¿Qué pasa por la cabeza de un adolescente cuando comete una agresión sexual contra una compañera? ¿Cómo opera el mecanismo que permite que esa violencia se ejerza, incluso en grupo?
Este miércoles se ha conocido un nuevo caso de violencia sexual entre adolescentes. En Valencia, tres menores de entre 14 y 15 años han sido detenidos como presuntos autores de la violación grupal de una compañera ocurrida en los baños de un centro comercial. Además de la agresión, los chicos habrían grabado los hechos y difundido las imágenes entre otros menores. Un cuarto adolescente, de 13 años, estuvo presente durante la agresión, pero no puede ser imputado penalmente por su edad. Los detenidos han quedado en libertad vigilada con medidas cautelares.
A partir de ahí, la pregunta no es solo qué ocurrió, sino cómo fue posible que ocurriera y que ninguno se detuviera.

Para el psicólogo transdisciplinar José Antonio García Serrano, con una trayectoria centrada en la población infanto-juvenil y en la atención a víctimas de violencia de género, la respuesta no pasa por buscar perfiles cerrados ni explicaciones simplistas, sino por entender qué ocurre en la cabeza de estos chicos antes, durante y después de una agresión sexual.
Nadie se percibe como autor pleno, la culpa se diluye
En muchos casos, explica, no aparece la idea de consentimiento, ni la conciencia clara del daño que están causando, ni el cálculo de las consecuencias. No hay necesariamente una planificación elaborada, sino impulso, desinhibición y la sensación de que nada grave va a ocurrir. El freno no se activa.
Cuando la agresión se produce en grupo, ese mecanismo se intensifica. La responsabilidad deja de sentirse como algo individual y empieza a repartirse. Cada uno encuentra una forma de colocarse un poco al margen: uno mira, otro graba, otro participa directamente. Nadie se percibe como autor pleno de lo que está ocurriendo. La culpa se diluye.
En ese contexto, señala García Serrano, la empatía se apaga. La víctima deja de ser una persona con miedo y pasa a convertirse en un elemento más dentro de la dinámica del grupo. La atención no está puesta en lo que le ocurre a ella, sino en cómo me ven los otros, en el lugar que ocupo dentro del grupo, en no quedarme fuera.
A esta ausencia de freno se suma una comprensión profundamente errónea del consentimiento. Para muchos de estos chicos, el consentimiento no es algo que deba ser deseado, explícito y mantenido en el tiempo. No entienden que pueda retirarse. Confunden silencio, parálisis o presión con aceptación, y cuando aparece un no, no lo reconocen como un límite válido.
Falta de educación sexual y pornografía
Según el psicólogo, esta forma de actuar no surge de la nada. Tiene que ver con la falta de educación sexual y con modelos de sexualidad aprendidos a través de la pornografía, consumido sin contexto ni pensamiento crítico. En esos modelos, las mujeres aparecen deshumanizadas, el consentimiento desaparece y el sexo se presenta como una demostración de poder. No es una relación automática de causa-efecto, pero sí un factor que aumenta la probabilidad de cosificación y violencia.

La grabación de la agresión no es un detalle secundario. Grabar y conservar el vídeo cumple una función clara: sirve para ganar estatus, reconocimiento y validación dentro del grupo. El vídeo funciona como un trofeo. La violencia se convierte en una forma de exhibición y de ascenso en la jerarquía masculina, una expresión de una masculinidad mal entendida que sigue asociando el sexo al dominio y a la exhibición.
Después de la agresión llegan las justificaciones. Negar, minimizar, desplazar la culpa. Decir que fue consentido, que no hubo penetración, que ella se arrepintió. Son distorsiones cognitivas y mecanismos de defensa que permiten no asumirse como agresor y sostener la idea de que los violadores son otros, nunca uno mismo.
Explicar estos procesos, insiste García Serrano, no significa justificar nada. La responsabilidad es clara. Comprender qué ocurre en la cabeza de estos chicos es imprescindible para prevenir que vuelva a suceder.
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