Clásicos del cine

Lo que nunca se vio de ‘Desayuno con diamantes’: peleas, censura y un rodaje imposible

Este clásico del cine cumple 65 años convertida en un icono, aunque detrás de Audrey Hepburn, Givenchy y Tiffany hubo un rodaje mucho menos perfecto de lo que Hollywood quiso recordar

A las cinco de la mañana, Nueva York todavía podía quedarse vacía. Al menos durante unos minutos. Un taxi amarillo se detiene frente a Tiffany & Co. y de él baja una mujer vestida de negro, con guantes hasta los codos, gafas enormes y varias vueltas de perlas alrededor del cuello. Lleva un café y algo de comer dentro de una bolsa de papel. No ocurre prácticamente nada. Audrey Hepburn mira las joyas detrás del cristal mientras empieza a sonar la música de Henry Mancini y Hollywood acaba de fabricar, casi sin saberlo, una de las imágenes más reproducidas del siglo XX.

Desayuno con diamantes, estrenada mundialmente en el Radio City Music Hall de Nueva York el 5 de octubre de 1961, cumple ahora 65 años. El American Film Institute sitúa precisamente aquel día su estreno mundial, antes de su presentación en Los Ángeles el 17 de octubre. Durante esas seis décadas y media la película ha sobrevivido a casi todo: a los cambios en las costumbres, a las revisiones del feminismo, a las críticas por uno de sus personajes y hasta al disgusto de Truman Capote, que detestó buena parte de lo que Hollywood hizo con su novela. Lo sorprendente es que una película que parece construida sobre la perfección naciera en realidad entre dudas, censura, enfrentamientos y decisiones que algunos de sus propios responsables terminarían lamentando.

La primera persona que dudó de Audrey Hepburn fue, en cierto modo, Audrey Hepburn. Holly Golightly estaba muy lejos de los personajes que habían cimentado su imagen. No era la princesa de Vacaciones en Roma ni la joven transformada por la alta costura de Sabrina. Era una mujer que vivía sola en Manhattan, salía con hombres ricos, aceptaba dinero de ellos y había construido cuidadosamente una identidad con la que esconder su pasado. Según documentación recogida posteriormente por Christie’s, Hepburn llegó a confesar a su agente Kurt Frings que Holly era tan distinta a ella que le daba miedo. Cuando terminó la película, sin embargo, reconocería que había sido uno de sus mayores desafíos precisamente por esa dificultad.

La propia actriz lo explicó después de una forma todavía más sencilla: ella era introvertida y Holly era todo lo contrario. Interpretar a aquella joven expansiva, mundana y capaz de dominar una habitación llena de desconocidos fue, según Hepburn, una de las cosas más difíciles que había hecho. Resulta una confesión especialmente interesante porque la posteridad terminó confundiendo a las dos mujeres. Para varias generaciones, Holly Golightly parece Audrey Hepburn y Audrey Hepburn parece Holly Golightly. Su hijo mayor, Sean Hepburn Ferrer, ha dedicado años precisamente a desmontar esa confusión entre el personaje público de su madre y la mujer que conoció en casa.

En una entrevista publicada por The Guardian recientemente con motivo de su nueva biografía, Intimate Audrey, Ferrer explicó que durante su infancia nunca tuvo la sensación de vivir con una gran estrella de Hollywood. Recordaba una casa normal y unas prioridades bastante alejadas de la alfombra roja. Cuando tenía unos 14 años organizó por su cuenta un pequeño festival de las películas de su madre utilizando copias en 16 milímetros y un proyector. Audrey aparecía ocasionalmente para preguntarle qué opinaba. Si a su hijo le gustaba alguna escena, ella tendía a atribuir el mérito al director o a sus compañeros antes que a sí misma. Es una imagen casi opuesta a la mujer que el mundo había aprendido a reconocer con una boquilla de cigarrillo en la mano.

Sean también ha defendido que bajo aquella apariencia delicada existía bastante más carácter del que sugería su imagen pública. “Podía luchar por lo suyo”, explicó en otra entrevista con The Guardian, donde la describió como una especie de puño de acero dentro de un guante de terciopelo. Recordaba, además, que había alcanzado un poder económico extraordinario para una actriz de su generación y que discutía hasta los detalles del vestuario con Hubert de Givenchy, a pesar de que el diseñador era uno de sus grandes amigos. Aquella determinación tendría bastante utilidad durante Desayuno con diamantes.

Portada de la edición original de 'Marilyn: A Biography'
Portada de la edición original de ‘Marilyn: A Biography’
Grosset and Dunlap

Porque antes de que Audrey pudiera convertirse en Holly, hubo otra mujer sobre la mesa. Truman Capote quería a Marilyn Monroe. No es una leyenda inventada después del estreno: el autor defendió durante años que Monroe se encontraba mucho más cerca de la mujer que él había escrito. Su Holly era menos inocente, bastante más sexual y también más áspera que la figura que terminaría interpretando Hepburn. Capote llegó a calificar la película como una de las peores elecciones de reparto que había visto y consideraba que Hollywood había convertido su obra en una versión demasiado bonita y sentimental de algo que debía ser mucho más incómodo. Turner Classic Movies conserva declaraciones del escritor en las que sostenía que la película había suavizado precisamente aquello que hacía interesante a su personaje.

