Siempre que hay una tragedia que afecta a un medio de transporte cunde el miedo entre los usuarios porque, de entrada, nadie piensa al coger un coche, un avión o un tren que no va a llegar a su destino, pero esa tranquilidad se torna en preocupación cuando hay un accidente, o un atentado.
Se me quedaron grabadas, por ejemplo, las lágrimas de una mujer que viajaba en Cercanías y que, después del 11M tenía que volver a coger uno de esos trenes porque no tenía otra forma de llegar a su trabajo. Estaba aterrada, pero lo hizo. Mariano Rajoy, sin embargo, nunca volvió a montarse en un helicóptero.
Juro no hacerlo después de que se estrellara el aparato en el que viajaba el 1 de diciembre del 2005. Y cumplió su palabra porque, incluso siendo presidente, se negó a subir en uno. Conozco también a personas que le tienen pánico al avión y que prefieren quedarse en casa antes que conocer mundo si para ello hay que surcar los cielos.
Tener miedo es, pues, algo normal, pero lo importante es que pueda ser algo transitorio y que los ciudadanos volvamos a confiar en que viajar en transporte público en España es seguro. Para ello, eso sí, el gobierno se tendrá que esforzar algo más y garantizar que esto son algo más que palabras, que es una realidad.
Y a ello no ayuda que hace dos meses el ministro dijera que en el tramo Madrid-Barcelona se iba a poder alcanzar una velocidad de 350 kilómetros por hora porque lo permitía el trazado, y reducir el martes esa velocidad a los 160 kilómetros por hora en un tramo de 150 kilómetros, para volver a aumentarla el miércoles y reducirla de nuevo después.
Los maquinistas son los que saben realmente como están las vías y estos días aciagos han muerto dos, uno de ellos cuando todavía estaba en prácticas, por eso han dicho basta y han convocado una huelga en el sector para denunciar el deterioro de las infraestructuras y exigir seguridad.
El ministro Óscar Puente ha atribuido este paso al estado de ánimo de los conductores después de los accidentes de Adamuz y Gelida, pero lo cierto es que nadie mejor que ellos conocen las carencias de los trazados y la falta real de inversiones.
Y es que, no se explica cómo, un estado con récord de recaudación por los impuestos que pagamos los españoles, no es capaz de garantizar la calidad y la seguridad de las carreteras y de las infraestructuras ferroviarias. A ver si va a ser verdad que lo de tener presupuestos sí que sirve para algo, y que no da igual tenerlos o no tenerlos, y que un gobernante que no tiene los apoyos suficientes para sacarlos adelante debería convocar elecciones porque hay necesidades que no pueden atenderse si no se adaptan a las nuevas situaciones que reclama el país.
Recordemos, además, que estos presupuestos ni siquiera fueron aprobados por el parlamento actual, es decir, que hay diputados de esta legislatura que no han votado unas cuentas públicas y que puede que nunca lo hagan.
Francisco de Quevedo decía que “no vive el que no vive seguro”. Responsabilidad del Gobierno es que nos garantice poder vivir.



