Opinión

La prioridad máxima

TOLEDO, 08/09/2026.- Vista del inicio del curso escolar en un colegio de Toledo este martes. Un total de 382.191 alumnos regresan a las aulas en Castilla-La Mancha, que cuentan con 34.539 docentes en una red integrada por 1.818 centros educativos.-EFE/ Ismael Herrero
Vista del inicio del curso escolar en un colegio de Toledo este martes.
EFE/ Ismael Herrero
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España acaba de recibir una advertencia que sería irresponsable despachar como una mala nota más. Los alumnos españoles están en los niveles más bajos registrados por el país en matemáticas, lectura y ciencias. Esto no es solo un suspenso, es una emergencia educativa. Desde 2022, España ha perdido 16 puntos en matemáticas, 23 en lectura y 7 en ciencias.

El deterioro no es exclusivamente español. La OCDE también ha registrado sus peores promedios históricos en matemáticas y lectura. Pero eso es poco consuelo, porque nosotros hemos retrocedido más que el promedio; y porque volvemos a estar por debajo de la media de la OCDE en todas las áreas.

Como ya es habitual con los problemas el país, la reacción política al informe de PISA ha sido la de echar balones fuera: el Gobierno ha incidido en que al menos hemos mejorado en ‘perseverancia’; el líder de la oposición ha achacado el fracaso a la última ley educativa del gobierno; Sumar ha apuntado a la falta de inversión educativa en la comunidades autónomas del PP; y Vox ha dicho que ‘no hay nada’ que el gobierno no haya deteriorado. Lo que tienen en común todos ellos es que ninguno ha dicho lo que hay que hacer. Y sobre todo, ninguno lo está haciendo, porque la educación lleva años fuera de la lista de prioridades de los partidos políticos.

La generación examinada ha vivido varias leyes educativas, políticas autonómicas diferentes, la pandemia y una transformación tecnológica acelerada. Ha visto cómo se han rebajado silenciosamente las expectativas y no solo de los alumnos mas aventajados sino de la media. Durante demasiado tiempo, la discusión educativa española ha girado alrededor de leyes, identidades, competencias administrativas, y batallas ideológicas. Pero faltan tres preguntas esenciales: ¿Cómo poner al alumno en el centro?, ¿Qué necesita aprender cada estudiante?, ¿Y qué debemos hacer cuando no lo está aprendiendo?

Poner al alumno en el centro no es arrinconar al profesor, es revalorizarle. Posicionar al profesor como lo que es, no un simple administrador, sino la persona que debe orientar al alumno, exigirle, descubrir su talento y servirle de referencia intelectual y humana. Si queremos formar a los futuros científicos, emprendedores, médicos, técnicos, artistas, servidores públicos y líderes sociales, seres humanos todo ellos con plenitud, debemos empezar por cuidar a quienes los forman. Eso implica atraer buenos candidatos, proporcionarles una preparación exigente, seleccionar competencias relevantes, acompañar seriamente sus primeros años, garantizarles el respeto, ofrecer formación continua útil, reconocer la excelencia profesional y mejorar las condiciones (todas) en las que enseñan.

Uno de los puntos interesantes de este informe PISA concierne al uso de la tecnología: los países con mejores resultados en PISA (como Singapur o Estonia) son algunos de los que más dispositivos electrónicos utilizan. Porque el uso abusivo de dispositivos electrónicos y teléfonos para uso recreativo tiene un impacto negativo, pero la tecnología integrada en la pedagogía tiene efectos positivos.

Hace unos meses, precisamente, estuve en Estonia para ver cómo han conseguido digitalizar el Estado y también para aprender de los avances que están haciendo en educación y tecnología. Me explicaron que tratan la tecnología como una pata más de la educación (al nivel de la lectura, las matemáticas y la ciencia). Ya tienen integrada la inteligencia artificial en educación primaria y secundaria y este año la integrarán en la Formación Profesional. Han creado un modelo de lenguaje de IA propio (con Open AI) que no proporciona respuestas directas a los alumnos sino que les pasa de una pregunta a otra para que los alumnos aprendan utilizando la IA y desarrollen el pensamiento crítico. Lo tienen todo integrado en un plan, cuyo desarrollo va como un reloj e implican a los profesores desde el inicio. Una de las cosas que más me llamó la atención fue que una vez que el plan se ha puesto en marcha, las autoridades políticas se retiran y dejan a los profesores desarrollarlo, porque asumen que ellos, y no los políticos, son los que saben cómo enseñar (palabras explícitas de las que espero tomen nota nuestros políticos).

Pero lo que más me impactó fue oír a los representantes del gobierno decir con orgullo que la educación es ‘su prioridad máxima’. Esa es la clave, y no solo para los políticos sino para toda la sociedad. Entre tanto ruido político absurdo, tanto cruce de acusaciones partidistas y tanta discusión vacía, solo hay una cosa que merece la pena gritar: ‘la educación es nuestra prioridad máxima’

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