Yo no veo series, me las trago. Empiezo una y hasta el final. Da igual que tenga tres temporadas o quince. Soy metódica hasta para eso. Lo que se empieza, se acaba.
Mis favoritas son las de suspense. Aunque me gustan varios géneros, así que voy intercalando. De todas formas llega un momento de empacho total en el que todo me parece igual. Cuesta dar con algo diferente y cuando pasa, hay que proclamarlo bien alto. Fue lo que me ocurrió con ‘Pubertat’, de Leticia Dolera. Se estrenó hace unos meses, pero yo he llegado a ella justo ahora.

Me diréis que la historia no es ninguna novedad porque podría ser la noticia que abre cualquier informativo. Vale, cierto. Lo importante es cómo se cuenta lo sucedido.
La trama aborda un caso de abuso sexual entre chavales de 13 años. Pero no estamos hablando de La Manada, sino de una agresión que se produce en un entorno seguro porque la chica la sufre una noche mientras duerme con sus amigos de toda la vida.
Confía en ellos, existe un vínculo, lo que hace que la situación resulte todavía más desconcertante y lógicamente muy dolorosa porque es imposible concebir que alguien que te conoce tan bien sea capaz de quebrar tu inocencia e intimidad.
A partir de ahí se desarrolla un argumento bastante complejo, repleto de ramificaciones. ‘Pubertat’ habla de la identidad sexual, de la presión que ejerce el grupo, del uso que hacen los jóvenes de las redes sociales, del consumo de porno y alcohol.
Habla de la preadolescencia, una etapa que no todo el mundo refleja adecuadamente y a la que deberíamos prestar mayor atención porque los niños están dejando de ser niños a una edad cada vez más temprana. Y, seamos sinceros, la culpa es nuestra porque les ponemos un móvil en las manos nada más nacer.
Habla de feminismo, de consentimiento y de igualdad. También de cómo se aplica la teoría, pero no la práctica.
Habla de la víctima, de los menores agresores, de la denuncia y de la justicia restaurativa. Algo que no sabía que existía. Me sorprende que en alguna ocasión funcione.

Además, habla de los miedos de los padres, de las relaciones familiares, de los traumas generacionales y, por supuesto, hace un análisis de la forma en que cada adulto lo encara dentro de un grupo en el que todos se conocen.
Habla de tantas cosas que es imposible enumerarlas y no la quiero destripar más. Habré hecho espóilers, pero vale la pena ponerse los seis capítulos que dura. Se aprenden muchas cosas porque Dolera va ensartando con precisión cirujana dilemas morales y hace que te cuestiones no sólo la sociedad en la que vivimos sino también si conoces realmente a tus hijos.
La respuesta es que no, obviamente. Sabemos que su comportamiento no va a ser el mismo si está o no vigilado en una fiesta. Hacer cosas de mayores, sin ni siquiera comprenderlas del todo, es un subidón. Sin olvidar que la sensación de libertad suele conllevar una falsa de seguridad. Además, con la autonomía llegan los secretos.
Es importante explicar a los chavales los peligros que les acechan, pero eso no significa que nos escuchen y nos hagan caso. Sólo los reconocerán cuando se den de bruces contra ellos. Hay que educarles y protegerles, pero es imposible supervisarlo todo. No digo yo que no debamos aplicar el control parental, pero no estoy segura de su eficacia. Saben saltarse todas las barreras y si no son ellos, termina siendo su círculo.

A veces, las series te cautivan porque te reconoces en ellas. Esta es redonda, pura pedagogía. Aunque admito que me ha impresionado más porque tengo una hija que está empezando a descubrir el mundo e irremediablemente todos mis miedos se activan.
Hay que esperar que no se nos cruce la mala suerte y prepararla para la jungla. Me parece que la comunicación es fundamental. Aunque cueste mucho. Es difícil acompañar sin garantías de acertar. Hay factores externos que influyen. Pero si hay un fondo, hay futuro. Lo más difícil es construir a buenas personas


