El 25 de enero de 2006, una mujer salió precipitadamente de una casa del barrio de Moctezuma, en Ciudad de México. Dentro, acababa de aparecer muerta Ana María de los Reyes Alfaro, de 82 años. Un vecino avisó a la policía y varios agentes interceptaron a la sospechosa cuando trataba de alejarse. Se llamaba Juana Barraza Samperio, tenía 48 años y llevaba consigo objetos pertenecientes a la víctima.
Su detención puso fin a una búsqueda que había obsesionado durante años a las autoridades mexicanas. Decenas de mujeres mayores habían sido atacadas en sus casas y varias habían muerto estranguladas. La prensa había dado al responsable un nombre que acabaría inseparablemente unido al caso: la Mataviejitas.
La sorpresa que produjo la detención decía mucho sobre la investigación. Durante buena parte de ella, la policía había considerado que el asesino debía ser un hombre. Cuando algunos testigos hablaban de una mujer corpulenta, las autoridades llegaron a plantearse que podía tratarse de un hombre disfrazado de mujer o de una persona a la que entonces describían como «travesti». La posibilidad de que la autora fuera simplemente una mujer tardó demasiado tiempo en ocupar el centro de la búsqueda.
Barraza fue condenada en 2008 por 16 homicidios y 12 robos. La sentencia sumó 759 años de cárcel, una cifra nominal muy superior al tiempo máximo que podía cumplir efectivamente según la legislación aplicable. Su historia se transformó rápidamente en materia de libros, canciones, investigaciones criminológicas y documentales. También empezó entonces otra construcción: la del personaje que supuestamente explicaba cómo una mujer había podido cometer aquellos crímenes.
Juana Barraza nació en Hidalgo a finales de los años cincuenta y creció en condiciones de extrema precariedad. Según contó posteriormente, su madre, Justa Samperio, sufría alcoholismo y la entregó siendo niña a un hombre que abusó sexualmente de ella. Barraza relató que quedó embarazada como consecuencia de aquellos abusos.
Después de su detención, vinculó en varias ocasiones el resentimiento que sentía hacia las mujeres mayores con el recuerdo de su madre. «Yo odiaba a las señoras porque mi mamá me maltrataba, me pegaba, siempre me maldecía y me regaló con un señor grande», declaró.
El relato ha servido con frecuencia para explicar sus asesinatos como una prolongación directa de aquel trauma. La relación resulta, sin embargo, bastante más difícil de establecer de lo que permite una biografía criminal ordenada a posteriori. Haber sufrido violencia durante la infancia no determina que alguien termine ejerciéndola y el propio caso de Barraza reúne factores personales y sociales que no permiten reducir sus actos a una única causa.
Lo que sí sabemos es que elegía principalmente a mujeres mayores que vivían solas y conseguía entrar en sus casas aprovechándose de su vulnerabilidad.

Barraza recorría mercados, parques y calles en busca de posibles víctimas. En ocasiones se presentaba como trabajadora social, enfermera o representante de programas públicos destinados a personas mayores. Cuando fue detenida, la investigación encontró referencias relacionadas con Sí Vale, uno de los programas sociales de la Ciudad de México, aunque aquel no fue su único método para acceder a los domicilios.
Una vez dentro, aprovechaba un momento de distracción para atacar. Muchas víctimas fueron estranguladas con objetos encontrados en sus propias viviendas: cables, medias, cintas e incluso un estetoscopio. Después robaba dinero, joyas u otros objetos.
Su fuerza física llamó desde muy pronto la atención de los investigadores y terminó convirtiéndose en uno de los elementos centrales de su imagen pública. También contribuyó a alimentar una asociación que, con los años, se demostraría bastante menos clara de lo que parecía: la de Barraza con la lucha libre mexicana.
Durante mucho tiempo se contó que había sido luchadora profesional bajo el nombre de La Dama del Silencio, una ruda que entraba al cuadrilátero vestida de rosa y con una mariposa sobre el traje. Ella misma contribuyó a mantener esa versión y existen fotografías en las que aparece caracterizada como el personaje.
Investigaciones posteriores, entre ellas la realizada para el documental La dama del silencio, pusieron en duda que aquella carrera profesional hubiera existido realmente. Mujeres vinculadas al ambiente de la lucha libre aseguraron que Barraza frecuentaba ese mundo y había trabajado como promotora, pero que no había desarrollado una trayectoria como luchadora profesional. La Dama del Silencio acabó siendo así parte del mito que se construyó alrededor de la asesina después de su captura.
La diferencia no es menor. Durante años, la fuerza física de Barraza y la supuesta vida sobre el ring ofrecieron una explicación tranquilizadora para una pregunta que había desconcertado a investigadores y medios: cómo podía una mujer haber cometido aquellos crímenes.
Los testimonios habían descrito en distintas ocasiones a una mujer de complexión fuerte. Sin embargo, los perfiles construidos durante la investigación insistieron durante demasiado tiempo en buscar a un hombre que pudiera presentarse como mujer para ganarse la confianza de sus víctimas.
