Durante más de seis décadas, Iñaki Gabilondo ha dedicado buena parte de su vida a hacer preguntas. A políticos, escritores, ciudadanos y protagonistas de algunas de las jornadas que han marcado la historia reciente de España. Ahora, a los 83 años, es él quien responde cuando la conversación se dirige hacia uno de esos asuntos para los que nunca existe una respuesta completamente sencilla: la muerte.
El periodista donostiarra ha hablado sobre ella con una serenidad poco habitual. No asegura haber vencido el miedo ni pretende construir una gran teoría sobre el final de la existencia. Simplemente explica que siempre ha sido consciente de que el tiempo termina. Y esa certeza, lejos de impedirle disfrutar, parece haberle enseñado precisamente lo contrario.
“La muerte no me ha generado nunca demasiada inquietud”, reconoce Iñaki Gabilondo durante una extensa conversación con Ricardo Moya en el pódcast El Sentido de la Birra. Hay, sin embargo, una idea capaz de romper esa tranquilidad: tener que separarse algún día de Lola Carretero, su mujer desde hace más de tres décadas.
“Lo que más me angustia de morirme es separarme de Lola”, admite. No parece temer tanto el hecho de desaparecer como el instante inevitable en el que una vida construida entre dos tenga que continuar solamente para uno.
Iñaki Gabilondo y una manera diferente de mirar a la muerte
La edad ha colocado a Iñaki Gabilondo en un territorio desde el que observa el paso del tiempo con una perspectiva diferente. Nació en San Sebastián en 1942 y ha pasado prácticamente toda su vida adulta ligado al periodismo, especialmente a una radio que terminó haciendo inseparable su voz de varias generaciones de españoles.
Pero la conciencia sobre la muerte, explica, no ha aparecido únicamente ahora. Siempre ha entendido la existencia como un recorrido limitado. “He tenido bastante clara la realidad de nuestro viaje”, sostiene al explicar cómo esa certeza ha terminado acompañándolo durante toda la vida.
Su forma de explicarlo es sencilla. Cada persona inicia un recorrido en el que aparecerán momentos extraordinarios, etapas difíciles, miedo, dolor y belleza. Todo forma parte de una misma experiencia cuyo final conocemos desde el principio.
“La vida es como iniciar un paseo por el bosque”, plantea Iñaki Gabilondo. Durante ese camino habrá instantes “de exaltación”, situaciones capaces de provocar miedo y golpes que forman parte de lo inevitable. Mirando hacia atrás, considera que su propio recorrido ha transcurrido con relativa normalidad, aunque tampoco haya estado libre de pérdidas extraordinariamente dolorosas.
El miedo no está en morir, sino en separarse de Lola
Hay un punto, sin embargo, en el que esa aceptación deja paso a una emoción completamente diferente. Al hablar de Lola Carretero, Iñaki Gabilondo abandona cualquier reflexión abstracta sobre la muerte y se enfrenta a algo mucho más concreto: la separación.
“Lo que más me angustia de morirme es separarme de Lola”, reconoce. “Estoy muy felizmente casado. Es una suerte increíble. Y no te digo a estas edades. Es un regalo”.
La frase contiene probablemente una de las contradicciones más universales de una relación que atraviesa las décadas. Cuanto más tiempo se comparte con alguien, mayor es también la conciencia de que llegará un momento en el que esa convivencia terminará.
Iñaki Gabilondo lo expresa sin dramatismo, pero tampoco intenta ocultar el dolor. No le gusta pensar en separarse de su mujer. Mucho menos asumir que sabe que esa separación terminará llegando.
“Ese saber me produce dolor”, admite.
Una historia marcada antes por una pérdida devastadora
La reflexión adquiere además otra dimensión cuando se observa la biografía personal de Iñaki Gabilondo. El periodista ya conoce lo que significa perder a la persona con la que se había construido una vida.
