Cada 24 de mayo, el Día Internacional de las Mujeres por la Paz y el Desarme nos recuerda una verdad tan simple como incómoda: no habrá paz sólida ni desarme real mientras la mitad de la humanidad siga siendo tratada como espectadora y no como protagonista.
Las mujeres han sostenido la vida en medio de la guerra, han protegido comunidades, han negociado treguas informales, han cuidado a las víctimas y han reclamado justicia cuando el ruido de las armas pretendía imponer el silencio. Su papel ha sido decisivo, aunque durante demasiado tiempo haya quedado fuera del relato oficial.
Hablar de mujeres y paz no significa oponer a hombres y mujeres, ni convertir la cuestión en una disputa de género. Significa reconocer que la violencia armada tiene efectos profundamente desiguales y que, en tiempos de guerra y de posguerra, mujeres y niñas suelen cargar con las consecuencias más duras. Sufren desplazamiento forzado, violencia sexual, pérdida de medios de vida, interrupción de la educación, sobrecarga de cuidados y exclusión de las decisiones que determinan su futuro. La guerra no golpea a todos por igual; por eso tampoco la reconstrucción puede diseñarse como si afectara a una sociedad abstracta y homogénea.
La paz tampoco se construye de manera neutral. Cuando los procesos de negociación excluyen a las mujeres, no solo se comete una injusticia: se debilita la calidad del acuerdo.
Diversos estudios y resoluciones internacionales han subrayado que la participación de las mujeres favorece procesos más inclusivos, más legítimos y más duraderos. Sin embargo, su presencia sigue siendo insuficiente en las mesas donde se decide el final de los conflictos: solo una de cada diez negociaciones de los procesos de paz las incluyó en 2024.
Y esa ausencia no es casual. Responde a estructuras de poder que continúan asociando la seguridad con la fuerza, el liderazgo con la masculinidad y la diplomacia con quienes ya ocupan el centro.

El problema es que esa lógica ha demostrado sus límites una y otra vez. Allí donde las mujeres han podido organizarse, negociar y liderar, han abierto caminos que parecían bloqueados.
Rusia es un ejemplo de ello. En 1917, las mujeres rusas se declararon en huelga, pidiendo “Pan y Paz”. Cuatro días después, el zar se vio obligado a abdicar.
En tiempos más recientes, con ocasión del conflicto de Ruanda de 1994 entre hutus y tutsis, las mujeres ruandesas lideraron los conocidos sistemas de gacacas, tribunales de justicia orientados hacia la reconciliación y reparación donde asumieron todas las responsabilidades del poder del Estado. Actualmente, ocupan el 60% de los escaños del Parlamento, el dato más alto a nivel mundial de representación femenina parlamentaria.
En Liberia, su movilización fue decisiva para poner fin a una guerra civil devastadora. En Colombia, las mujeres lograron que el acuerdo de paz incorporara compromisos concretos en materia de derechos.
No son casos anecdóticos: son pruebas de que la paz gana profundidad cuando incorpora la experiencia de quienes han padecido la violencia de forma más directa.
La Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas fue un reconocimiento histórico al valor de la mujer en los procesos de paz. Afirmó algo esencial: que las mujeres deben estar presentes en la prevención de conflictos, en la negociación, en la construcción de la paz y en la recuperación posbélica. Su inclusión en negociaciones eleva un 20% la probabilidad de que un acuerdo dure al menos dos años y un 35% para 15 años o más. Las mujeres incorporan reformas políticas, sociales y económicas más inclusivas, fortalecen alertas tempranas y reducen violencia al abordar raíces como desigualdad de género; su participación civil reduce un 64% el fracaso en implementación.
Pero un cuarto de siglo después, el balance sigue siendo pobre. La norma existe, el consenso retórico también, pero la práctica avanza con demasiada lentitud. La brecha entre lo que se declara y lo que se hace sigue siendo demasiado grande.

Por eso este día debería convertirse en una llamada a revisar prioridades. Si realmente queremos hablar de desarme, no basta con reducir arsenales o firmar compromisos internacionales. Hace falta desarmar también las estructuras que reproducen exclusión, desigualdad e invisibilidad. Hace falta invertir en prevención, en educación, en protección de defensoras de derechos humanos, en participación política y en liderazgo comunitario femenino. Y hace falta hacerlo no por concesión, sino por justicia y eficacia.
Las mujeres no son solo víctimas de la guerra; son también constructoras de paz, mediadoras, defensoras, organizadoras comunitarias y guardianas del tejido social. Allí donde el Estado no llega, muchas veces son ellas quienes sostienen la vida cotidiana, reconstruyen confianza y mantienen abierta la posibilidad de convivir. Su aporte no puede seguir tratándose como un añadido humanitario, porque es una condición para que la paz sea real.
En ese sentido, el trabajo de organizaciones, como Manos Unidas, que acompañan procesos de fortalecimiento comunitario demuestra que el apoyo a las mujeres no es un gesto simbólico, sino una estrategia transformadora. Allí donde se refuerzan sus capacidades, se protege su liderazgo y se escucha su voz, aumentan las posibilidades de construir sociedades más justas, más estables y menos expuestas a la violencia. La paz necesita territorio, recursos, instituciones y acuerdos. Pero necesita, sobre todo, mujeres.
El Día Internacional de las Mujeres por la Paz y el Desarme debería servir para recordar que no habrá futuro pacífico sin mujeres en el centro de la solución. No basta con agradecer su resistencia: hay que abrirles espacio real en la toma de decisiones. No basta con celebrar su resiliencia: hay que garantizar sus derechos. No basta con reconocer su valentía: hay que asumir que la paz, si quiere merecer ese nombre, debe ser también una obra de mujeres.
Si la guerra ha sido históricamente un proyecto de exclusión, la paz debe ser exactamente lo contrario: un espacio de inclusión, dignidad y corresponsabilidad. Y en esa tarea, las mujeres no esperan permiso. Llevan décadas haciéndola posible.

