El verano de Madrid es un homenaje con esmog a la parrilla en la que fue abrasado san Lorenzo. Al Foro se le escurre el “Yo me bajo en Atocha” de Sabina y se reviste o desviste de algo sebáceo y pegajoso, como producido por Bizarrap. Julio es puñalada térmica de Bruto, y agosto, cadáver político durante su primera quincena, tiene por costumbre salir del coma desde el antiguo barrio de Calatrava, en honor a la Virgen de la Paloma, a ritmo de chotis y de reguetón.
Bienaventurados los sabios y los pudientes que se dan el piro. Arden las calles de la capital y mueren las musas, al menos, las periodísticas –aunque todo el mundo tiene sus perversiones–. Hasta que llegó Pedro Sánchez a nuestras vidas, el estío informativo era un páramo yermo, un monumento a la nada, un soneto monguer de un poeta instagramero. La actualidad política, con la boca seca, se echaba a un lado, y cedía terreno a las guerras extramuros, que nunca nos volvieron locos –al menos, durante un tiempo prolongado–, los sucesos y las chorradas. Incluso, durante el sanchismo veraniego, no son pocos los días en los que los periódicos se convierten en trasuntos de celulosa de Zapeando, el programa vespertino de humor de LaSexta.
En los tiempos más espléndidos del diario Pueblo, a los grandes reporteros se les premiaba enviándoles a destinos vacacionales en los que se congregaban, como las cebras y los ñus en el Serengeti en la época de lluvias, la flor y nata del famoseo patrio e internacional, en plan Mallorca o Marbella. Ahora bien, ante cualquier patinazo –sobre todo, ideológico–, al periodista se le negaba la condicional. Tal y como me contaba Manolo Molés, destinado en Mallorca: “Un día, cantaba Sara Montiel. Yo estaba con Juana Biarnés y le hicimos una entrevista con sus fotos. Juana se subió a un punto y, desde arriba, le sacó unos pechos tremendos a la Montiel. Hicimos el reportaje, lo mandamos y se publicó. Al día siguiente, nos llamaron para Madrid y nos castigaron”. A Rosa Villacastín le sucedió algo similar por entrevistar en Marbella, vistiendo minifalda, al pintor Martín Zerolo, el esposo de Gracita Morales.

Ahora, los escándalos de los hunos y los hotros continúan obstruyendo con su colesterol LDL las portadas y las escaletas, rara vez nos aburrimos los periodistas, pero el cerebro bosteza, las manos se llenan de eccemas dishidróticos y el cuerpo y el alma piden un respiro. Los más de 323.000 perros que cagan y mean por los Madriles se abrasan las pezuñas en el asfalto –a excepción de los que llevan calcetines, que haberlos haylos–, y mi musa, como María Jesús Montero, permanece ingresada en la Unidad de Quemados, suplicando un paréntesis, un Campari Spritz y un airbenebé, porque es consciente de nuestra economía, no lejos del Ponte Vecchio de Florencia. “Los días de verano”, canta san Bob Dylan, “las noches de verano se han ido, / conozco un lugar donde todavía algo está pasando”. A ver si se van de una maldita vez. Dios bendiga a septiembre.