La profesora que enseña a mirar el mundo: una mañana con Ana Fernández, finalista al mejor docente del planeta

Para Ana, enseñar nunca ha sido un proceso unidireccional. “Ellos me enseñan todos los días empatía y un sentido de la justicia social maravilloso”

La profesora Ana Fernández.
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Hay docentes que, simplemente, explican un temario. Y hay otros, como Ana Fernández, que consiguen que toda una clase quiera seguir escuchando, incluso, cuando ya ha sonado el timbre.

Profesora de dibujo y jefa de estudios en un instituto público de Villaverde, en Madrid, acaba de convertirse en finalista del Global Teacher Prize, considerado el “Nobel” de la educación. “Fue como vivir una fantasía”, recuerda. “Cuando me enteré lloré muchísimo”, confiesa.

Fueron sus propias alumnas del IES Julio Verne quienes la animaron a presentar la candidatura. Lo tenían claro. Para ellas, Ana -su profesora- era la número uno.

El barrio donde empezó todo

La historia de Ana Fernández empieza en el mismo lugar donde hoy da clase, en Villaverde. Allí creció, allí estudió en la escuela pública y allí empezó a fijarse en una realidad que ha acabado marcando su forma de entender la educación. “Tuve una infancia tremendamente feliz en Villaverde”, recuerda. Pero también vio cómo algunos compañeros abandonaban los estudios muy pronto para ponerse a trabajar.

La profesora Ana Fernández.
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“Había alumnos que desaparecían de las clases muy rápido”, cuenta. Aquella experiencia se convirtió con el tiempo en una convicción. “La escuela tiene que encontrar maneras de mantener a los jóvenes dentro del sistema educativo el mayor tiempo posible. Para mí es fundamental que los alumnos estén en el centro aprendiendo. Es la única forma de garantizar la igualdad de oportunidades en el futuro”.

El día que descubrió que quería ser profesora

Ana nunca pensó que acabaría siendo docente. Estudió Bellas Artes y durante un tiempo se dedicó al mundo del arte, una faceta que aún hoy mantiene viva con exposiciones en distintos lugares. La enseñanza llegó casi por casualidad.

Un día tuvo que sustituir a una profesora enferma en un instituto y se encontró frente a una clase de primero de Bachillerato. La asignatura era Comunicación Audiovisual. Decidió hablarles de fotografía. Les explicó cuestiones técnicas -como el diafragma o el obturador-, pero también les habló de fotógrafos contemporáneos, de decisiones estéticas y de cómo una imagen puede contar una historia. Lo que ocurrió después la sorprendió.“Estaban ávidos de conocimiento”, recuerda. “Me preguntaban muchísimo por artistas, por fotografías, por referencias. Aquello fue absolutamente delicioso”. De esa clase nació otra vocación.“Pensé: no vas a estar mejor en ningún otro sitio”.

Enseñar arte para entender el mundo

Desde entonces, Ana defiende desde su aula que el arte es una herramienta para comprender la realidad.

La profesora Ana Fernández.
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En sus clases intenta que los estudiantes descubran que la cultura visual forma parte de su vida cotidiana. Pero también reconoce que el arte sigue ocupando un lugar frágil dentro del sistema educativo.

“Un alumno puede decidir con 14 años no volver a estudiar nada de arte porque el sistema se lo permite”, explica. “En un país con un patrimonio cultural tan impresionante, eso me da mucha vergüenza”. Por eso, más que limitarse a transmitir conocimientos, intenta despertar la curiosidad. Quiere que sus alumnos aprendan, sobre todo, a mirar.

Derribar muros dentro del instituto

Uno de los proyectos que más ha transformado el centro surgió casi por casualidad. Un día decidió dar una clase conjunta con una profesora de Historia para abordar un mismo tema desde dos asignaturas distintas. La experiencia funcionó tan bien que pronto quisieron ir más allá.

“Cuando vimos los resultados extraordinarios que estaba teniendo, decidimos poner en marcha esta forma de enseñar de manera estable”, explica.

El proyecto implicaba mucho más que coordinación entre docentes. Supuso romper barreras entre asignaturas, departamentos y formas tradicionales de enseñar. “Se rompían muros: programaciones, límites entre materias…”, recuerda.

Lo que los alumnos enseñan a los profesores

Para Ana, enseñar nunca ha sido un proceso unidireccional. Afirma que los profesores aprenden tanto de los alumnos como ellos de los docentes. “Ellos me enseñan todos los días empatía y un sentido de la justicia social maravilloso”, explica.

La profesora Ana Fernández.
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También le enseñan algo muy importante: a recolocarse. “Alguna vez he llegado enfadada a clase y ellos me dicen: ‘Profe, hoy vienes enfadada, pero nosotros no tenemos la culpa’”. Y tienen razón. Son esos pequeños momentos, dice, los que construyen la relación en el aula. “El respeto se gana tratándoles con respeto. Con gestos tan simples como decir ‘buenos días’ al entrar o ‘que tengáis un buen día’ al marcharse”.

Si hay un episodio que recuerda con dolor en su carrera, es la pandemia. Durante aquellos meses descubrió la enorme vulnerabilidad de muchas familias. “Había alumnos viviendo en pisos compartidos, en habitaciones, sin dispositivos para seguir las clases”, explica. Algunos dejaron de conectarse; otros, de volver. “Hay alumnos de los que nunca más supe nada”. Para ella fue un golpe duro. Porque la escuela, dice, no es solo un lugar donde se aprenden asignaturas, es también un espacio de socialización, convivencia y protección. “La escuela es fundamental para el desarrollo de los alumnos”.

La profesora Ana Fernández.
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Ana habla de su profesión con responsabilidad, pasión y compromiso. “Es un orgullo como docente de la escuela pública, como mujer y como española que hayan reconocido nuestro trabajo”, afirma. Especialmente porque es la primera vez que un profesor español alcanza ese nivel en el premio. Pero lo que más la emociona no son los titulares. Son los mensajes que recibe. Exalumnos que vuelven a escribirle años después, algunos de los cuales ahora llevan a sus propios hijos al instituto.

Cuando se le pregunta cómo le gustaría ser recordada dentro de unos años, su respuesta es sencilla. Le gustaría que dijeran que aprendieron con ella, que descubrieron el arte y que encontraron una forma distinta de mirar el mundo. Y, sobre todo, que si alguna vez pensaron en abandonar, alguien los convenció de que valía la pena seguir.

El timbre vuelve a sonar en el instituto. Los alumnos salen al pasillo. Ana recoge sus apuntes y prepara la siguiente clase. Porque, para ella, la educación sigue siendo una conversación que no debería terminar nunca.

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