Opinión

Mi primer burka

Musulmanes rezan mientras contemplan una reliquia sagrada que se cree contiene un cabello de la barba del profeta Mahoma en el santuario de Hazratbal, en Srinagar, India
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uando ni tan siquiera sabía que existía tal vestimenta. Una figura oscura, completamente tapada, atravesaba la pasarela que había sido construida sobre las ruinas de lo poco que quedaba del Stari Most, el extraordinario puente construido por orden de Soleimán el Magnífico que, sobre la Neretva, une las partes bosnia y croata de la ciudad. Pregunté quién era esa inquietante mujer, pues se adivinaba que el ropaje podía albergar a una persona del sexo femenino y mi colega y amiga de la Universidad Dzemal Bijedic me respondió que era extranjera, seguramente enviada desde Arabia Saudita. Este país había adoptado un programa de reconstrucción de mezquitas y prácticamente todas ellas refulgían esplendorosamente y expandían su particular doctrina importada, mientras que el resto de la ciudad era un amasijo de ruinas.

Me impresionaron mucho tres cosas en Mostar. Una era que las casas parecían coladores, pues estaban completamente llenas de balas incrustadas, como si hubieran sido disparadas desde la ventana de enfrente (me dijeron que así había ocurrido). Otra, que escuelas, hospitales y otros edificios públicos estaban en un estado lamentable (no así las mezquitas de la «reconstrucción»), tan lamentable que la mayor parte de ellos tuvieron que ser totalmente derribados para ser, en su caso, reconstruidos. Y, la tercera, ésta fue la que más me sobrecogió, que los jardines de la ciudad estaban llenos de tumbas, pues habían tenido que ser transformados en cementerios ya que resultaba imposible enterrar a los muertos en el camposanto porque estaba en las afueras y los francotiradores tenían allí un blanco fácil para continuar sembrando el terror en la ciudad. ¿Por qué me acuerdo ahora de mis amigos de Bosnia? La verdad es que siempre hemos mantenido un apasionante y entrañable contacto.

Pero una noticia que conocí a través de otra amiga, sueca, que la había leído en un periódico de su país, me ha sacudido como un dardo envenenado. Partiendo de la información inicial, accedí a la noticia original, publicada en el Daily Mirror, que cuenta con todo lujo de detalles que una célula del DAESH (me resisto a llamarle Estado Islámico, porque para poder ser un Estado hay que tener un cierto grado de legitimidad) había establecido una base de entrenamiento en Oswe (Bosnia), una pequeña aldea de una zona despoblada, a un centenar de kilómetros de Sarajevo. No pude menos que acordarme de aquel primer burka andante que vi en el Stari Most.

Aquella penetración inicial del radicalismo en Europa (quizás no hay nada más europeo que Bosnia, donde prácticamente comenzó la Primera Guerra Europea/Mundial, con el atentado de Sarajevo) irrumpiendo en una sociedad rota por la guerra de desmembramiento de la antigua Yugoslavia, está intentando consolidarse en territorio europeo, generando posiciones intolerantes y abriendo la puerta a situaciones inimaginables incluso en aquel entonces, puesto que se trata de la primera base armada del radicalismo, del odio, de la intolerancia y del desprecio a la dignidad humana establecida en el corazón de Europa. Esta estrategia de penetración de ese salafismo radical no es nueva.

Hace muchos años que comenzó y, en Europa, tomaron a Bosnia, como uno de los países “clave” en los que era fácil instalarse. El hecho de que buena parte de la población fuera musulmana, no les hizo extrañar que Arabia Saudí, Qatar y otros países de similar tendencia religiosa, ayudaran, tras la guerra, a la reconstrucción. Pero, ojo al dato. Sólo ayudaron a reconstruir las mezquitas y los centros culturales que pudieran situar bajo su influencia.

