Nos reímos cuando el Pizzagate empezó a colarse entre la morralla de Internet. Qué desquiciado rumor, parecía la historia del Bar España. Millonarios y políticos unidos para organizar fiestas de lesa humanidad.
La historia del Pizzagate se forjó en 4-Chan (el mayor foro del mundo en el que podría, o no, recomendarles entrar), y la del Bar España en pequeños círculos de conspiranoia. Ambas narraciones recogen una de las funciones básicas de los cuentos, advertir de un peligro. En esta encarnación escatológica (por lo que atañe al fin del mundo, pero también por la pimpante exégesis que supone de la mierda), la moraleja de la historia es que no podemos hacer nada contra los nuevos señores feudales. No podemos unirnos contra ellos porque, en realidad, tampoco sabemos quiénes son. Las adolescentes (descuide de quien se refiera a ellas como prostitutas) enumeran algunas caras conocidas, principalmente Jeffrey Epstein, Donald Trump, Bill Clinton, e incluso George Bush Jr., pero ¿qué caras desconocidas para el gran público había allí? ¿Con qué empresarios, banqueros, presidentes de gobiernos y de organismos supranacionales coincidieron, sin saberlo, estas chicas? Nos habían dejado caer algún adelante, pero ya tenemos confirmación del aspecto de esa nueva muñeca dentro de la matrioshka. La cruel sorpresa es esta: no era solo un juego de políticos, nobles y empresarios. También se confirma la presencia de personajes de la ciencia y la cultura. Woody Allen, Noam Chomsky y Stephen Hawkings. Ni siquiera las actividades que elevan el espíritu han librado a estos hombres de caer en la degeneración. No quiero ni pensar en qué contexto se habría dado un posible encuentro entre Hawkings y José María Aznar. Son posibilidades que dejo para los tmeolaris de la revista TMEO.

El Departamento de Justicia está liberando todos los documentos que del caso Epstein se conservan: videos, fotografías, mails, facturas, notas. Están saliendo a la luz pública con retraso y con la notable ausencia de documentos sobre Trump, quien es bien sabido que ha sido gran amigo y benefactor de Epstein. Por el motivo que sea, no es el polémico presidente el que más aparece en estos tres millones de documentos. Existen quejas por el retraso y también por la supuesta desaparición de parte del material. Si durante el incendio del Windsor hubo sombras moviendo linternas entre las llamas, imaginen qué puede pasar en algo como el caso Epstein. Los documentos, accesibles a todo el planeta a través de la web del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, van de lo chocante a lo aberrante sin dejar de pasar, por supuesto, por anotaciones y correos cuyo significado desconocemos. Algunos de los documentos son incontestables; otros dejan mucho espacio a la imaginación. “Me encantó el video de la tortura” dice Epstein en un correo. “No me traigáis negras” (usando la palabra nigga), pide en otro. Leemos un mail en el que Epstein le recuerda a Bill Gates que le ayudó cuando unas prostitutas rusas le contagiaron una ETS. Hay videos en los que no se muestra nada ilegal y que aún así ponen el vello de punta: Epstein persiguiendo en la cocina a unas chicas que ríen entre los nervios y la excitación. Epstein bailando con una muchacha en el dormitorio. El príncipe Andrés mirando a cámara, acechando a una joven tendida en el suelo. Epstein, con mirada vidriosa y ausente, grabándose a si mismo. Creo que tardaremos muchos años en hacer este puzle, y lo complicado no es solo el número de piezas (ojalá fueran solo tres millones) sino saber qué figura queremos encontrar en dicho puzle. Lo único que advierte la caja es que es mejor no completar la figura.
