En Al final de las cosas, la nueva comedia romántica de Noemi Rodríguez sobre el deterioro de una relación —por simplificar considerablemente su propuesta—, bastan una extraña pareja gallega, una cámara de vídeo y una capilla al estilo de Las Vegas instalada en una nave industrial de Getafe para desatar el caos más absoluto. Bueno, eso y un sinfín de elementos de atrezo, efectos especiales, sonoros y lumínicos. Rodríguez y Alejandro Jato interpretan a una pareja que se dispone a dar el “sí, quiero” ante el público de la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero, en cuya intimidad se desarrolla la obra. Pero no estamos exactamente ante una boda convencional: los protagonistas representan una felicidad conyugal que hace tiempo que ha entrado en crisis.
A lo largo de varias tomas fallidas, uno empieza a pensar que está ante una suerte de versión CDN de La función que sale mal. Lo cual tiene su gracia, pero no termina de encajar con lo que cabría esperar de un montaje del Centro Dramático Nacional. Durante un buen rato, esa impresión se mantiene, hasta que, hacia la mitad de la función, uno repara en lo mucho que ha cambiado el espectáculo desde su comienzo. La transformación ha sucedido de manera tan gradual que resulta casi imperceptible. Lo que comienza como una comedia genuinamente divertida, aunque algo desconcertante y de una comicidad casi infantil por momentos, adquiere progresivamente una profundidad emocional que apenas parecía posible al principio. Y lo hace con una naturalidad extraordinaria, sin brusquedades ni la sensación de estar alargando artificialmente el conflicto.
El contraste entre los dos personajes queda establecido desde sus primeras intervenciones. Los dos son auténticos animales de escenario, aunque de maneras muy distintas. Rodríguez comienza expansiva, exhibiendo una comicidad basada en la ingenuidad exagerada, la expresión física y cierto infantilismo que, por momentos, roza el exceso. Pero quizás su personaje sea, sencillamente, una mujer adulta que utiliza el humor para evitar enfrentarse a sus problemas. Todos conocemos a alguien así: esa persona que siempre consigue hacer reír, pero que parece incapaz de ponerse seria incluso cuando la situación lo requiere, hasta el punto de resultar exasperante. Jato representa el extremo opuesto: un personaje más cínico, autoconsciente y sensible, un straight man clásico, con su punto de hombre performativo y sus pequeñas contradicciones. Su interpretación resulta sorprendentemente naturalista incluso cuando se entrega a la payasada. Desde el principio, uno se pregunta qué pudieron ver el uno en el otro para acabar juntos. Desde un punto de vista dramático, sin embargo, cuesta imaginar una combinación mejor.
Entre los dos se comen la Sala de la Princesa. Interactúan con el público, improvisan, juegan con la intensidad de sus respectivos acentos gallegos y explotan prácticamente todas las posibilidades de un espacio en el que los espectadores están tan cerca que no se les escapa ningún gesto. Y no se trata únicamente de sus interpretaciones. La vistosa escenografía de Pablo Chaves, la iluminación de Paloma Parra y el espacio sonoro de Marc Álvarez, con una cantidad apabullante de efectos que entran en el momento preciso, contribuyen a un espectáculo de una inventiva escénica desbordante. Hay imitaciones, números musicales, humor físico y momentos abstractos que rozan la performance. Por eso la etiqueta de “comedia romántica” se queda tan corta: sería más justo hablar de un espectáculo de variedades a medio camino entre el vodevil, el cabaret y el slapstick, con un dominio del ritmo cómico y dramático que pocas veces se encuentra tan bien equilibrado.
Prueba de ello es un momento magistral, de inspiración carveriana, en el que la pareja recurre a un delirante ejercicio de imaginación para explorar lo que podría depararles el futuro. El resultado es tan desternillante como profundamente desgarrador. Y quizás sea el ejemplo más logrado de esa hibridación entre la comedia y el drama que recorre toda la función: lejos de interrumpirse para dar paso al sentimentalismo, el humor se convierte en una forma de acceder a él. La escena guarda, además, una preciosa relación con el dispositivo inicial de la obra. Si al principio los protagonistas representaban una felicidad matrimonial que ya no tienen, ahora imaginan un futuro que todavía no han vivido, pero al que quizá temen enfrentarse. En ambos casos, necesitan recurrir a la ficción para aproximarse a una verdad que no consiguen expresar directamente.
En última instancia, Al final de las cosas es muchas cosas. Entre ellas, un retrato de las contradicciones de la generación millennial, con sus tics, sus referencias culturales, sus escrúpulos lingüísticos y, sobre todo, su particular mentalidad de mercado aplicada a las relaciones sentimentales. La sospecha constante de que quizás estemos dejando escapar lo mejor a lo que podemos aspirar; o, por el contrario, de que acomodarnos con alguien implique renunciar a todas las posibilidades que aguardan ahí fuera. El FOMO llevado al terreno amoroso. Pero bajo esa mirada generacional late una experiencia mucho más universal: el miedo a despedirse de alguien a quien todavía se quiere, a imaginar una vida sin la otra persona y a aceptar que, por mucho que cueste reconocerlo, quizás ambos puedan estar mejor por caminos separados.
Lo más admirable de la obra es que consigue llegar hasta ahí sin renunciar nunca a su carácter disparatado, transformando casi imperceptiblemente la risa inicial en una emoción genuina. Quizás las relaciones no se creen ni se destruyan, sino que se transformen. Y quizás, como plantea el cartel del espectáculo parafraseando a Cher, sí exista vida después del amor.

