distancia, ya sea enviando información o apoyo económico cuando es posible. “Necesito sentir que hago algo, aunque sea pequeño”, afirma. Pero reconoce que, en el fondo, hay pocas herramientas reales para sobrellevar el peso emocional. “Nada ayuda del todo. Solo confiar en Dios y mantener el contacto con la familia”, prosigue.
Preguntada sobre el futuro de Irán, Amina se queda sin respuestas. Su único deseo es que la guerra termine lo antes posible. “Después, que la gente tenga la oportunidad de elegir lo que quiere, sin presión, sin violencia, sin que los maten”, demanda. La joven proyecta una visión que mezcla realismo y esperanza. No habla de victorias militares ni de cambios impuestos desde fuera, sino del derecho a decidir del pueblo iraní.
“Mi sueño es que la gente pueda elegir su futuro y construir su país como quiera, sin interferencias. Que podamos vivir en paz, tener buenas relaciones con otros países, no vivir aislados ni en conflicto constante. Que nadie impida a las personas ejercer sus derechos y su libertad”, concluye.
