Opinión

La izquierda ‘madura’

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La izquierda lleva días escandalizada. Indignada. Muy preocupada por el respeto a las normas internacionales, la soberanía de los pueblos y los derechos humanos. ¿El motivo? Que Donald Trump haya intervenido en Venezuela para sacar a Maduro del poder.

Claro: Trump, Estados Unidos, Intervención, Petróleo, Geopolítica. Todo el pack perfecto para rasgarse las vestiduras. Esta vez sí. Esta vez toca hablar de legalidad, de imperialismo, de injerencias intolerables.

Lo curioso es que Venezuela lleva años siendo una dictadura. Años. Con presos políticos, elecciones fraudulentas, represión, censura, hambre y millones de personas huyendo del país. Y durante todo ese tiempo, gran parte de esa misma izquierda que ahora se pone estupenda ha estado callada. O justificando. O mirando hacia otro lado con una mezcla de condescendencia y cobardía moral.

Porque cuando Maduro encarcelaba opositores, manipulaba elecciones y destrozaba el país, no había tanto entusiasmo por los derechos humanos. Ahí todo se explicaba con matices. Con “contexto”. Con el eterno “sí, pero…”. Sí, pero Estados Unidos. Sí, pero el capitalismo. Sí, pero el imperialismo. Siempre había una excusa preparada para no señalar al tirano correcto.

Ahora, de repente, las normas importan. El derecho internacional importa. La soberanía importa. Qué casualidad.

Que nadie se equivoque: la intervención de Trump no es un acto altruista. Tiene intereses claros. Económicos, estratégicos, geopolíticos. Nadie con dos dedos de frente piensa lo contrario. Pero una cosa no anula la otra. Y aquí es donde la izquierda vuelve a fallar estrepitosamente.

Porque denunciar una intervención externa no te exonera de haber blanqueado durante años una dictadura interna. No puedes indignarte hoy por la legalidad internacional si ayer te parecía aceptable que un régimen pisoteara a su propia población. No puedes convertirte ahora en defensor de los derechos humanos cuando llevas años relativizándolos según quién los viole.

Lo que molesta no es la violación de las normas. Lo que molesta es quién las viola.

Si el opresor es “de los nuestros”, se justifica. Si es antiamericano, se tolera. Si se envuelve en retórica revolucionaria, se disculpa. Pero si el que actúa es Trump, entonces sí: alarma democrática, comunicados solemnes y superioridad moral en vena.

Eso no es coherencia. Es tribalismo.

La izquierda no está defendiendo principios universales. Está defendiendo bandos. Y cuando la política se convierte en un partido de colores, los derechos humanos dejan de ser derechos y pasan a ser munición retórica. Se usan cuando conviene y se guardan cuando estorban.

Venezuela no empezó a ser un problema el día que Trump decidió mover ficha. Venezuela lleva siéndolo más de una década. Y el silencio selectivo ante ese desastre también es una forma de complicidad.

Defender la legalidad internacional está bien. Defender los derechos humanos, también. Pero hacerlo solo cuando el villano encaja en tu relato no te convierte en defensor de nada. Te convierte en hipócrita. Y ese es el verdadero escándalo de todo esto: no Trump, no Maduro, no Estados Unidos. Sino una izquierda que habla de derechos con la boca llena… y los olvida cuando dejan de ser útiles.