Marichelo, orensana de nacimiento y viguesa de adopción, tiene 86 años. Hace mucho tiempo que una demencia -horrorosa- se apoderó de ella; y lleva algo más de un lustro viviendo en una residencia donde recibe todos los cuidados que precisa: alojamiento, manutención, servicio médico y de enfermería, fisioterapia, estimulación, entretenimiento; y, dentro de sus durísimas circunstancias, está todo lo bien que puede estar. Es lo que hay…
Las residencias privadas de la 3ª edad, en general, no están exentas de IVA; es decir, repercuten IVA a sus clientes, los internos, como Marichelo. Quizá habría que darle una vuelta a si un servicio como ése debiera -o no- estar exento; con todos los efectos colaterales que ello conllevara, algunos incluso potencialmente perniciosos para los internos. Pero no es eso lo que hoy me ocupa y preocupa; no.
El motivo de estas líneas es que Marichelo paga a la residencia un IVA del 10%…, mientras que su compañera de habitación soporta uno del 4%. ¿Cómo? ¿Comparten habitación, reciben los mismos servicios y tienen diferente IVA? ¿Es eso posible? Bueno, la Ley española del IVA, de un modo recóndito y enrevesado, así lo establece…, pero parece que eso chirría ya no sólo con el sentido común si no, además, con la normativa europea que no avalaría que un mismo bien o servicio tenga un tipo diferente de IVA en función de las circunstancias del consumidor. Pues ésa es la pretendida causa de este dislate: los internos con unas circunstancias más desahogadas soportan el 10%, mientras que los menos favorecidos pagan el 4%. ¿Se imaginan que esa regla se aplicara al IVA de la gasolina, del menú del día o de la entrada del cine? Pues no: el IVA, ya por su propia naturaleza, es un impuesto plano, transversal, que -como tal- se repercute a todos por igual.
Y, precisamente por eso, Marichelo acaba de iniciar su particular cruzada: un pleito para que se le reconozca el derecho a soportar -como su compañera de habitación- un IVA del 4% y no del 10%. Ella -claro- no lo sabe, pero la batalla será larga y probablemente ardua y hasta agria; pero lo importante, como en tantas cosas, es empezar, y ese paso ya está dado. A partir de ahí, ánimo, calma y paciencia son los ingredientes necesarios para lidiar con las inclemencias e imprevistos del “camino”; y de todo ello su hijo -quien, en su nombre, ha impulsado ese proceso- va bien pertrechado, aunque sólo sea por lo ya aprendido en anteriores lides.
Pero este caso tiene unas características especiales que lo hacen muy distinto a otros: por las circunstancias vitales intrínsecas a este tipo de situaciones tan dolorosas, por el absoluto desvalimiento de los afectados, por la inmensa y del todo injustificada discriminación que entraña lo aquí apuntado…; pero, sobre todo, porque Marichelo es mi madre. Esto se lo debo: es el homenaje profesional que le brindo; a ella, por ella. #ciudadaNOsúbdito
