Jesús andaba siempre de trapicheos. Cuando no estaba liado en el desguace con los coches, trajinaba con el dinero de otros e incluso movía droga. Con pareja e hijos, y hermano empresario, a sus 63 años Tavira era bastante conocido por la pedanía alicantina de El Bacarot y alrededores. A menos de 10 kilómetros de la vivienda en la que hace 48 años la policía desenterró este martes el cuerpo cosido a puñaladas del mecánico prestamista, estaba el concesionario en el que el 9 de diciembre de 2016 asesinaron a María del Carmen Martínez, la matriarca de un emporio empresarial.
Ese, en cambio, es un crimen para el cual aún buscan culpable. O no. El Grupo de Homicidios de la Policía Nacional de Alicante ha mantenido todos estos años que solo tuvo un sospechoso indiscutible, que incluso pisó prisión 39 días y se sentó en el banquillo de los acusados: Miguel López, uno de los yernos de la víctima –su favorito– con quien casualmente Jesús Tavira guardaba estrecha relación.

El mecánico y el yerno favorito
“Cuestiones comerciales”, definió esa relación Tavira durante el juicio en el que López se enfrentaba a la condena por asesinato y en el que declaró como testigo para explicar, entre otras cosas, el porqué se habían cruzado más de 200 llamadas los dos meses anteriores a que María del Carmen apareciese muerta. A la mujer, de 72 años, le descerrajaron dos disparos en pómulo y sien, en el lavadero del concesionario donde trabajaba su yerno y que tanto frecuentaba el mecánico. Tavira, dueño de un desguace, declaró que allí compraba coches de ocasión. Trapicheaba, matizan ahora en su entorno. Aunque no se le conozca antecedente, más allá de su implicación en el llamado ‘caso Sala’ o crimen de ‘la viuda de la CAM’. La víctima, María del Carmen, estuvo casada con el expresidente de la extinta Caja del Mediterráneo y gestionaba el tumultuoso negocio familiar de los Sala-Martínez.

Tavira poco o nada tenía que ver el clan familiar, salvo por el trato que tenía con el yerno favorito de la matriarca. Pero una vez cerrado el concesionario, en 2017, por tratarse del escenario de un crimen y tener al gerente entre rejas, Jesús Tavira optó por ampliar sus horizontes. Quién sabe si eso le llevó a conocer a sus presuntos asesinos.
Un crimen por 5.000 euros
El pasado 18 de marzo, su familia da la señal de alarma. Denuncian la desaparición de Jesús, quien no ha vuelto a casa ni contesta al teléfono. De hecho, sus dos móviles aparecen a los pocos días en el interior de su coche que los agentes localizan calcinado en la barriada de las Mil Viviendas. El hallazgo hace presagiar lo peor. Y el desenlace se produce ya este martes, cuando los investigadores deciden levantar el suelo de la casa de un matrimonio sobre el que recaen todas sus sospechosas. Ambos argelinos, él había trabajado en el taller de Jesús, y ella era su mujer. Al parecer, vivían de okupas en la casa, o eso entendía el dueño que les reclamaba un dinero que ellos alegaban haber abonado ya. De hecho, se lo habrían pagado a Tavira para que les hiciera de intermediarios, y este se lo habría quedado.
Una supuesta estafa de unos 4.000 euros a la que se sumaría el impago de varias nóminas a otro trabajador, un tercer implicado en el crimen, también argelino de entre 35 y 45 años. En total, Tavira les debería unos 5.000 euros, grosso modo. Con lo que, de ser ese el móvil del crimen, esa sería la cantidad por la que lo habrían matado entre los tres. O al menos es la hipótesis que maneja por ahora la Policía Nacional, que apurarán las 72 horas disponibles antes de llevarlos ante el juez, este viernes. Antes, creen que los detenidos podrían confesar o inculpar a otros. Los investigadores dan por hecho que habrá más detenidos, a los que ayer sumaron un cuarto. En ese caso lo han tenido que ir a buscar a prisión, pues había entrado recientemente por la comisión de un delito tras cometer el hecho por el que se le acusa en el crimen de Jesús Tavira, de ser el encargado de borrar pruebas quemando el coche de la víctima. Aunque se descarta su implicación en el asesinato y posterior ocultamiento del cuerpo.
Sospechosos habituales
Más de 10 horas se emplearon los agentes del GOIT (Grupo Operativo de Intervenciones Técnicas) en el registro de la casa hasta dar con el hueco abierto y sellado después bajo sus pies. No se veía a simple vista. Pero sobre todo tenían claro que no lo había hecho uno solo; al menos se necesitaban dos personas para mover el cuerpo voluminoso de Tavira – a falta de autopsia la familia ha reconocido una medalla y otros objetos personales– y nadie que viviera en esa vivienda podría no haberse enterado de la existencia del boquete. La clave ahora está en saber cuántos más formaron parte del plan. ¿Jesús Tavira tenía más enemigos?

Curiosamente, diez años antes, en el crimen de la viuda de la CAM Tavira fue el primero en apuntar a dos posibles sospechosos, dos magrebíes a los que había visto ese día por el concesionario cuando él se acercó a sus gestiones con López. Entonces, este testimonio sirvió para armar dos posibles líneas de investigación. Por un lado, la del robo frustrado, pues nadie se llevó el bolso ni la cadena ni el reloj de la víctima; por otro, la del crimen por encargo, que se tratase de dos sicarios contratados bien por alguien del entorno familiar o bien empresarial puesto que los Sala tenían negocios en Latinoamérica.
Un asesino en libertad
Ninguna de esas tesis fraguó, una vez que todo apuntó al “yernísimo”. La Policía presentó ante el juez 23 indicios que señalaban a Miguel López. El primero de todos: “Tiene un claro motivo para matar”, seguido de numerosas referencias a la tensión familiar del clan Sala, compuesto por el primogénito, sus tres hermanas y diez nietos díscolos; más los aparentes intentos de López por esquivar cámaras de seguridad y crear coartadas; así como su conocimiento sobre armas, con padre tornero, licencia y práctica en tiro, y un evidente conocimiento del concesionario, tanto en rutinas como posibles puntos ciegos. A María del Carmen, su suegra, la asesinaron de dos disparos a bocajarro en una zona donde no había cámaras.
Tres años después, el único culpable posible para los investigadores de Homicidios se sentó en el banquillo clamando su inocencia. Miguel López llegó a pagar 150.000 euros de fianza para no esperar entre rejas a que se celebrase el juicio. Cada quince días iba a firmar al juzgado, ante una nube de periodistas que cruzaba discreto y educado. Hasta que en 2019, se enfrentó a la mirada del jurado popular que finalmente lo absolvió, tras un polémico veredicto que fue recurrido hasta alcanzar el visto bueno del Constitucional el pasado octubre. Entonces como siempre, Lopez guardó silencio. Aunque quizás aparezca en un documental que se está grabando sobre el caso Sala, en el que también se pretendía contar con el ahora difunto Jesús Tavira.

