Hay historias que empiezan con un “me apetece un reto” y acaban con un “esto no debería haber pasado jamás”. La de Turia Pitt encaja en las dos categorías.
Turia tenía 24 años y era ingeniera de minas. Además era una deportista de resistencia que participaba en pruebas que requerían una gran resistencia física y mental. Su última carrera fue un ultramaratón de 100 kilómetros en el remoto Kimberley, en Australia. Era el 2 de septiembre de 2011.
Los organizadores del evento tenían constancia, desde días antes de la carrera, de que había incendios forestales en la zona. Sin embargo decidieron continuar con la carrera. No consultaron a los servicios de emergencia ni establecieron protocolos de evacuación.

A mitad de la ruta Turia, Kate y otros cuatro corredores se adentraron en un desfiladero. En ese momento, el viento cambió y el incendio, empujado por ráfagas de más de 20 km/h, remontó la ladera con una velocidad que hacía imposible cualquier huida a pie.
Se encontraron atrapados frente a una muralla de fuego de varios metros de altura. El calor rebotaba en las paredes de roca, creando un horno de convección que les quemaba los pulmones antes de que las llamas tocaran la piel. “Éramos como hormigas en un plato caliente. Nos enviaron directos a un horno” recordaría el grupo.
El rescate fue el segundo acto de horror. Turia quedó con el 65% de su cuerpo quemado y Kate con el 60%. Durante horas, mientras la organización intentaba coordinar una respuesta para la que no estaba preparada, las víctimas esperaron bajo un sol abrasador sin apenas agua.
“Recuerdo el olor a carne quemada. Era mi propia piel. Solo pensaba en mi novio Michael, en que no podía dejarle solo” confesó Turia sobre aquellos momentos de espera en el desierto.

La piel se desprendía de sus brazos como papel quemado. Cuando finalmente fueron evacuadas, el cuerpo de Turia ya había entrado en una fase de guerra biológica: el choque hipovolémico. Sin piel que actuara como defensa, sus fluidos vitales se filtraban al exterior y su sangre se volvía espesa como el lodo, obligando a su corazón a latir al borde del colapso.
“Nunca he tenido un paciente con ese grado de quemaduras y que sobreviva. Nunca” llegó a decir uno de los médicos que le trataron.
En el hospital, la supervivencia se convirtió en una obra de ingeniería. Los cirujanos tuvieron que realizar escarotomías de emergencia: cortes profundos en la piel carbonizada para liberar la presión interna y evitar que la inflamación corte la circulación por completo. Ante la falta de piel sana los médicos recurrieron al “mallado”: estirar la propia piel sana mediante máquinas para cubrir superficies mayores. También utilizaron piel de donantes fallecidos.
Perdió siete dedos de las manos. Su rostro, su nariz y sus orejas fueron prácticamente borrados por las llamas. Pasó meses en coma inducido. Su cuerpo era un campo de batalla de infecciones y sepsis.

Turia sufrió 200 operaciones y el sufrimiento del desbridamiento diario: quitar la piel muerta. Se trata de una cura terriblemente dolorosa. Su novio, Michael, se convirtió en su centinela. Dejó su carrera policial para dedicarse a ella. Y mientras estaba en la UCI, compró un anillo de compromiso. “Me enamoré de su alma, de su carácter. Ella es la única mujer que llena mis ojos”.
Él fue quien la sostuvo cuando ella no reconocía al “monstruo” en el espejo y quien la ayudó a aceptar la realidad permanente: no solo el desfiguramiento y la pérdida de siete dedos. También la capacidad de sudar, lo que la obliga a vivir con protocolos de enfriamiento externo de por vida.
Pasó 864 días en el hospital.

La fundadora de la organización, Mary Gadams, se defendió diciendo que el incendio fue un “acto de Dios”. Pero el tribunal fue claro: el fuego fue un acto de la naturaleza, pero poner a los corredores en su camino fue un acto humano.
“No se puede recurrir a la fatalidad cuando se han ignorado las alertas de emergencia. Eso no es mala suerte, es una gestión suicida” concluyó uno de los peritos del caso.
El equipo legal de las víctimas demostró que ninguna “exención de responsabilidad” firmada por los corredores cubría esta negligencia. El caso impuso el “Efecto Turia” en el deporte extremo, obligando a usar rastreo GPS, comunicación por satélite y planes de emergencia certificados.
Hoy Turia Pitt no es una víctima. Es una empresaria, conferenciante y madre de dos hijos. Ha completado Ironmans y ha caminado por la Gran Muralla China. Sin embargo, las marcas en su piel son el recordatorio eterno de que la negligencia humana puede ser muy destructiva.
