Las niñas están perdiendo la infancia. Antes de empezar a jugar, se ven empujadas por una cultura que les exige belleza y cuidados. Antes incluso de descubrirse y saber quiénes son, se les enseña a gustar y a compararse. La escritora Naomi Wolf ya lo advirtió en 1990, cuando escribió El mito de la belleza: “Para una niña de siete años, subirse a la báscula y gritar horrorizada es un ritual de feminidad, inseparable de la promesa de gratificación sexual”. Aún no existían Instagram ni TikTok, y las madres tampoco organizaban beauty parties, ese perverso “juego” infantil que ensaya una feminidad adulta maquillada y estereotipada.

La llegada de los Reyes Magos delata que la hipersexualización de la infancia femenina es un fenómeno natural y extendido. ¿Por qué las leyes son incapaces de combatirlo? ¿Qué papel juegan los padres? ¿Qué consecuencias puede tener en la salud mental de nuestros hijos?
La avalancha de juguetes que inducen a las niñas a imitar posturas y códigos de belleza propios de la edad adulta constituye una forma de violencia contra la infancia, al vulnerar derechos consagrados en la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño (CDN) de 1989 y ratificados por la ONU.
Aunque algunos países han endurecido sus leyes, la regulación es compleja y se enfrenta a múltiples obstáculos, muchos de ellos en el terreno familiar: padres que fomentan en sus hijas juegos y actividades centradas en la apariencia física las excluyen de espacios destinados a la motricidad y la actividad física. La publicidad, la música, las marcas y la industria del juguete no hacen más que reflejar y amplificar las expectativas sociales. No se trata de comportamientos naturales, sino de conductas modeladas y condicionadas por los adultos.
Anuncios igualitarios
En España, el Código de Autorregulación de la Publicidad Infantil de Juguetes en materia de sexismo y estereotipia de género, ha propiciado un tratamiento más igualitario. Un 57,6% de los anuncios cuentan con presencia conjunta de niñas y niños. No obstante, según el último informe de la Asociación de Usuarios de la Comunicación, aunque es frecuente ver a una niña jugando al fútbol o disfrazada de superhéroe o científica, en los niños persiste “un tratamiento más rígido y estereotipado y una mayor resistencia a visualizar su presencia y protagonismo en los juguetes tradicionalmente de niñas.

En la publicidad de estética, moda o complementos, el 70% de los anuncios de 2024 estuvieron protagonizados exclusivamente por niñas. En los spots relativos al entorno doméstico o familias, el 75%, y en las muñecas, el 67%. Aunque a la Barbie torpe con las matemáticas le siguieron versiones científicas, el sexismo sigue presente con propuestas como spas infantiles o productos de belleza que le crean preocupaciones y miedos impropios de su edad. “Esto reduce su autoestima y las empuja a dedicar demasiado tiempo a su imagen, descuidando así otras actividades que les permiten desarrollarse creativa e intelectualmente”, explican las investigadoras estadounidenses Camille Cottais y Manon Louvet. A menudo los estereotipos aparecen de forma sutil. Por ejemplo, con el uso de diminutivos -blandito, bañerita, etc.- en la promoción de juguetes tradicionalmente pensados para niñas y el uso de superlativos -mega, colosal, súper…- cuando se dirigen a los niños.
El juguete permite explorar sin límites y facilitan que los niños alcancen su máximo potencial, independientemente de su género. en unas etapas claves del desarrollo, cuando están moldeando la identidad y la percepción del mundo. Esto desaparece si las niñas se encuentran rodeadas de productos destinados al cuidado, la belleza, la complacencia y la maternidad, mientras los niños desarrollan otro tipo de habilidades. Cuando un menor encaja en ese molde, recibe validación. De lo contrario, sensación de rareza o vergüenza, autocensura (“esto no es para mí”), baja autoestima e inseguridad.
Peor salud física y mental
Estos sesgos provocan niños que crecen con mayor dificultad para identificar y expresar emociones, ira mal canalizada y depresión, y niñas con tendencia a priorizar la aprobación externa y a inhibir la rabia o la ambición. La presión por encajar en los ciertos estándares aumenta, según un informe de la Asociación Americana de Psicología sobre la sexualización de las niñas, la tendencia a sufrir baja autoestima, depresión y trastornos alimentarios (TCA). Los autores observaron, además, disminución del funcionamiento cognitivo, deterioro de la capacidad de concentración, peor salud física y mental y expectativas poco realistas sobre la sexualidad. Sus conclusiones coinciden con las de otros estudios.

El juego es un entrenamiento mental. Cuando se segrega por género, se restringen competencias clave, como empatía, resolución de problemas, liderazgo, cuidado, cooperación y se refuerzan estilos cognitivos rígidos. Cualquier efecto a largo plazo no es por el juguete en sí, sino por la presión social, que marca el modo en el que el cerebro en desarrollo organiza la experiencia, la emoción y la identidad. Los juguetes estereotipados limitan qué circuitos se estimulan con más frecuencia según el género asignado.
Por otra parte, cuando un menor percibe que su forma de jugar es incorrecta, se activa la amígdala, aumenta la liberación de cortisol y se refuerzan patrones de hipervigilancia o evitación. El cerebro aprende que ser uno mismo puede ser peligroso consolidando una base neurobiológica para la ansiedad social.
Desde el nacimiento, los padres y también otras personas en el entorno tienen ideas preconcebidas muy diferentes sobre las características, intereses, roles futuros y comportamientos de niños y niñas. Por ejemplo, se ha descubierto que los padres asocian juguetes como autos, camiones de bomberos y herramientas más con los niños, mientras que asocian muñecas Barbie y cocinas de juguete más con las niñas. Los padres también esperan que los chicos sean más atléticos y estén más interesados en los deportes que las chicas.
Profecías autocumplidas
Un estudio liderado por Joyce J. Endendijk, profesora de la Universidad de Utrecht (Países Bajos) examinó las respuestas neuronales de las madres a imágenes de niños y niñas de dos a seis años que confirmaron o violaron las expectativas sociales con respecto a las preferencias de juguetes. Su conclusión fue que las creencias sociales sobre lo que corresponde a cada género influyen en cómo los adultos interpretan, refuerzan o sancionan la conducta infantil.

Estas respuestas generan la llamada profecía autocumplida: los niños acaban ajustando su comportamiento a lo que se espera de ellos, no porque sea natural, sino porque es socialmente recompensado. Con el tiempo, estos patrones se internalizan y se perciben erróneamente como diferencias innatas, cuando en realidad son el resultado de estructuras sociales, culturales y familiares. Se explica así la persistencia de los estereotipos de género en el ámbito educativo, laboral y social y su impacto en la salud mental.
La pregunta, entonces, no es qué quieren las niñas, sino qué les estamos enseñando a querer. No educamos en función de cómo son los niños; son los niños los que acaban siendo en función de lo que celebramos, toleramos o sancionamos. Cuando una infancia aprende demasiado pronto que gustar importa más que explorar, cuidar más que crear y encajar más que imaginar, no estamos observando una diferencia natural entre géneros, sino el resultado de un aprendizaje dirigido. Recuperar la infancia pasa por permitir que las niñas jueguen sin un guion adulto impuesto.


