Ya sabemos que el mundo no para, que todo discurre a una velocidad de vértigo y que muchos hechos son efímeros. Estamos en el mundo líquido que teorizó el desaparecido Zygmunt Bauman, esa sociedad cambiante, inestable, fluida, en la que las estructuras sólidas se disuelven generando incertidumbre y provisionalidad, fomentando un consumismo insaciable que genera insatisfacción y difumina la idea de pertenencia.
Estamos en el mundo trumpiano, el que fomenta una sociedad retrógrada e iliberal, sacudida por sus puñetazos sobre la mesa, en el que las normas de convivencia y respeto son evanescentes e interesadas, en el que la palabra arancel es calificada como la más hermosa del diccionario, en el que la máxima potencia, tras la intervención en Venezuela, nos aboca a la pax americana. Estamos en la sociedad del cansancio, descrita en sus textos cortos por Byung-Chul-Han, caracterizada por la falsa ilusión de la libertad, autoexplotada, aburrida, aislada en su hiperconexión digital, donde el ser humano se siente vacío y perdido.
Hago esta pequeña reflexión filosófica para intentar entender yo mismo la economía en la que nacemos, crecemos, nos desarrollamos y morimos. Una economía huérfana de rumbo ideológico, carente de un objetivo social que aspire a abrir una nueva etapa para la humanidad, que persiga el bienestar, la libertad, la dignidad y la igualdad, esas ideas que iluminaron las etapas más ilusionantes de la historia. Ya es difícil adivinar los restos del liberalismo y de la socialdemocracia en las políticas económicas. Más bien, se pregona que la ley del más fuerte domine la sociedad, la individualidad extrema y la apertura de una brecha entre los ganadores y los perdedores para generar un mundo en el que convivan los privilegiados con aquellos que viven en la más absoluta precariedad.
El año 2025 ha muerto en medio de una guerra comercial entre las potencias o, más bien, entre Donald Trump y el resto de los países. Se ha cerrado con una euforia bursátil en todos los mercados, en la que cuesta encontrar un precedente, pese a los temores por la burbuja que parece inflar la inteligencia artificial. También el cambio de ciclo en el Banco Central Europeo (BCE) y los recortes de tipos en la Fed. Por supuesto, un año dominado por las tensiones geopolíticas, con conflictos bélicos sin resolver y con algunos choques emergentes. Ese cocktail ha provocado una apuesta clara por el aumento de los gastos e inversiones en Defensa. Pero pese a esa incertidumbre el año económico ha sido bueno, superando el 3% y una inflación ajustada por debajo de ese mismo 3%.
España ha sostenido sus buenas cifras macro con un crecimiento del 2,9%, una inflación contenida al 2,7% y un empleo que ha crecido en 500.000 puestos. El año ha estado sazonado por un IBEX que ha crecido un 50%, la OPA derrotada del BBVA sobre el Sabadell, el cambio de timón en Telefónica, el récord turístico y, como no, por un Gobierno que gobierna sin Presupuestos Generales del Estado y que lo hace como si tal cosa.
Entramos en 2026 con unas similares perspectivas a las que caracterizaron el pasado ejercicio. Algunos optimistas apuntan que la sensación de incertidumbre que dominó la escena mundial en 2025 se evaporará en favor de la estabilidad. Se fundamentan en el acercamiento comercial entre Estados Unidos y China y los intentos por buscar un acuerdo de paz entre Rusia y Ucrania e Israel y los palestinos. Me parece una visión bastante optimista, pues si algo caracteriza a la sociedad trumpiana es la volatilidad y el placer de vivir en una montaña rusa.
Las previsiones de crecimiento mundial apuntan a un 3% y con una inflación superior al 2%. La incógnita que rodea la inteligencia artificial y el robustecimiento de la inversión en Defensa, no cabe duda, serán dos de los protagonistas del año. Se espera que los bancos centrales, pese a sus diferentes criterios, mantengan la tónica de la estabilización cercana a los actuales niveles. También se presume la continuidad de la apuesta por la Bolsa y la renta variable, pues se adivina un mantenimiento del saludable rendimiento de estos últimos ejercicios. Eso sí, pendiente del momento en el que estalle la inteligencia artificial y de posibles tensiones coyunturales justificadas por situaciones geopolíticas.
Yendo por geografías y empezando por Estados Unidos. Por delante, tiene el nombramiento del nuevo gobernador de la Fed. Trump, fiel a su idea de controlar todo, hará lo imposible por imponer su candidato. Se presume, en otro orden de cosas, una ligera desaceleración de su economía con moderadas tasas de crecimiento de un 2%, pese a la fortaleza de su mercado laboral, situado en el entorno del 4% de paro. Por supuesto, hay que seguir muy de cerca la evolución de las empresas tecnológicas y la amenaza de la inflación, que determina el comportamiento de la Fed.
La vieja Europa seguirá tan vetusta como habitúa, instalada en la placidez de su hiperegulación y en la inquietud que genera su estancamiento y dificultad para tomar decisiones que respondan a los cambios que se producen en el escenario internacional y en el comportamiento de las grandes potencias. Su crecimiento será de un 1,2%, con países clave, como Alemania o Francia, instalados en una cuasi recesión. Esto coincide con la perentoria necesidad de impulsar fuertes planes de inversión en Defensa, tecnología y centros de datos. Hay preocupación por la marcha de la inflación y con una política monetaria similar a la de los últimos ejercicios.
China, pese a las dudas sobre su mercado interior, sigue apostando por la digitalización y la tecnología. En Japón preocupa su situación financiera y su nivel de endeudamiento. América Latina, sin entrar en las peculiaridades de cada país, seguirá lastrada por sus desequilibrios y ante la nueva realidad impuesta por la presencia de los Estados Unidos.
Mi querida España mantiene un crecimiento del 1,8% y una inflación contenida en torno al 2%. La deuda pública seguirá alta y el déficit también, con una tasa de paro de alrededor del 10%. La fortaleza del turismo, la ejecución de los fondos Next Generation y el consumo privado están llamados a ser sus principales motores. Las dificultades de amplias capas sociales para llevar una vida digna y la debilidad política del país son algunas de las grandes inquietudes.
Más o menos así se presenta un año 2026. Aunque me gustaría pensar lo contrario, este articulista no se muestra muy optimista por la situación económica y social ni del mundo ni de España. Sólo mi confianza en la inquebrantable voluntad y determinación de la humanidad por salir adelante mantiene encendida la llama de mi esperanza.



