No recordaba la agresión sexual, pero sí la voz de su violador

Una víctima de violación reconoció a su agresor por la voz dos días después en Valencia, lo que permitió su identificación y posterior condena

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KiloyCuarto

A las cinco de la madrugada del 16 de octubre de 2022, en una calle de Valencia, Andrea (nombre ficticio) despertó en el suelo sin saber cómo había llegado allí. No tenía el móvil, ni el bolso, ni la cazadora, y apenas conservaba recuerdos de las horas previas. La desorientación y el fuerte dolor que sentía, especialmente en la zona genital, le hicieron intuir desde el primer momento que había sido víctima de una agresión sexual, aunque no podía identificar a nadie ni explicar qué había pasado.

Durante los días siguientes, todo fue un vacío difícil de reconstruir. Recordaba haber estado en una discoteca de la ciudad, pero poco más. No podía aportar datos sobre su agresor o agresores, y la falta de memoria, en un contexto de evidente afectación, impedía avanzar en la investigación. Posteriormente, los análisis confirmaron la presencia de ADN de dos varones distintos, lo que aumentaba la complejidad del caso.

Fue con la policía a buscar su móvil

El avance decisivo llegó dos días después, cuando Andrea acompañó a agentes de la Policía Nacional al barrio del Cabanyal, donde había sido localizado su teléfono móvil. Mientras los agentes hablaban con dos hombres que salían de una vivienda cercana, algo llamó su atención. No fue una imagen ni un gesto, sino la voz de uno de ellos. El tono, la forma de hablar y una cadencia concreta le resultaron familiares de manera inmediata, aunque no podía situar de dónde procedía ese reconocimiento.

Andrea se acercó y preguntó directamente si se conocían. El hombre lo negó, evitó sostenerle la mirada y aseguró que no recordaba dónde había pasado la noche de los hechos. Sin embargo, la sensación de familiaridad persistía. Minutos después, ya apartada de la conversación, logró identificar el origen de ese reconocimiento. Aquel hombre le había enviado durante meses mensajes insistentes de contenido sexual a través de redes sociales, en los que le proponía mantener relaciones. Andrea había rechazado de forma reiterada esas propuestas y no había dado mayor importancia a ese contacto hasta ese momento, según explica el diario Las Provincias.

A partir de ese punto, la investigación policial permitió reconstruir la secuencia. Diversos testigos situaron a ambos en la misma discoteca aquella noche y confirmaron que habían salido juntos. Según los testimonios, la denunciante se encontraba en un estado de evidente afectación, con la mirada perdida, y era guiada por el acusado. El personal de seguridad del local corroboró esta situación y señaló que la mujer no parecía encontrarse en condiciones de valerse por sí misma.

No se pudo acreditar sumisión química

Ese estado explicaría también que Andrea olvidara sus pertenencias en distintos lugares a lo largo de la noche. Dejó el bolso y la cazadora en el local de ocio y, posteriormente, el teléfono móvil en la vía pública, cerca del domicilio vinculado a su agresor. Cuando fue encontrada, horas después, se hallaba entre dos vehículos, sin ropa interior y con el pantalón puesto del revés.

 

La sentencia de la Audiencia Provincial de Valencia considera probado que el acusado se aprovechó de ese estado para agredirle sexualmente. Aunque no se pudo acreditar que se produjera una sumisión química, el tribunal concluye que la denunciante se encontraba privada de sentido debido a su estado de embriaguez, circunstancia que era conocida por el agresor. Asimismo, la resolución judicial tiene en cuenta los mensajes previos enviados por el acusado, que evidencian un interés sexual persistente frente al rechazo claro de la víctima.

Condenado a seis años de prisión

El acusado ha sido condenado a seis años de prisión por un delito de agresión sexual con acceso carnal. La pena incluye además siete años de libertad vigilada y la prohibición de comunicarse o aproximarse a menos de 300 metros de la víctima durante ocho años. El tribunal también ha valorado la forma vejatoria en la que fue abandonada tras los hechos. Antes del juicio, el condenado abonó 20.000 euros en concepto de indemnización por las secuelas y los daños morales.

Andrea no puede reconstruir lo sucedido aquella madrugada, pero sí recuerda con claridad la voz que escuchó dos días después y que permitió identificar al hombre que había insistido durante meses en mantener relaciones con ella. Ese detalle, aparentemente menor, resultó determinante en una investigación marcada por la falta de memoria y la dificultad de reconstruir los hechos.