Por razones de seguridad, los nombres que aparecen en este reportaje son ficticios. Las historias son reales. Las palabras, también. La violencia de género no ocurre en un vacío. Cuando el agresor es un agente de la autoridad, Policía o Guardia Civil, el miedo se multiplica y la denuncia se convierte en un laberinto aún más hostil. El uniforme, la placa y el arma no solo operan en el espacio público, también entran en casa y condicionan cada decisión de la víctima.
Isabel recuerda el inicio como una sucesión de pequeñas renuncias que no parecían importantes. “Nos vinimos a vivir aquí porque él aprobó de policía”, cuenta. Estaba lejos de su familia, sola con dos hijos pequeños. “Decía que los niños formaban parte de la casa, así que no me ayudaba en nada”. Cuando surgía algún trabajo, la respuesta era siempre la misma: “Me convencía para que no lo cogiera, decía que él ganaba en un fin de semana lo que yo iba a cobrar en un mes”.

La dependencia se fue cerrando como una puerta. “Cuando saqué el carné de conducir, empezó a decirme que el coche era solo para llevar a los niños al colegio y para comprar, nada más”. No cafés, no amigas, no escapatorias. “Nunca fue muy cariñoso, pero se volvió más arisco. Solo trabajaba, dormía y se sentaba en el sofá”.
Isabel empezó a enfermar. “Me daban ataques de ansiedad”. El día que lo enfrentó, todo cambió. “Le dije que me ignoraba, que qué estaba pasando, y fue cuando empezó a insultarme”. Se lo contó a un compañero suyo, pero no obtuvo la respuesta que esperaba; “No me creyó. Me miró como si yo estuviera mintiendo sobre su amigo”.
Una noche acabó en urgencias. “Me pusieron puntos”. Pero no dijo la verdad. “Dije que había sido un accidente”. Días después, de noche, fue a denunciar. “El policía de la puerta me dijo que me fuera a casa, que a esa hora no había nadie especializado en violencia de género”. No volvió. “Pensé en los niños, en las consecuencias, en que lo echarían del trabajo”.
Hay una imagen que no se le borra. “Recuerdo cuando se vestía de policía y se miraba muchas veces en el espejo antes de irse”. Lo resume sin rodeos: “Se sentía superior y estaba seguro de que yo nunca lo denunciaría”. Hoy lo dice claro: “Todo esto me ha hecho ver a la policía con desconfianza”.
“Pensé que me había tocado la lotería”
Clara habla de un principio que parecía una película romántica. “Venía de una relación muy larga y estaba vulnerable”. Entonces llegó él. “Flores al trabajo, regalos, aparecer sin avisar, esperarme horas en la puerta, hacerme la cena”. Lo llamó amor. “Pensé que me había tocado la lotería”.

El control llegó después. “Me dijo que íbamos a tener un niño”. Ella nunca quiso ser madre. “Lo más claro que tenía en mi vida era que no quería hijos”. Aun así, cedió. “Una vez que nació el niño, me pidió que dejara de trabajar”. La frase todavía le duele: “Tú ganas un mierda comparado conmigo”.
La violencia se volvió cotidiana. “Los insultos eran diarios”. Luego llegaron los golpes indirectos. “Me tiraba objetos a la cara, me escupía”. El miedo se metió en la cama. “Accedía a acostarme con él por miedo. Me sentía sucia”.
Durante el embarazo, la soledad fue absoluta. “Me pasé todo el verano sola dentro del piso”. Él bebía. “Venía del trabajo y se iba al bar”. A los seis meses y medio, todo estalló. “Me dio un puñetazo en la cara, caí al suelo y el siguiente golpe atravesó la puerta del armario del niño”. Esa noche rompió aguas. “Me quedé ingresada 16 días y mi hijo nació prematuro”.
Clara convivió con un arma. “Tenía la pistola cargada en el armario”. Al lado, una lata. “Ahí me dejaba monedas, cinco euros, veinte como mucho”. Nunca tuvo dinero propio. “Nunca me sentí dueña de nada”.
Denunció cuando un policía le mostró un termómetro de la violencia. “Me dijo que estaba al 90%, a diez del asesinato”. Lloró, y pensó que allí le iban a salvar. No fue así. “La violencia no termina cuando te separas”. Continúa a través del hijo. “Me lo incomunica, conduce borracho con él, no le da de comer”. La frase se repite como un eco: “Mamá, corre, vamos a casa”.

Desconfianza hacia los sistemas de protección
Elena no supo que estaba siendo víctima hasta que él actuó primero. “Me denunció, me metió en el calabozo y se llevó al niño”. Policía local. Pueblo pequeño. “La violencia empezó desde el minuto uno, incluso en la forma de conquistarme”.
El control era invisible. “Me aisló de mi familia, de mis amistades”. La amenaza era constante. “Me decía que era policía, que a mí no me iba a creer nadie”. Durante años dudó de sí misma. “Distorsionaba todo lo que vivíamos y me hacía dudar de mi propia realidad”.
Buscó ayuda con su bebé en brazos. “Fui a la Guardia Civil llorando”. No supo qué decir. “Solo quería protección”. La respuesta fue otra pregunta: “¿Qué vas a denunciar?”. El pueblo tomó partido. “La gente lo defendía y a mí me señalaban”.
Elena habla de impunidad. “Se cree el puto amo con la placa”. Habla de favores, de consultas de matrículas, de usar el uniforme como amenaza. “Eso me daba miedo”. Hoy no confía en nada. “No confío en la policía ni en la justicia. Les tengo miedo”.
Las tres historias no son excepciones. Dibujan un patrón. Cuando el agresor es una autoridad, denunciar no es solo romper una relación violenta, es enfrentarse a un sistema que muchas veces duda, minimiza o protege al suyo. El uniforme pesa. Dentro de casa y fuera. Ellas sólo piden que se las crea.
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