Opinión

Microdrama electoral

MADRID, 06/10/2026.- El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, comparece en rueda de prensa tras la reunión del Consejo de Ministros, este martes en el Palacio de la Moncloa. EFE/ Javier Lizon
Pedro Sánchez comparece en rueda de prensa tras la reunión del Consejo de Ministros.
EFE/ Javier Lizon
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“Un hombre enamorado humillado por un juez. Una mujer en apuros. Viven en el lado correcto de la historia, pero buitres y otras rapaces ultraderechistas, genocidas, oligarcas y jueces conspiran para echarlos de su casa. Los daban por desahuciados… Hasta que un as salió de la manga ancha democrática del presidente”. Esta podría ser la sinopsis del microdrama electoral Humanos contra inhumanos, cuyo primer capítulo se emitió el lunes en el descorche de la prechampaña. El episodio excedió los dos minutos que suelen durar estas telenovelas comprimidas chinas, aunque al menos fue más breve que aquellas homilías con las que Pedro Sánchez nos susurraba a las cobayas pandémicas.

La política patria, más afanada en entretener que en solucionar, a caballo entre el victimismo y la inquisición, achicada en hipérbole, lleva tiempo abrazando sin complejos los trucos del microdrama: ganchos viralizables, giros de guion, personajes buenos o malos, conflictos familiares, venganzas, primacía de la emoción sobre el argumento y escasez de matices, porque el matiz es un lujo que requiere esfuerzo y atención, y no cabe en el móvil. Pero nada más coherente con una campaña electoral que tirar de cuentos chinos. El microdrama arrasa, además, entre las mujeres, que, según el barómetro de Winston para Artículo14, decidirán las elecciones. Claro que desconocemos cuántas, preguntadas por su político favorito, contestarían lo que aquella chica de First Dates: “Pedro Sánchez tiene un polvazo”.

La política de microdramas trata al electorado como espectador y no como protagonista. Reducido el votante a consumidor, todo depende de quién maneje mejor el entretenimiento basura: Sánchez besando inquilinos en lugar de niños, desterrando tenedores hasta de la cubertería, o Feijóo presentándose como el Gundisalvo de Mingote: demócrata, liberal, gallego, madrileño, social, ecologista, progresista, cristiano, moderado, autonomista y lo que haga falta. Como el PP ya tiene su propio microdrama, que es ser su peor enemigo, haría bien Feijóo, que no domina la realpolitiktok de Sánchez, en seguir el consejo de su paisano Wenceslao Fernández Flórez: “Escondidos herméticamente en sus gabinetes, en sus automóviles, en sus casas, engañarían muchos años más a sus conciudadanos”. Porque el lapsus es la verdad del político.

Hay algo más cansado que hacer campaña política: sufrirla. Ante la ausencia de un candidato ilusionante, una apostaría por la elección de presidente al azar o, puestos a hacer espectáculo, siguiendo las bases de Miss España, pero quizá el país no esté preparado para ver a sus señorías en bañador y banda, clamando por la paz mundial. Por ahora, queda el consuelo de que los microdramas invitan a una comunicación abreviada. Y quién sabe si, como los actores del género, acabarán los candidatos alquilando sus caras por cuarenta euros para que desempeñe su trabajo la inteligencia artificial. Al menos volvería la corrección política.

Dickens contaba que, en sus paseos favoritos, de Covent Garden a la City, encontraba cementerios particulares. En uno de ellos, llamaron su atención dos ancianos que segaban la hierba que crecía entre las tumbas. Era una parcela exigua, pero el heno apilado demostraba que era capaz de producir algún tipo de cosecha. Pedro Sánchez siega voluntariosamente la hierba entre sus tumbas políticas y, de momento, le han brotado veintiuna medidas de vivienda. Veremos si tira su casa, o la nuestra, por la ventana de oportunidad.