Opinión

El 8M que no se ve: mujeres que sostienen economías invisibles

Feminismo - Sociedad
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Este 8 de marzo volveremos a ver perfiles de mujeres referentes en los medios de comunicación. Los nombres de científicas, directivas, artistas o políticas están al orden del día. Y eso está bien, porque las mujeres necesitamos espejos en los que mirarnos. Pero hay otras historias que también merecen espacios: la de las mujeres que sostienen economías invisibles y que, cuando acceden al mercado en condiciones justas, cambian sus vidas y las reglas del juego.

Trabajo desde hace varios años en Ayuda en Acción, en Ecuador, como experta de derechos y género. Y si algo he aprendido es que la desigualdad económica no es un accidente: es una estructura. En 2025, nuestros programas alcanzaron a 208.139 personas en distintos países. De ellas, 127.300 fueron mujeres. Casi 6 de cada 10. No porque se prioricen de manera simbólica, sino porque la pobreza tiene rostro de mujer. Y la exclusión económica, también.

En muchas zonas rurales del sur global, en las que principalmente trabajamos, las mujeres producen alimentos, cuidan la tierra, gestionan pequeños negocios informales y sostienen hogares enteros. Pero lo hacen sin acceso sin formación técnica, sin ingresos formales y, muchas veces, sin derechos plenos sobre la tierra que trabajan.

Los datos globales lo confirman. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) señala que la tasa de participación laboral femenina es casi 25 puntos porcentuales inferior a la masculina a nivel mundial. Además, las mujeres están sobrerrepresentadas en la economía informal, especialmente en áreas rurales. Y, según Naciones Unidas, las mujeres realizan al menos 2,5 veces más trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que los hombres. Eso significa menos tiempo, menos oportunidades y menos bienestar.

Manifestación 8M en Madrid. EFE/Rodrigo Jiménez

Por eso, hablar de igualdad sin hablar de economía es quedarse a medias. El feminismo necesita una agenda económica clara: revisar quién accede al crédito, quién trabaja la tierra, quién decide sobre los ingresos, quién asume los cuidados y quién carga con las consecuencias cuando el mercado falla.

Cuando entrar al mercado lo cambia todo

Lo bueno de esto es que el cambio es posible. Vilma, de 25 años, vive en una zona rural del sur de Ecuador, donde 8 de cada 10 mujeres no acceden a educación superior, y trabajan en promedio 50 horas semanales en el campo y 30 horas cuidando, en ese contexto ella sueña con algo que parece simple, pero es revolucionario: que el trabajo en su tierra sea rentable y digno.

En su comunidad, la principal fuente de ingresos es la agricultura y la producción de lácteos. Pero durante años, producir no ha sido sinónimo de prosperar. Falta información de mercado, acceso a herramientas, posibilidades de crecer. Pero, cuando una mujer como Vilma accede a formación técnica, a redes y a cadenas de valor más inclusivas, ocurre algo más que un aumento de ingresos. Se redistribuye el poder. Dentro del hogar. En la comunidad. En el mercado. Por eso, creamos oportunidades para mujeres como Vilma a través de formación tanto a nivel productivo como relacionada a empoderamiento de sus derechos, así nos acercamos a la meta: autonomía económica y la corresponsabilidad en los cuidados.

El feminismo también es política económica

En un contexto internacional marcado por crisis encadenadas —inflación alimentaria, impacto climático sobre la producción agrícola, conflictos armados— la autonomía económica de las mujeres no es una cuestión sectorial ni secundaria.

La igualdad se juega en cómo se distribuyen los recursos, en quién accede a los mercados, en quién negocia los precios, en quién toma decisiones económicas. Necesitamos mirar más allá de los titulares y preguntarnos:

* ¿Quién produce lo que consumimos?
* ¿Quién sostiene las economías rurales que alimentan al mundo?
* ¿Quién queda fuera cuando hablamos de crecimiento?

El 8 de marzo no es solo una fecha para celebrar avances. Es un recordatorio de que la igualdad se construye, y también se tiene que construir en los mercados, en las parcelas de tierra y en las cadenas de valor.

Y ahí es donde empezará el cambio real.

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