La madrugada del 11 de diciembre, en un piso de la calle Bravo Murillo de Madrid, una mujer intentó huir de su propia casa. Bajó al rellano descalza, pidiendo auxilio, dejando atrás una discusión que se había vuelto irreconocible. No llegó muy lejos. Su hijo, de 23 años, la alcanzó y la devolvió al interior. En el recibidor, entre la puerta y el pasillo, el hogar dejó de ser refugio. Sesenta puñaladas después, la violencia doméstica alcanzó su forma más extrema.
El joven repetía una frase cuando la Policía lo detuvo: “Yo no quería hacerlo”. El padrastro hablaría después de una discapacidad intelectual del 30% y de tratamiento médico. El vecindario, que apenas conocía a la familia desde hacía mes y medio, amaneció con la certeza incómoda de que el horror no siempre da señales claras. A veces ocurre en silencio. A veces, demasiado cerca.
Este crimen ha sacudido a Madrid, pero no es un hecho aislado. Apenas cinco días antes, otro joven había matado a su padre en Canillejas. Dos parricidios en menos de dos semanas. Dos historias distintas con un mismo denominador común: La violencia ejercida desde los hijos hacia sus propios progenitores.

“Antes eran cuestiones aisladas; ahora lo vemos semanalmente”
Lo que durante años fue una excepción hoy empieza a describirse como una tendencia preocupante. La violencia filioparental, agresiones de hijos a padres, especialmente a madres, ya no aparece de forma esporádica en juzgados y comisarías. “Antes eran cuestiones aisladas; ahora lo vemos semanalmente”, advertía la jueza de menores Pilar Serrano durante las V Jornadas contra el Maltrato, Tolerancia Cero, celebradas en Madrid.
Desde la Guardia Civil, la alerta es similar. Daniel Moreno, teniente responsable del Equipo Mujer-Menor (EMUME) Central, reconoce que esta violencia sigue siendo “invisibilizada”, en parte porque cuesta asumir que el agresor sea un hijo. “Son las madres quienes más la sufren y, en muchos casos, el vínculo familiar retrasa la denuncia”, explicaba. Se busca una solución doméstica, se minimiza el riesgo, se normaliza lo que nunca debería ser normal.
Doce agresiones de hijos a sus progenitores al día en 2023
En términos cuantitativos, los datos oficiales confirman que la violencia filioparental no es un fenómeno aislado. Según el informe Violencia filio-parental en España de la Fundación Amigó, en 2023 se abrieron 4.416 expedientes por agresiones de hijos a sus progenitores, doce al día. La cifra supone un ligero aumento respecto a 2022, cuando se registraron 4.332 casos, y consolida una tendencia estable por encima de los 4.000 procedimientos anuales en los últimos años.
Hay tres comunidades que destacan sobre el resto en cuanto a denuncias: Andalucía, Madrid y la Comunidad Valenciana son las que concentran el mayor número de denuncias, aunque los expertos advierten de que solo se denuncia una parte del problema. Se estima que entre un 10% y un 15% de los episodios reales llegan a conocimiento judicial, lo que apunta a una violencia mucho más extendida de lo que reflejan las estadísticas oficiales.
La violencia no aparece de golpe. No comienza con un arma blanca. Suele hacerlo con insultos, amenazas, empujones, puertas rotas. Con un adolescente que no tolera un límite, con una madre que cede por miedo o agotamiento, con una convivencia marcada por la tensión constante. Los expertos señalan múltiples factores: La falta de límites en la infancia, el consumo de alcohol o cannabis, u otro tipo de adicciones sin sustancia, especialmente a las pantallas, y problemas de salud mental no tratados adecuadamente o incluso completamente desconocidos en el seno familiar.

Dar herramientas antes de que el conflicto se transforme en violencia
El psiquiatra infantojuvenil Celso Arango, del Hospital Universitario La Paz, insiste en que el problema no se resuelve solo con medidas punitivas. “La educación emocional es clave”, recuerda. Enseñar a gestionar la frustración, el rechazo o la rabia. Dar herramientas antes de que el conflicto se transforme en violencia. Porque cuando no existen esas herramientas, el estallido puede ser imprevisible y devastador.
A este escenario se suma otro fenómeno inquietante: La normalización de conductas tóxicas en las relaciones personales de los más jóvenes. La decana del Colegio Oficial de Psicología de Madrid, Timanfaya Hernández, alerta de que el control, los celos y la dominación se aceptan cada vez más como muestras de afecto. Un modelo de relación que se aprende, se interioriza y se reproduce dentro y fuera del hogar.
Con el último caso en la calle Bravo Murillo de Madrid, no hay respuestas fáciles. Solo una puerta que permanece precintada, un rellano que ya no es el mismo y una pregunta incómoda que flota en el ambiente: ¿Cuántos episodios de violencia cotidiana se quedan sin ver hasta que el desenlace es irreversible? Una pregunta que no sólo se hacen los vecinos de ese edificio, si no muchos padres que se preguntan si con alguno de sus hijos podría llegar a ocurrir lo mismo.
Hablar de estos casos no es alimentar el morbo. Es reconocer una realidad que crece en silencio. Es mirar de frente una violencia que no siempre encaja en los esquemas clásicos y que, precisamente por eso, cuesta más denunciar y prevenir.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.