Las autoridades estudiaron incluso el caso del francés Thierry Paulin, conocido como el Monstruo de Montmartre, que durante los años ochenta había asesinado a mujeres mayores en París. La comparación reforzó la hipótesis masculina y llevó las pesquisas hacia hombres homosexuales, personas trans y trabajadoras sexuales.
Las redadas realizadas sobre estos colectivos no resolvieron los asesinatos. Sí mostraron hasta qué punto una determinada idea sobre quién podía ser un asesino en serie estaba condicionando la búsqueda.
La investigación dejó además víctimas que nunca habían formado parte de los crímenes de Barraza.
En 2004, Araceli Vázquez García fue detenida por robos cometidos contra personas mayores. Las autoridades intentaron relacionarla también con los homicidios atribuidos a la Mataviejitas. Durante su presentación ante los medios le colocaron una peluca y una bata de enfermera para aproximar su aspecto a los retratos hablados de la sospechosa.
Varios testigos no la reconocieron y las pruebas que la vinculaban con los asesinatos eran extremadamente débiles. Aun así, Vázquez permaneció durante años encarcelada mientras reclamaba que se revisara su caso. La detención posterior de Barraza no borró automáticamente las consecuencias de una investigación que había necesitado mostrar resultados mucho antes de saber quién estaba matando a aquellas mujeres.
Tras su captura, Barraza se convirtió también en objeto de estudio para la neuropsicóloga mexicana Feggy Ostrosky, que llevaba años investigando los mecanismos cerebrales relacionados con la violencia y la psicopatía.
Ostrosky sometió a Barraza a distintas evaluaciones neuropsicológicas y registros de actividad cerebral para estudiar cómo respondía ante estímulos emocionales. Su investigación encontró patrones compatibles con rasgos psicopáticos y una respuesta emocional atípica ante determinadas imágenes.
Los resultados recibieron una gran atención mediática y contribuyeron a otra parte de la fascinación alrededor del caso: la posibilidad de observar científicamente la mente de una asesina.
Ostrosky insistió, sin embargo, en que la violencia no podía explicarse mediante un único rasgo cerebral. En Barraza coincidían una historia de abusos, pobreza, escasa escolarización, violencia familiar y determinadas características psicológicas. Ninguno de estos elementos servía por sí solo para explicar sus decisiones.
Barraza, además, comprendía lo que hacía y las consecuencias de sus actos. Nunca fue considerada incapaz de responder penalmente por ellos.
En marzo de 2008 fue declarada culpable de 16 asesinatos y 12 robos y recibió una condena que, sumada, alcanzaba los 759 años de prisión. La cifra tuvo un enorme impacto mediático, aunque la legislación mexicana establecía un límite muy inferior para el cumplimiento efectivo de la pena.
Desde entonces permanece recluida en el penal de Santa Martha Acatitla, en Ciudad de México.
La vida de Barraza en prisión también ha alimentado durante años la atención sobre su figura. Ha impartido actividades físicas y llegó a preparar tacos de guisado para venderlos dentro del centro penitenciario. En 2015 contrajo matrimonio con otro preso; la relación terminó al año siguiente.
En mayo de 2026 volvió brevemente a las noticias después de ser hospitalizada por una insuficiencia renal. Tras recibir atención médica regresó al centro penitenciario, donde continúa cumpliendo condena a los 68 años.
Mientras tanto, su historia ha seguido creciendo fuera de la cárcel. La cantante Amandititita le dedicó una canción; su caso ha aparecido en libros y programas de televisión, y en 2023 Netflix estrenó el documental La dama del silencio: El caso Mataviejitas, dirigido por María José Cuevas.
La fascinación por Barraza ha producido una paradoja habitual en las historias de asesinos en serie. Cuanto más reconocible se vuelve el criminal, más difícil resulta recordar a quienes murieron.
Las víctimas eran principalmente mujeres mayores que vivían solas. Su edad, su aislamiento y la confianza que depositaban en alguien que aparentaba ofrecerles asistencia hicieron posible que Barraza accediera a sus casas. Durante años, sus asesinatos fueron tratados también como una anomalía criminológica que debía resolverse encontrando al tipo de hombre que las autoridades esperaban tener delante.
Cuando finalmente apareció Juana Barraza, muchos elementos de su biografía comenzaron a reorganizarse para hacerla inteligible: su cuerpo musculoso, su madre, la lucha libre, su carácter, la Santa Muerte. La figura de la Dama del Silencio terminó creciendo hasta mezclarse con la persona real.
Veinte años después de su detención, el caso conserva dos historias paralelas. Una es la de una mujer que asesinó a otras mujeres aprovechándose de su edad y de su soledad. La otra es la de una investigación que acumuló retratos hablados, perfiles psicológicos y sospechosos sin aceptar durante demasiado tiempo una posibilidad que algunos testimonios tenían delante: una mujer podía estar asesinando a otras mujeres.
Cuando Barraza fue detenida, la misma fuerza física que había contribuido a desviar la búsqueda se utilizó para explicar retrospectivamente sus crímenes. Hasta su supuesto pasado como luchadora terminó agrandándose hasta adquirir categoría de biografía.
La Mataviejitas acabó siendo un personaje reconocible. Las mujeres a cuyas puertas llamó tuvieron mucha menos oportunidad de serlo.