Su primera mujer, Maite Egaña, falleció en julio de 1981 después de una larga enfermedad. Gabilondo tenía entonces 38 años y quedó al cuidado de los tres hijos nacidos del matrimonio: Iñaki, Urko y Ainhoa.
Aquella muerte fue uno de los grandes golpes de su vida. El propio periodista ha recordado públicamente en diferentes ocasiones la enfermedad de Maite y las dificultades personales de una etapa que coincidió además con años extraordinariamente intensos de su carrera profesional.
No se trataba ya de pensar teóricamente en la muerte. La había visto entrar en casa mucho antes de lo que imaginaba.
Con el tiempo, la vida volvió a cambiar. Iñaki Gabilondo encontró en Lola Carretero una nueva compañera, periodista especializada en moda y vinculada también profesionalmente a la Cadena SER. Ambos terminaron casándose en 1993.
Lola Carretero, más de tres décadas caminando junto a Iñaki Gabilondo
Desde entonces han transcurrido más de treinta años. Una duración que explica por qué, al hablar ahora del final, Iñaki Gabilondo no piensa únicamente en su propia ausencia, sino en la desaparición de ese espacio compartido.
El periodista habla de su matrimonio como una suerte. Especialmente ahora, cuando la edad hace que la compañía adquiera un significado diferente al que podía tener décadas atrás.
Hay algo particularmente revelador en su reflexión: Gabilondo asegura que sabe estar solo. No presenta su vínculo con Lola como una consecuencia del miedo a la soledad ni como una dependencia construida ante la vejez.
“Yo sé estar muy bien solo”, afirma. La lectura, la música, el pensamiento o simplemente pasear forman parte de esa vida interior que le permite disfrutar también de sus propios espacios.
Y quizá precisamente por eso adquiere más fuerza lo que dice después. Puede estar solo, pero no quiere vivir sin Lola.
Saber que el tiempo se acaba también permite disfrutarlo

La muerte aparece en el pensamiento de Iñaki Gabilondo ligada constantemente a otra cuestión: el valor del tiempo. Saber que algo es limitado modifica necesariamente la forma en la que se contempla.
El periodista explica que cada experiencia tiene un número finito de repeticiones. Habrá una última botella de vino, un último viaje, una última conversación y una última vez para muchas de las cosas que durante años parecieron formar parte permanente de la vida.
La conclusión podría resultar sombría. Para Gabilondo es casi exactamente la contraria. La condición limitada de las cosas es precisamente una razón para disfrutarlas mientras existen.
Mirar la vida de esta manera no elimina el dolor ni evita las pérdidas. Tampoco convierte la vejez en una experiencia libre de miedo. Lo que hace es desplazar la atención hacia aquello que todavía permanece.
Por eso Iñaki Gabilondo no habla como alguien que espere con impaciencia el final. “No tengo ganas de morir”, ha dejado claro. Lo que existe es una aceptación de que ese momento forma parte inevitable del mismo recorrido.
La enseñanza de un periodista que lleva toda una vida observando el tiempo
Después de una carrera iniciada en los años sesenta, Iñaki Gabilondo ha contemplado varias Españas, innumerables cambios políticos y sociales y prácticamente todas las transformaciones que han sufrido la radio y la televisión modernas.
Sin embargo, cuando dirige la mirada hacia atrás, sus reflexiones más personales terminan alejándose de los grandes acontecimientos.
No habla de audiencias ni de entrevistas históricas. Habla de pasear, escuchar música, leer, compartir la vida y ser consciente de que ninguna de esas cosas permanece para siempre.
La muerte no parece angustiarle por aquello que pueda existir después, sino por todo aquello que dejará atrás. Y dentro de ese inventario sentimental hay un nombre que sobresale sobre los demás: Lola.
Tal vez por eso una reflexión sobre el final termina convirtiéndose inesperadamente en una declaración de amor. Después de más de treinta años de matrimonio, el gran temor de Iñaki Gabilondo no es exactamente morir.
Es tener que despedirse.

