May Serrano, actriz, escritora y activista, se sabe imperfecta. Y no lo dice con falsa modestia ni con ese tono de “ay, soy un desastre” que en realidad espera un “no, mujer, si tú puedes con todo”. Lo dice porque hace mucho que entendió que la perfección es una trampa que nos colocan con un bonito envoltorio. De hecho, si alguna vez rozara la perfección, se añadiría a sí misma un fallo deliberado, como hacían los antiguos pintores chinos. “Por higiene mental. Por rebeldía estética. Por coherencia vital”, dice. Hace años, cuando vivía en Bilbao, fundó su propio Club de Mujeres Imperfectas, un espacio subversivo donde dejar de fingir excelencia permanente. Se apuntaron muchas. “Cada una con su caos y su agotamiento a cuestas”.
Antes de entrar, había que sacudirse en la alfombra los “debería” crónicos: debería sonreír más, debería llegar a todo, debería estar impecable, calmada, productiva y, a ser posible, con el vientre plano. Es decir, todo aquello nos impulsa a ser una mezcla entre superheroína emocional y robot aspiradora de última generación. Una Barbie ejecutiva, madre, esposa y musa inspiradora sin ojeras. “La idea fue liberadora. Sin juicios, sin comparaciones, sin competencias. Exigencia cero”, explica May.
Hasta el bacalao dejó de importar
Durante la Aste Nagusia (Semana Grande), mientras media ciudad debatía con fervor casi religioso cómo debía cocinarse el bacalao, ellas declararon solemnemente “el bacalao nos importa un pepino”. Porque la mujer imperfecta cocina… o no. Pide comida a domicilio, arregla la salsa o se dedica a arreglarse a sí misma. Tiene derecho a decir “hoy no puedo” sin que el planeta se resquebraje. El mundo no hace crack. May lo ha comprobado. “Reivindicar la imperfección no es rendirse. Es quitarse de encima el examen final perpetuo. Tú encaja, tú calla, tú espera”. Es desactivar ese tribunal invisible que evalúa si eres suficientemente buena en todos los frentes, todos los días.
Su primera acción callejera fue gloriosa: sesiones gratuitas de despeinado y desmaquillaje. Con el grito de guerra “recién levantada y orgullosa”, ofrecían liberación exprés del rímel, las planchas y la tiranía de permanecer impecable. Mientras el mundo se pintaba para ser aceptable, ellas celebraban la desorganización con una especie de gracia punk. Puede parecer anecdótico, pero desmaquillarse en público es un gesto poderoso cuando la norma es esconder cualquier rastro de cansancio o edad.
Casarse con una misma
Han dado otro paso que escandaliza a más de uno: casarse consigo mismas. Sin príncipes y sin medias naranjas (esas las repartieron alegremente por la calle). Hubo arroz, fotos y el firme compromiso de respetarse, no cargar mochilas ajenas y no intentar agradar a todo el mundo. Algunos las llamaron locas. Otros, demasiado políticas. “Es el precio de reclamar la imperfección. Quererse a una misma siempre parece un acto subversivo”, advierte.
Y es que la mujer imperfecta se ha cansado de ser multitarea sin agotarse, de creer que pedir ayuda es debilidad, de pensar que la belleza es requisito para tener valor o que si no llega a todo ha fracasado. “Aspirar a la perfección significa poder con todo sin quejarse, tener éxito profesional, cuerpo normativo, estabilidad emocional constante y hacerlo además con sonrisa impecable. Es decir, una expectativa inhumana”.
Es consciente de que las redes sociales echan gasolina al fuego. “Compararse con imágenes filtradas y vidas editadas genera una sensación permanente de insuficiencia. El club nació en un momento de cansancio de ser la profesional impecable, la amiga disponible, la mujer siempre fuerte”. Un día se dio cuenta de que estaba agotada y de que no era la única. También observó que, cuando escuchas “a mí también me pasa”, algo se sana.

May organizado performances y talleres en los que las mujeres firman la paz con su propio cuerpo y destruyen el lenguaje bélico. “Combate la celulitis”, “guerra a las estrías”, “lucha contra los kilos”… Como si el cuerpo fuese un campo de batalla. “La imperfección no es lo que nos sobra. Es lo que nos hace humanas. Y cuando se comparte, deja de ser vergüenza para convertirse en trinchera común”. El cuerpo femenino ha sido históricamente territorio ocupado por expectativas, juicios y mandatos contradictorios. “Arrastramos estigmas sobre maternidad, sobre cuándo concebir, sobre si decides no tener hijos (egoísta) o si trabajas teniéndolos (culpable). Siempre hay un veredicto preparado”.
Climaterio, el capítulo censurado
Y así llega al climaterio, el gran tabú. Ese proceso que prepara al cuerpo para el fin de la menstruación y que puede durar hasta diez años. Diez años de reajustes hormonales, pero también de reordenación interna. En su libro Climaterio, todo lo que sabes sobre la menopausia es mentira, May desmonta la idea apocalíptica de los sofocos, el insomnio, la sequedad vaginal, el aumento de peso, la pérdida de memoria o el fracaso ovárico. Y la guinda final de que si no eres fértil, eres inútil. Ahí es donde May levanta la ceja y responde: “Chicas, respirad”.
Critica con sorna que la literatura médica se obsesione con lo que “perdemos” en lugar de con lo que ganamos. Más claridad mental. Más seguridad personal. Más capacidad de decir “no”. Más ganas de vivir sin pedir permiso. “La menopausia no resta, nos eleva”. Recuerda, además, que las orcas menopáusicas lideran la manada. Mientras tanto, los humanos seguimos difundiendo la versión de terror. Tu cuerpo se descompone y tu valor desaparece.
Desmontar el mito de que dejar de ser fértil equivale a ser inútil es, en el fondo, coherente con todo su manifiesto. Si durante años nos han hecho creer que nuestro valor radica en gustar, cuidar, producir y reproducir sin quejarnos, el climaterio se convierte en una amenaza simbólica. Se acaba la fertilidad y, según el relato dominante, se acaba la utilidad. Pero ¿útiles para quién?
“Cuando dejas de querer gustar a todo el mundo, empiezas a gustarte a ti”, dice May. El climaterio no es el final de nada esencial. Es el cierre de una función biológica concreta. Nada más. No borra la inteligencia, ni el deseo, ni la creatividad, ni el liderazgo, ni la capacidad de amar y disfrutar. “De hecho, muchas mujeres describen esta etapa como una liberación. Menos presión reproductiva, menos necesidad de aprobación y más conexión con otras mujeres que también han dejado de competir por moldes imposibles”. La verdadera revolución no es parecer más joven. Es aceptar que no tenemos que encajar en moldes absurdos. Curvas, arrugas, cambios hormonales, límites emocionales… no son defectos, sino historia.
May nos deja, además de buen humor, la certeza de que no necesitamos ser la versión “mejorada” de nosotras mismas. Simplemente, la versión real. Imperfecta, despeinada, con climaterio si toca y libre.