Cuando estuve trabajando allí, pude constatar que esa radicalización era importada, que no era autóctona y que buscaba la transformación, mediante la subvención, de una cultura que podía ser perfectamente compatible con la nuestra, recreando nuevas condiciones para la vivencia de la fe que, a quienes se ajustaban a ellas, les repercutían en múltiples prebendas, siempre que se atuvieran a las finalidades que desde las organizaciones radicales se perseguían. El resto era como si no existiera. No han conseguido que la mayoría de la población se sienta identificada con esa radicalidad. Pero han creado malestar y divisiones.

Han posibilitado, además, la instauración de más campos de entrenamiento de células del DAESH en aldeas abandonadas de las zonas montañosas apartadas. Contrasta, eso, con la existencia de una cada vez más mayoritaria cultura democrática, defensora de los derechos humanos y dispuesta a continuar participando de todo lo posible con el resto de entidades culturales, académicas, y sociopolíticas del resto de Europa. Como una maldición imposible de soslayar, el lugar en el que comenzó la Primera Guerra Mundial, vuelve a situarse sobre un polvorín. No me extraña en demasía, pues lo que he conocido en la zona y lo que vengo observando después, auguran poco de bueno.

No sé si fue una buena idea la creación de la República Srpska, como una entidad incluida en Bosnia-Herzegovina (con capital oficial en Sarajevo aunque la capital de facto es Bania Luka) pero no hay que llorar sobre la leche derramada. Situada a muy poca distancia del aeropuerto de Sarajevo, este enclave serbio constituye un reto permanente sobre el delicado equilibrio que los Acuerdos de Dyton pergeñaron en la zona. Sé, porque me lo contaron y porque lo percibí, que no costaría nada reemprender hostilidades. Digo reemprender porque siempre ha habido allí un reemprendimiento. Durante la Segunda Guerra Mundial se utilizaron las armas que se “guardaron” (escondieron) al terminarse la Primera. Y no constituiría ninguna sorpresa que fueran utlizadas de nuevo, pues constituyeron el grueso de las que fueron usadas en los enfrentamientos civiles que forjaron la independencia de los países que hoy, unos dentro de la UE y otros como candidatos o potenciales candidatos, tenemos ahí, prácticamente a poco más de una hora de vuelo de Barcelona.

La creación de “estructuras de estado” de facto no es un fenómeno nuevo. Cualquier entidad que quiera ser reconocida como tal tiene que asegurarse un control sobre el territorio, y sobre la población, por supuesto, además de adoptar un ordenamiento jurídico que la legitime ante la comunidad internacional. Lo conocen bien en la República Srpska, del mismo modo que lo conocen bien los secesionistas en Cataluña, que buscan constantemente imponer contra viento y marea el relato que les beneficie.

“Era Tump”

El uso populista de todo ello, brindando un hipotético brillante futuro a una población desorientada, puede derivar no sólo en enfrentamientos verbales, inmisericordemente unidos al discurso de odio, sino en verdaderos delitos de odio, perpetrados con distintos medios. Estamos ante un complicado futuro. La política exterior de los Estados miembros de la UE y de la propia UE debe tenerlo presente, pese a la complejidad y los bandazos que la “era Trump”, la guerra de Ucrania y, ahora, la disputa sobre Groenlandia, han introducido. El cambio de estrategia que parece haber adoptado Trump en Siria respecto de la alianza con los kurdos, que pueden verse otra vez abandonados tras haber constituido una esperanza de estabilización y tránsito a la democracia, conteniendo al radicalismo islámico, no augura nada bueno.

Sin olvidar el tema de Irán y la lucha de su sociedad civil por instaurar la democracia, especialmente por parte de las mujeres. No podemos avalar pretendidas “soluciones” que no van a hacer más que enturbiar si cabe en mayor medida la situación, no sólo en Bosnia-Herzegovina, sino en muchos más lugares. Tampoco es legítimo mirar hacia otro lado e instrumentar políticas aislacionistas por meros cálculos electorales. Y no olvidemos que Bosnia-Herzegovina es uno de los estados candidatos a la futura ampliación de la UE. Esperemos que esta vez sepamos “acompañarles” con mejores resultados que en otras ocasiones.

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