Fangoria no ha vuelto porque nunca se ha ido. Pero La verdad o la imaginación sí tiene algo de regreso: es su primer álbum de material completamente inédito en casi una década y llega en un momento en el que Alaska y Nacho Canut parecen más conscientes que nunca de su propio lugar dentro del pop español.
En una época en la que el consumo musical se organiza por singles, fragmentos, algoritmos y canciones que desaparecen de la conversación a la semana siguiente, Fangoria recupera el LP como gesto estético. No solo como una colección de canciones, sino como una forma de ordenar un mundo: sonido, imagen, concepto, directo, vestuario, escenografía y contradicción. En su caso, la verdad nunca ha estado reñida con el artificio. A veces, de hecho, solo se llega a ella a través de la exageración, el sintetizador y la frase lapidaria.
El título lo dice casi todo. La verdad o la imaginación juega con una oposición muy Fangoria: dos conceptos enfrentados que, en realidad, se necesitan. Alaska y Nacho llevan décadas viviendo en esa paradoja. Son dos personas distintas pero iguales, frías y comunicativas, distantes y populares, misántropas y dicharacheras. Entre ellos, lo emocional aparece filtrado por la ironía; lo lúdico convive con lo fatalista; la ligereza esconde verdades como puños.
Oscar Wilde escribió que el hombre nunca es sincero cuando interpreta su propio personaje y que, si se le da una máscara, dirá la verdad. Fangoria parece haber construido toda su carrera alrededor de esa idea. La máscara no oculta: revela. La puesta en escena no distrae: organiza. La electrónica no enfría el sentimiento: lo vuelve más nítido.
La diferencia de este disco respecto a sus últimos proyectos no está solo en las canciones, sino en la decisión de volver a concentrarse. Frente al “un poco todo” que había marcado parte de su etapa reciente, La verdad o la imaginación apuesta por una sola paleta sonora, la del productor holandés Matt Pop, que ya había remezclado algún tema anterior del dúo. Por primera vez en mucho tiempo, Alaska y Nacho se decantan por un sonido reconocible y sostenido, como en su etapa dorada junto a Carlos Jean.
También en lo visual parecen haber dejado atrás cierta acumulación en favor de una estética más sobria, europea, surrealista y psicoanalítica. Hay resonancias magnéticas de cerebros, péndulos de Newton, trenes, imágenes que remiten a la Europa de entreguerras y una sensación general de depuración. Como si, después de años de exceso controlado, Fangoria hubiera decidido limpiar la habitación para ver qué quedaba en pie.

Para entender por qué este regreso al álbum importa, hay que mirar un poco atrás. En febrero de 2016 publicaron Canciones para robots románticos, quizá su último gran momento de consenso comercial, impulsado también por la popularidad transversal que había generado Alaska y Mario. Aquel reality de MTV abrió el universo de Alaska, Mario Vaquerizo, las Nancys Rubias y toda su corte pop a un público milennial y de Generación Z que quizá no había llegado a Fangoria por vía estrictamente musical. Con “Geometría polisentimental” primero y “Espectacular” después, el dúo parecía haber alcanzado un techo difícil de superar.
Simplemente, no podían. Y tampoco parecía importarles. Quien conozca a Fangoria sabrá que no son personas a quienes les preocupa demasiado lo que se diga de ellos. Siempre han ido a su aire, para lo bueno y para lo malo, y con cerca de cincuenta años de trayectoria desde Kaka de Luxe hasta hoy, no parece que eso vaya a cambiar.
En 2019, con motivo del trigésimo aniversario del dúo, Alaska y Nacho lanzaron un álbum doble de versiones de artistas españoles que les habían inspirado a lo largo de su trayectoria: Extrapolaciones y dos preguntas y Extrapolaciones y dos respuestas. El proyecto tenía sentido sobre el papel y algunos cortes lograban dar un giro interesante al original, pero el resultado general no acabó de convencer. Después llegaría la pandemia y, con ella, la necesidad de repensar la forma de trabajar.
De ahí nació la trilogía Entre paréntesis, compuesta por Existencialismo pop, Edificaciones paganas y Ex profeso, publicados entre 2021 y 2022. El formato EP les permitía moverse con más libertad, pero también dejaba la sensación de una etapa fragmentaria. Había singles pegadizos, algunos de los cuales siguen sonando en sus conciertos, pero la fórmula empezaba a resultar repetitiva: títulos grandilocuentes, sonido enlatado, rayando en lo hortera y una electrónica cada vez más encerrada en sus propios tics.
Conociendo a Fangoria, que no dan puntada sin hilo, seguro que no fue tan simple. Pero durante unos años dio la impresión de que el dúo se lanzó a la carretera, donde siempre iba a ser bien recibido, mientras ganaba tiempo para decidir qué hacer a continuación. En 2024 hubo dos señales de cambio: Alaska se tiñó de rubio platino —un proceso que generó más conversación que varios de sus lanzamientos recientes— y Fangoria ofreció dos conciertos en el Gran Teatro CaixaBank Príncipe Pío con una estructura bipartita: una primera mitad al piano, más desnuda, y una segunda parte de regreso a la electrónica.
La diferencia estaba en la puesta en escena. Más sobria, más unificada, menos acumulativa. Colores planos, vestuario funcional, punteros láser, una peluca roja, menos dependencia del vídeo. Aquellos conciertos parecían gobernados por un concepto. O al menos por una estética. Una estética depurada y casi minimalista, en la medida en que algo de Fangoria puede ser minimalista. Había algo de regreso imaginario a los primeros años del dúo, a esa época oscura de Vulcano que muchos no vivimos, pero que algunos tendemos a romantizar: cuando acababan de dejar atrás Dinarama, cuando no tenían nada que perder, cuando quizá eran más raros que rentables.
