Era uno de los tres únicos hombres del jurado. Y acabó solo frente a los otros once. Nueve mujeres y dos hombres estaban dispuestos a declarar a Lindsay Clancy no culpable por falta de responsabilidad criminal. Él se negó. Después de siete días y más de 38 horas de deliberaciones, su voto impidió alcanzar la unanimidad y el juez declaró nulo el juicio por la muerte de sus tres hijos.
Ahora, tres de las mujeres que formaron parte del jurado han contado en una entrevista con NBC10 Boston qué ocurrió dentro de aquella sala. Ronni Carlson, la presidenta; Kellie Farina y Paula Devlin describen unas deliberaciones cada vez más tensas y señalan qué separaba al único disidente del resto.
El hombre que no cedió
Según Farina, había algo que aquel hombre no conseguía superar: la violencia con la que Clancy había matado a sus tres hijos, Cora, de cinco años; Dawson, de tres, y Callan, de ocho meses.
La defensa de Clancy sostuvo durante el juicio que sufría una grave enfermedad mental posparto y que no podía ser considerada criminalmente responsable. La Fiscalía defendió que había actuado de manera deliberada. Después de escuchar durante semanas a médicos, psiquiatras, familiares y otros testigos, correspondía al jurado valorar su responsabilidad criminal.

Las discusiones se enquistaron. Devlin ha descrito al único disidente como “muy arrogante” y asegura que no atendía a los argumentos de los demás. La frustración llegó a tal punto que algunos miembros del jurado se levantaban y caminaban por la sala.
Carlson acabó enviando una nota al juez William Sullivan porque consideraba que uno de los miembros no estaba siguiendo las instrucciones sobre la duda razonable. El magistrado volvió a explicárselas. El hombre mantuvo su posición.
Hasta que ocurrió algo inesperado. Según Carlson, el disidente reconoció que tenía una duda razonable. La presidenta creyó que habían terminado y comenzó a rellenar y firmar los tres formularios del veredicto.
Se equivocaba. Él seguía negándose a declarar a Clancy no culpable por falta de responsabilidad criminal.
Lo que no podía dejar de ver
Farina cree que ahí estaba el obstáculo: no conseguía dejar atrás el horror de una madre matando violentamente a sus hijos.
Los demás tampoco fueron inmunes. Durante las deliberaciones volvieron a escuchar la llamada al 911 de Patrick Clancy, padre de los niños. Algunos lloraron de nuevo y otros utilizaron auriculares para evitar escucharla.
Pero el jurado tenía que hacer algo especialmente complejo: separar el horror de los hechos de la valoración de la enfermedad mental y sus consecuencias sobre la responsabilidad criminal de Clancy.
Y ahí el caso deja de hablar únicamente de un hombre frente a once y abre una cuestión más amplia: qué conocimientos necesita quien tiene que interpretar una enfermedad mental compleja para decidir un veredicto.
¿Qué conocimientos necesita quien juzga?
Una psicosis no implica necesariamente que una persona pierda todas sus capacidades cognitivas o sea permanentemente incoherente. Alguien puede conservar determinadas funciones y, al mismo tiempo, actuar condicionada por ideas delirantes. Precisamente por eso su valoración exige conocimientos especializados.
Los jurados populares estadounidenses escuchan a peritos y reciben instrucciones judiciales, pero la decisión final queda en manos de ciudadanos sin formación médica.
La cuestión del conocimiento especializado tampoco es completamente ajena a España. Aquí jueces, fiscales, forenses y policías reciben formación en violencia de género precisamente porque comprender sus dinámicas exige reconocer elementos que pueden pasar inadvertidos o ser interpretados desde prejuicios y estereotipos.
Artículo14 planteó esa misma discusión en junio, después del juicio por el asesinato machista de Leticia Talavera. Un jurado de seis mujeres y tres hombres aceptó por mayoría que su marido había sufrido un episodio disociativo y no consideró probado que la hubiera matado porque no aceptaba la separación. La pregunta entonces fue si un jurado sin conocimientos en violencia de género dispone de las herramientas necesarias para interpretar un asesinato machista.
Los dos casos son radicalmente distintos. Lo que comparten es la pregunta sobre quién interpreta fenómenos complejos y con qué formación lo hace.
“¿Un jurado popular?”
Lluïsa García Esteve, psiquiatra especializada en salud mental perinatal, cuestiona que una decisión como la de Clancy quedara finalmente en manos de personas sin conocimientos médicos.
“¿Un jurado popular? O sea, ¿de verdad gente que no tiene conocimientos de medicina tiene que entender por qué está tan claro que esta mujer estaba en un contexto de psicosis puerperal?”, se preguntaba.

García Esteve advierte precisamente contra la idea de que una persona psicótica deba aparecer completamente desconectada o incapaz de realizar actos coherentes. “No es un Alzheimer”, explica. Una mujer puede conservar capacidades cognitivas y estar actuando bajo ideas delirantes.
Y su crítica no se dirige únicamente al jurado. Reclama a los forenses que se “dejen la piel” explicando a la Justicia qué significa una enfermedad mental descrita y conocida científicamente.
También señala otro elemento que atraviesa estos casos: los estereotipos sobre la maternidad. Una madre que mata a sus hijos rompe de la manera más extrema con la imagen de la madre protectora y con el mito del instinto maternal. La enfermedad corre entonces el riesgo de quedar tapada por una explicación mucho más inmediata: la “mala madre”, la “mala persona”, la mujer “sospechosa”.
“No todo es enfermedad mental, evidentemente que no”, advierte García Esteve. Pero esas enfermedades existen y quien tiene que juzgarlas debe conocerlas.
Su pregunta resume también lo que deja detrás el 11 contra uno del jurado de Lindsay Clancy:
“¿Tú cómo vas a juzgar algo si no estudias el fenómeno?”
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