La noticia podría pasar desapercibida entre el goteo constante de sucesos que llenan las páginas de los periódicos: Un joven de 21 años ha ingresado en prisión acusado de agredir sexualmente a una mujer que corría sola por una vía verde en Benavente. Ocurrió por la tarde, todavía con luz, en un entorno que a simple vista podría parecer tranquilo y seguro para hacer deporte.
La mujer hacía lo que hacen miles cada día; salir a correr para despejarse, para cuidarse, para desconectar. Fue seguida, tirada al suelo y manoseada por encima de la ropa. Denunció, la Guardia Civil actuó con rapidez y el presunto agresor fue detenido poco después ingresando por orden de la jueza en la prisión de Topas, en Salamanca. El procedimiento judicial ahora seguirá su curso, pero lo verdaderamente relevante de este caso no está sólo en el parte policial, sino en lo que vuelve a poner sobre la mesa con una claridad incómoda: en 2026, muchas mujeres en España siguen sin sentirse seguras cuando salen a hacer deporte solas por la calle.

Un plan para salir a correr
Este artículo no nace de la voluntad de narrar un suceso aislado, sino de la necesidad de recordar algo que, con demasiada facilidad, se diluye en la rutina informativa. El miedo forma parte de la experiencia cotidiana de muchas mujeres cuando deciden salir a correr, caminar o montar en bicicleta solas. Que ponerse unas zapatillas no es un gesto automático, sino el inicio de una pequeña estrategia mental que incluye elegir bien la hora, trazar mentalmente el recorrido, evitar zonas con vegetación espesa, buscar calles iluminadas y, si es posible, transitadas.
No es una exageración ni una percepción subjetiva amplificada, es una realidad respaldada por datos. El 93 % de las españolas reconoce haber sentido miedo alguna vez al hacer deporte al aire libre. En ciudades como Madrid, el 96 % de las corredoras admite que toma medidas de autoprotección. En Barcelona, el 94 % evita lugares solitarios, el 65 % elige horarios en los que hay más gente y el 41 % prefiere directamente no correr sola. Además, un 28 % de mujeres en Madrid ha llegado a plantearse dejar de correr por motivos de inseguridad. El miedo, por tanto, no es anecdótico, ya condiciona decisiones, hábitos y renuncias.
Correr en alerta permanente
Hablar con mujeres que practican running de forma habitual es escuchar una sucesión de patrones idénticos, independientemente de la edad o de la ciudad en la que vivan. Prefieren salir de día, incluso cuando eso desbarata su rutina. Evitan parques o caminos especialmente bonitos si están poco concurridos. Optan por calles con tráfico y ruido, aunque no sean las más agradables para entrenar.
Algunas fingen hablar por teléfono cuando notan una presencia que les inquieta. Otras comparten su ubicación en tiempo real con familiares o amigas. Muchas reconocen que, si alguien les da mala espina, aceleran el paso de forma casi instintiva. Se aferran a las llaves entre los dedos como una defensa improvisada. No porque quieran vivir así el deporte, sino porque lo han interiorizado como una forma de autoprotección. Para algunas, directamente, la solución ha sido no salir solas y esperar a que su pareja, una amiga o un grupo pueda acompañarlas. El running, que debería ser un espacio de libertad y desconexión, se convierte así en un ejercicio constante de alerta.
Casos que se repiten
Esta sensación no surge de la nada ni responde únicamente a casos recientes. La memoria colectiva española conserva nombres que, décadas después, siguen asociados a la misma escena inicial. Una mujer que sale a correr sola y no vuelve. Como Anabel Segura, secuestrada en 1993 mientras hacía footing en La Moraleja. Como Laura Luelmo, desaparecida en 2018 tras salir a correr cerca de su casa en un pequeño pueblo de Huelva. Como Déborah Fernández, vista por última vez tras hacer ejercicio en el paseo marítimo de Samil, en Vigo.

Tres casos distintos, separados por años y contextos, pero unidos por un mismo punto de partida que resulta imposible ignorar. Recordarlos no responde al sensacionalismo, sino a la necesidad de entender que la vulnerabilidad de las mujeres cuando practican deporte en espacios abiertos no es una percepción reciente, sino un hilo que atraviesa el tiempo.
Escuchar el miedo para corregirlo
Desde la Asociación de Mujeres en el Deporte Profesional, su presidenta Mar Mas lleva años señalando que el problema no se limita a la calle, sino que forma parte de un ecosistema deportivo aún profundamente masculinizado y con protocolos claramente insuficientes frente al acoso y la inseguridad. Iniciativas como “Entrena Segura”, que recoge de forma anónima las sensaciones de inseguridad de las mujeres en instalaciones deportivas para transformarlas en recomendaciones concretas, parten de una premisa tan sencilla como contundente: Escuchar el miedo para poder corregirlo. Porque ese miedo tiene causas identificables y, en muchos casos, evitables.
Ciudades pensadas para nosotras
También el urbanismo juega un papel determinante. Arquitectas y expertas en diseño urbano con perspectiva de género llevan tiempo advirtiendo de cómo determinados elementos aparentemente neutros influyen de forma directa en la sensación de seguridad: calles mal iluminadas, vegetación demasiado alta que impide la visibilidad, recorridos sin salida, paradas de transporte opacas, zonas que quedan desiertas a determinadas horas del día. La solución, insisten, no pasa únicamente por más cámaras o más presencia policial, sino por ciudades pensadas desde el punto de vista de quienes se sienten más expuestas en ellas. Más luz uniforme, más visibilidad, más mezcla de usos que garantice presencia de gente, más salidas en los recorridos, menos rincones ciegos.
Mientras tanto, el running femenino continúa creciendo como fenómeno social, asociado a la salud física, al bienestar mental y al empoderamiento. Las redes sociales se llenan de mujeres que reivindican el deporte como un espacio propio. Sin embargo, bajo esa capa de entusiasmo compartido, muchas reconocen en privado que todas tienen alguna historia que contar: un comentario obsceno desde un coche, una mirada insistente, alguien que las sigue durante varios metros, una situación que las obligó a cambiar de ruta o a correr más rápido de lo que pretendían. Experiencias que rara vez llegan a denunciarse, pero que se acumulan y alimentan esa sensación constante de vulnerabilidad.
Por eso el caso de Benavente funciona como un recordatorio incómodo de que, décadas después de Anabel, Laura y Déborah, una mujer puede seguir siendo agredida simplemente por salir a correr sola. Repetirlo no es alarmismo, sino memoria y reivindicación, hasta que correr no implique calcular el riesgo.