Dos años después, La verdad o la imaginación recoge esa intuición y con ella abre otra etapa. ¿Es lo que cabía esperar de un nuevo álbum de Fangoria? No exactamente. Ni siquiera era fácil saber qué esperar. Su single principal, “Me voy”, podía sonar de entrada derivativo de aquello que había acabado cansando en los últimos años. Pero el conjunto funciona mejor que su adelanto, precisamente porque vuelve a haber conjunto.
¿Y a qué suena? No es instantáneamente memorable como Canciones para robots románticos ni tan cañero como Salto mortal, ni tan introspectivo como Una temporada en el infierno. Tiene algo de todo eso, pero por momentos resulta incluso contenido, sin olvidar que hablamos de Fangoria. Hay pop electrónico de estribillos claros, beats pulsantes y melodrama sintético. La canción que abre y da título al disco ya es una de las ganadoras. “El síndrome de París” tiene el dramatismo de los Pet Shop Boys de los noventa —los mejores—, mientras que “Bailo”, fusionada en directo con “Bailando”, funciona como una declaración de principios: Fangoria puede mirar atrás sin convertirse en una estatua.
También hay baladas synthpop dignas de un baile de fin de curso, como “Consecuencias”, y una mezcla general de hedonismo y desencanto. Donde el álbum destaca con más claridad es en su primera mitad. En vinilo, sería un disco de cara A. No es el mejor Fangoria, pero sí se va acercando poco a poco a una versión más enfocada del dúo. Y es de admirar que, pudiendo vivir cómodamente de los festivales de la nostalgia y tirar de repertorio de cualquiera de sus cuatro vidas musicales, sigan produciendo material nuevo con cierta regularidad, incluso cuando no siempre sea igual de brillante.
Donde el disco termina de cobrar sentido es en directo. En el concierto de presentación de la semana pasada, de nuevo en el Gran Teatro CaixaBank, las canciones nuevas no eran un mero apéndice del repertorio clásico, sino una forma de actualizarlo. Sonaron temas escritos y grabados originalmente entre 1982 y 2026, y ninguno se sintió fuera de lugar. Esa es una de las grandes virtudes de Fangoria: su capacidad para insuflar nueva vida a su propio catálogo.
Si eso implica remezclar “Me odio cuando miento” con la base de “Can’t Get You Out of My Head”, de Kylie Minogue, que así sea. Si esta vez toca introducir “Bailo” junto a “Bailando” y hasta jugar con “El fin del mundo” de La La Love You, adelante. Si aparece un interludio al ritmo de “I Promised Myself”, de Nick Kamen, no seré yo quien proteste. Fangoria lleva décadas entendiendo el concierto como un laboratorio donde las canciones antiguas no se conservan en formol, sino que se reprograman.
El cuerpo de baile, como siempre, fue una parte esencial del dispositivo. También lo fueron los visuales, más conectados que en otras giras con el universo del disco: el péndulo de Newton, cerebros observados como mapas, trenes, sombras y geometrías. Uno de los momentos más hermosos llegó con el homenaje a David Lynch: una proyección de la Habitación Roja de Twin Peaks, acompañada por el tema introductorio de la serie y el de Laura Palmer. No todo el mundo pareció captarlo, pero ahí estaba una de las claves del asunto: Fangoria siempre ha sido más que una sucesión de canciones. Es una experiencia estética completa.
Habrá quien vaya a sus conciertos solo para bailar y corear sus himnos preferidos. Y está bien. Pero pocos artistas españoles cuidan tanto la relación entre disco, imagen, directo, concepto y archivo personal. Quizá Rosalía sea una de las pocas excepciones evidentes en otra generación y desde otro lenguaje. En Fangoria, a veces mejor y a veces peor, todo forma parte de una obra de arte total: la canción, la portada, la peluca, el neón, el lema, la entrevista, el remix, la frase venenosa y el gesto de no tomarse demasiado en serio justo cuando están construyendo algo con una seriedad casi obsesiva.
Ese es el verdadero legado de Fangoria. Claro que conocen la escena contemporánea y participan de ella cuando les interesa, como demuestra la colaboración de Alaska con Aitana o el EP lanzado con Rojuu como acompañamiento a este disco. Pero no persiguen tendencias urbanas ni virales. Siguen habitando su propio universo. Conocen su estilo —o, en palabras de Alaska, sus limitaciones— y exploran cada una de sus variantes.
A lo largo de más de treinta y cinco años como Fangoria, o casi cincuenta si se mira desde Kaka de Luxe, el proyecto ha acabado convirtiéndose en una rareza de nuestra industria. Con permiso de su querido Raphael, y aunque a algunos les irrite, Alaska y Nacho Canut son uno de los grandes archivos vivos de la modernidad pop española. Pero no una pieza de museo. Fangoria no necesita parecer nuevo para seguir sonando vigente. Su fuerza reside precisamente en haber construido un mundo tan cerrado que cada nueva canción parece una habitación más dentro de la misma casa.
Hay que escuchar La verdad o la imaginación porque confirma que Fangoria sigue entendiendo el pop como una forma de pensamiento emocional: música para bailar, sí, pero también para teatralizar la pérdida, la duda, el deseo y la supervivencia. Al final, en Fangoria la verdad nunca ha estado en quitarse la máscara, sino en escoger bien cuál ponerse. La verdad o la imaginación funciona porque no intenta resolver esa tensión: se la lleva a la pista de baile.

