Cuando Montse supo del caso de Salma, no fue una idea concreta lo que la sacudió, sino una mezcla difícil de ordenar. El encierro, la duración, el control absoluto, la violencia cotidiana. Los gestos. El miedo sostenido en el tiempo. Esa forma de desaparecer sin dejar rastro incluso estando a la vista de los demás. Ahí reconoció su propia historia.
Montse conoció a su agresor siendo muy joven, con apenas veinticuatro años, en un momento de extrema vulnerabilidad. Venía de una infancia dura, de una relación familiar marcada por la violencia, sin haber tenido apenas espacios de libertad ni juventud. Él era mucho mayor. Seguro, convincente. Le prometió trabajo, estabilidad, una salida. Le ofreció una nueva vida. Y Montse confió. Se marchó con él y con su hijo pequeño.
Al principio, nada parecía una jaula.
La violencia no llegó de golpe. Llegó diluida, normalizada, envuelta en palabras que la justificaban. Primero el control. Después el aislamiento. Más tarde las palizas, las amenazas, la vigilancia constante. Todo sostenido por un discurso que lo explicaba todo y lo volvía cotidiano: es por tu bien, así funcionan las cosas, sin mí no eres nada. Con el paso del tiempo, la violencia se volvió extrema.

Montse sufrió agresiones físicas continuadas, algunas de una gravedad difícil de nombrar. En una de ellas, su agresor le amputó parte de un brazo con una radial. Otras veces la dejó gravemente herida, con secuelas permanentes. Aun así, esas agresiones eran minimizadas, justificadas, diluidas en la rutina del terror.
También sufrió agresiones sexuales reiteradas, salvajes, ejercidas como una forma más de dominación y castigo. No eran episodios aislados, sino parte de un sistema de control que anulaba su voluntad y su identidad. Años después, al reconstruir su historia junto a sus hijos, Montse ha llegado a comprender que durante largos periodos pudo haber sido drogada, lo que explicaría los vacíos de memoria y los problemas de salud que arrastra hoy.
Durante mucho tiempo no fue consciente de estar secuestrada
Durante años, Montse no pudo ir sola al médico. No pudo manejar dinero. No pudo decidir sobre su propio cuerpo ni sobre el de sus hijos. No podía mirar a los hombres a los ojos. No podía sentarse donde quisiera. No podía hablar libremente. Vivía bajo un régimen disciplinario, casi militar, que regulaba la comida, los horarios, los movimientos, la mirada y el silencio.
Eso también es secuestro. Pero durante mucho tiempo no fue consciente de estar secuestrada. No se sentía prisionera. Se sentía culpable. Dependiente. Convencida de que lo que vivía era normal o merecido. De que fuera de allí no había nada. La manipulación era tan profunda que el horror se había convertido en rutina, y la violencia, en paisaje.
El despertar no llegó por ella. Llegó cuando la violencia empezó a alcanzar a sus hijos. Ahí algo se rompió. Entendió que ya no se trataba solo de sobrevivir ella, sino de protegerlos a ellos. Pero despertar no significó poder huir de inmediato. Tardó cerca de un año en hacerlo. Un año preparando la salida en silencio, vigilada, aprendiendo estrategias para no ser detectada, sabiendo que cualquier error podía costarles la vida.
Cuando finalmente logró salir y acudir a la Guardia Civil, no pudo hablar. El miedo la paralizaba. Fueron sus hijos, aún pequeños, quienes lograron contar lo que estaba pasando. A partir de ahí comenzó un proceso judicial largo, complejo y lleno de obstáculos.
Salir no fue el final de la violencia.
Después llegó otra fase, menos visible pero igual de dura: la reconstrucción. Montse tuvo que reaprender lo más básico. Ir sola a la compra. Acudir al médico sin acompañamiento. Hablar con desconocidos. Sentarse en una mesa sin vigilar la puerta. Recordar. Porque gran parte de su memoria estaba fragmentada, anulada por años de terror, control y sometimiento.

A día de hoy, convive con secuelas físicas graves y con un daño psicológico profundo. También con amenazas indirectas, con procesos judiciales que se alargan en el tiempo, con la sensación persistente de vigilancia. La violencia no siempre termina cuando se sale.
Por eso, cuando escucha preguntas como “¿por qué no se fue antes?”, Montse sabe que están mal planteadas. No es que las mujeres no se vayan. Es que no siempre saben que están atrapadas. No siempre pueden nombrar lo que viven. No siempre ven una salida.
Alguien que sepa que sigues viva
El caso de Salma, para Montse, no es una excepción. Es un espejo doloroso de una violencia que muchas mujeres viven sin cámaras, sin titulares y sin que nadie las busque.
A las mujeres que hoy están en situaciones similares, Montse no les da órdenes ni recetas. Solo deja un mensaje: no hace falta entenderlo todo para empezar a salir. No hace falta poder explicarlo todo. Basta con no quedarse sola. Con que alguien sepa que existes. Con que alguien sepa que sigues viva.
Salir es posible. Pero antes hay que despertar. Y despertar, muchas veces, es lo más difícil.
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