Cuenta la mitología griega que el adivino Tiresias fue castigado por los dioses a vivir como mujer durante siete años por molestar a dos serpientes en pleno apareamiento. Habiendo experimentado ambos cuerpos, fue llamado a resolver una disputa entre Hera y Zeus sobre quién sentía más placer en el sexo. Su respuesta -las mujeres- le costó la vista, pero quizá ya intuyó lo que la ciencia tardaría milenios en empezar a comprender: el clítoris como órgano de placer femenino.
El miembro vergonzoso
Durante siglos, fue ignorado, malinterpretado o reducido a una simple protuberancia sin importancia en los tratados de anatomía. Cuando un médico francés diseccionó este órgano por primera vez en 1545, lo llamó membre honteux (el miembro vergonzoso), y declaró que su única función era la micción.
En las últimas décadas, la investigación científica ha ido revelando una realidad bien distinta. Para empezar, no se trata de una simple protuberancia del tamaño de un guisante. Alrededor del 90% del volumen del clítoris se encuentra bajo la superficie. Es un extenso reino subterráneo formado por tejido eréctil y una red de nervios vibrantes y vasos sanguíneos que bombean sangre. No obstante, los tabúes culturales sobre la sexualidad femenina han continuado torpedeando su estudio. Ni siquiera se incluyó en los libros de texto de anatomía hasta 1995, cuando en la 38.ª edición de Anatomía de Gray se presentó simplemente como una versión pequeña del pene.
Con tres décadas de retraso, la ciencia llega al clítoris
Por fin, casi 30 años después de que se cartografiaran con detalle los nervios del pene, la ciencia empieza a corregir esa asimetría histórica. Un nuevo estudio ha logrado, por primera vez, reconstruir en tres dimensiones la red completa de nervios del clítoris, uno de los órganos más densamente inervados del cuerpo humano. La investigación, liderada por Ju Young Lee en el Centro Médico Universitario de Ámsterdam, ha recurrido a una tecnología poco habitual en anatomía: la tomografía de contraste de fase con radiación de sincrotrón, una fuente de rayos X de altísima energía que permite obtener imágenes con resolución micrométrica.
Gracias a esta técnica, los investigadores pudieron analizar en detalle dos pelvis femeninas donadas a la ciencia y generar modelos tridimensionales de una precisión inédita. A diferencia de la resonancia magnética convencional, capaz de mostrar estructuras generales, pero no los detalles finos, este método permitió seguir el recorrido exacto de los nervios a lo largo del clítoris. El resultado es un mapa que revela la trayectoria del nervio dorsal del clítoris, su principal vía sensorial, desde su origen en el nervio pudendo hasta su ramificación final en el glande, que es la parte más visible.

No hay un único punto de placer
Lo que encontraron desafía algunas de las ideas aceptadas hasta ahora. Durante años, los manuales describían cómo este nervio se iba debilitando a medida que se acercaba al extremo del órgano. Sin embargo, las imágenes muestran justo lo contrario: al llegar al glande, los nervios no se disipan, sino que se dividen en múltiples ramas en forma de árbol, creando una red densa y compleja en la zona más sensible. Estas ramificaciones, con diámetros que oscilan entre 0,2 y 0,7 milímetros, son prácticamente imposibles de observar mediante disección tradicional, lo que explica por qué habían pasado desapercibidas hasta ahora.

El estudio también aporta una visión más amplia de la conectividad del clítoris dentro de la pelvis. Algunas de las ramas nerviosas identificadas no se limitan al órgano en sí, sino que se extienden hacia el capuchón del clítoris, los labios y el monte de Venus, lo que sugiere una integración funcional más extensa de lo que se pensaba. Esta arquitectura ayuda a explicar por qué la respuesta sexual femenina no puede reducirse a un único punto anatómico, sino que implica un sistema distribuido de sensibilidad.
Más allá del interés científico, el trabajo delata la persistente brecha de conocimiento entre la anatomía masculina y la femenina. Mientras que el glande del pene fue cartografiado con detalle en los años noventa, el equivalente femenino ha permanecido en gran medida inexplorado hasta ahora. Como ha señalado la uróloga australiana Helen O’Connell, pionera en describir la naturaleza del clítoris en 1998, esta ausencia no responde solo a dificultades técnicas, sino también a una falta de interés por parte de la comunidad médica, en sintonía con los tabúes sociales sobre la sexualidad femenina.
Implicaciones prácticas
Un conocimiento más preciso de la red nerviosa puede mejorar los resultados en cirugías pélvicas, donde el riesgo de dañar estas estructuras es alto. Esto incluye desde intervenciones por cáncer hasta procedimientos de afirmación de género o cirugías estéticas como la labioplastia, cuya popularidad ha crecido notablemente en los últimos años. Asimismo, el mapa nervioso puede ser clave para perfeccionar las técnicas de reconstrucción del clítoris en mujeres que han sufrido mutilación genital femenina, una práctica que sigue afectando a millones de personas en todo el mundo y que con frecuencia conlleva secuelas físicas y sexuales graves.
Los propios autores reconocen las limitaciones del estudio. El tamaño de la muestra es reducido -solo dos casos- y las imágenes proceden de donantes posmenopáusicas, lo que podría no reflejar toda la variabilidad anatómica. Además, el trabajo se ha difundido como prepublicación científica y aún no ha pasado por el proceso de revisión por pares, por lo que sus conclusiones deberán ser confirmadas por investigaciones futuras con muestras más amplias y diversas.
Aun así, el avance resulta difícil de ignorar. Además de llenar un vacío anatómico pendiente, obliga a replantear cómo se construye el conocimiento científico y qué cuerpos han quedado históricamente fuera. Más de dos mil años después de Tiresias, la ciencia empieza, por fin, a mirar con mayor precisión y naturalidad uno de los centros del placer femenino.
