Mi amigo Jose se ha quedado hace más de un año sin trabajo. Llevaba unos veinticinco años como abogado corporativo en una de esas grandes empresas españolas que nos llenan de orgullo por sus éxitos internacionales. Pero un buen día, sin comérselo ni bebérselo, le llamó su jefa y, como quien no quiere la cosa, tras regalarle los oídos con sus muchas cualidades, le puso en la calle porque necesitaban otro letrado en otra parte del mundo. Jose ha negociado miles de contratos defendiendo los intereses de su empresa. Ahora acaba de cumplir los 60 años, se siente en plena competencia profesional, siembra de currículos las ofertas de trabajo, se entrevista con unos y con otros, pero nadie le contrata. Tiene la sensación de que ya le ven como un hombre mayor al que se le pasó su hora.
Mi colega Miguel fue inopinadamente despedido hace unos seis meses. Era director general de una de las mejores consultoras de comunicación. Quedó con su jefe internacional para tomar una cerveza previa a reunión ordinaria y, en lugar de echar unas risas, le comunicó, como la cosa más natural del mundo, que ya no entraba en los planes de futuro de la firma. Conozco a Miguel desde hace más de treinta años, habiendo trabajado codo con codo en muchos proyectos, y me consta que es sólido, responsable, capaz, educado y trabajador como el que más. También, como Jose, ronda los 60 años, también se entrevista con gente, también riega con sus currículos las ofertas de trabajo, también tiene la sensación de que le ven como un hombre mayor al que se le pasó su hora.
Montse fue súbitamente despedida de su puesto de una compañía catalana que atravesaba una profunda crisis reputacional. Montse luchó con uñas y dientes para pegar los trozos de cristal rotos por otros estamentos de la empresa. En compensación, la pusieron en la calle de un día para otro. También ronda los 60 años, regresó a España después de una brillante carrera internacional en un blue chip americano. Tiene una educación exquisita, sabe tratar a la gente y conoce su oficio como nadie. Ahora, busca alguna oportunidad para seguir ejerciendo su profesión.
Son tres casos entre millones. Personas que han triunfado en su profesión, que han trabajado duro, que se han comprometido, que han hecho progresar a sus organizaciones, pero que, de repente, sin esperarlo, sin haber hecho nada inapropiado, sin haber cometido un error, se quedan en la calle en el periodo más complicado de su vida profesional. Puede, ojalá no les ocurra eso, que no vuelvan a trabajar en su vida.
La Fundación BBVA y el cada vez más inquieto Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE) acaban de publicar en su colección Esenciales un estudio que colige que por vez primera los mayores de 55 registran una tasa de paro superior a los trabajadores entre 22 y 54 años. Históricamente, los mayores de 55 años han sufrido menores niveles de desempleo, pero desde 2023 se ha producido una inversión que lo eleva a 9,8%, un 0,4% superior a la otra cohorte, que presenta un 9,4%. Por supuesto, que hay diferencias entre los que han mantenido una carrera laboral continuada y aquellos que han sufrido altibajos. “En un contexto de envejecimiento demográfico, aumento del gasto en pensiones y demanda creciente de capital humano, la atención a las mejoras en el empleo y a la formación de los mayores ha de ser un objetivo fundamental”, afirman los autores del estudio.
Nadie discute el envejecimiento de la pirámide demográfica española, ni el abismo al que está abocado el sistema de pensiones ni las dificultades para rejuvenecer el mercado laboral. Pero para las empresas los mayores no parecen resultar atractivos. La serie histórica evidencia que desde 1994 la brecha de la tasa de paro entre unos y otros se ha ido estrechando hasta el resultado de hoy. Pero los parados mayores padecen otras negatividades. Por ejemplo, el 58% son parados de larga duración al llevar más de un año buscando sin fortuna un nuevo empleo, La franja inferior, de 25 a 54, se sitúa en un 36% y la de los más jóvenes, entre 16 y 24, en un 18%. Los trabajos que llegan a encontrar, esto afecta a las personas con una vida laboral con interrupciones, son peores cuando se analiza el tipo de contrato o la propia ocupación. El 53% de los que encuentran empleo tienen un contrato temporal y un 10% de tipo precario. Los nuevos empleos accesibles para los mayores son menos estables, de menor calidad y de baja cualificación. Por supuesto, que la situación es muy dispar entre los que han gozado de una carrera profesional destacada y los que disponen de poca cualificación. Por ejemplo, el salario de los mayores con menos de un año de antigüedad no alcanza los 20.000 euros, frente a los más de 40.00 0del que ha disfrutado de una carrera profesional continuada. Puede parecer una contradicción el hecho de que se extienda la edad de jubilación, mientras las dificultades para acceder a un puesto de trabajo se complican para las personas mayores.
Mucho se habla en estos tiempos de la salud mental. Los expertos señalan que el paro prolongado en una persona mayor provoca insomnio, sentimientos de inutilidad, sensación de fracaso, cuando no depresión o ansiedad. El periodo más crítico se sitúa entre el séptimo y el doceavo mes, aunque suele crecer con el paso del tiempo. En estos parados mayores, la falta de trabajo se solapa con la preocupación por la jubilación, la caída de ingresos y el aislamiento. Ya no suena el teléfono y, poco a poco, la gente deja de acordarse de que existen.
Mis amigos Jose, Miguel y Montse son tres casos entre millones, pero los conozco y quiero. Me preocupan. Deseo que tengan suerte y encuentren el trabajo que merecen. Nuestra sociedad occidental envejece a pasos agigantados, las condiciones físicas y la experiencia de las personas mayores son evidentes, pero algo no funciona cuando quedan fuera del sistema y corren el riesgo de hundirse en la noche negra del fracaso y el aislamiento.