Marilyn, sin embargo, no aceptó el papel. Las reconstrucciones de la producción coinciden en que su entorno interpretativo consideró que encarnar a una mujer que vivía en buena medida del dinero de hombres podía perjudicar su imagen. Sean Hepburn Ferrer aportó este mismo año una interpretación algo distinta y bastante sugerente: cree que Monroe pudo considerar a Holly demasiado próxima a la imagen pública que ya cargaba sobre sus hombros. Con Audrey, en cambio, se producía justamente lo contrario. La elección resultaba inesperada y quizá por eso funcionó.

La cuestión sexual fue también uno de los grandes quebraderos de cabeza de la adaptación. En 1961 seguía vigente en Hollywood el Production Code, el sistema de autocensura que regulaba lo que los grandes estudios podían mostrar en pantalla. George Axelrod recibió la tarea de transformar el texto de Capote en algo que Paramount pudiera estrenar sin incendiar a los censores. Sam Wasson explica en Fifth Avenue, 5 A.M., su conocida investigación sobre la creación de la película, cómo la historia tuvo que construirse a base de códigos y dobles sentidos. Axelrod convirtió al narrador de Capote en Paul Varjak y reforzó la estructura de comedia romántica, mientras la profesión de Holly se escondía detrás de eufemismos, regalos y aquellos famosos 50 dólares para ir al tocador.

Sam Wasson sostiene que precisamente ahí se encuentra parte de la modernidad de la película. Todo debía insinuarse sin decirse. En una entrevista con Vanity Fair, el escritor explicó que el estudio, el guionista, el director y los diseñadores caminaron permanentemente sobre una línea muy fina: Holly podía vivir sola, relacionarse con distintos hombres y disponer de su sexualidad, pero Hollywood necesitaba envolver todo aquello de forma suficientemente elegante para hacerlo aceptable. Incluso el vestido negro funcionaba, según Wasson, como parte de ese lenguaje secreto: la sofisticación permitía mostrar a una mujer sexualmente independiente sin presentarla como una amenaza.

La elegancia servía, en cierto modo, como salvoconducto. Si Holly hubiera sido interpretada como una mujer abiertamente sexual, probablemente los censores habrían encontrado muchos más problemas. Pero aquella mujer era Audrey Hepburn, vestida por Givenchy, caminando por la Quinta Avenida. Hollywood había descubierto una magnífica manera de introducir la transgresión por la puerta principal: ponerle perlas.

Fuera de cámara, entretanto, la convivencia no siempre era tan elegante. George Peppard, que interpretaba a Paul Varjak, mantuvo una relación especialmente difícil con Blake Edwards. Los relatos recopilados por Turner Classic Movies describen numerosas discusiones sobre la manera de interpretar el personaje. Peppard analizaba profundamente las escenas y tendía a cuestionar las instrucciones del director; Edwards prefería una interpretación más ligera y flexible. La tensión llegó hasta el punto de que ambos estuvieron cerca de enfrentarse físicamente.

Patricia Neal tampoco conservó un recuerdo especialmente amable de su experiencia con Peppard. Ella interpretaba a la rica señora Failenson, “2-E”, que mantiene económicamente a Paul. Esa inversión de los papeles tradicionales tenía bastante importancia en la historia: el protagonista masculino vivía también, en buena medida, del dinero de otra persona. Neal contó después que Peppard se sentía incómodo con determinados aspectos de aquella dinámica y que trabajar con él podía resultar frustrante. El actor quería proteger la masculinidad de su personaje; la película, mientras tanto, trataba precisamente de dos personas que negociaban dinero, sexo y afecto de maneras poco convencionales para el cine comercial de la época.

Audrey navegó por aquellas tensiones de otra manera. Quienes trabajaron con ella suelen recordar su enorme disciplina y su capacidad para mantener la calma, aunque no significara obedecer siempre. Y hay una historia que resume particularmente bien esa diferencia. Después de una proyección previa, uno de los responsables de Paramount consideró que había algo que sobraba en la película: Moon River.

La canción que Henry Mancini había compuesto pensando en las posibilidades vocales de Hepburn y para la que Johnny Mercer escribió la letra estuvo realmente amenazada. La versión reconstruida por Sam Wasson y recogida años después por Los Angeles Times señala que el ejecutivo Marty Rackin anunció tras una proyección que la canción debía desaparecer. El productor Richard Shepherd se levantó entonces y contestó que solo la cortarían sobre su cadáver. Rackin cedió. Moon River terminó ganando el Oscar a la mejor canción y el Grammy a canción del año.

Existe, sin embargo, otra versión que ha acompañado a Audrey durante décadas. Turner Classic Movies y testimonios posteriores atribuyen a la propia Hepburn una reacción casi idéntica: “Sobre mi cadáver”. Su hijo Sean también ha recordado la historia como ejemplo del carácter de su madre. Es difícil saber cuál de las dos intervenciones fue decisiva —y no es imposible que ambas se produjeran en distintos momentos—, pero lo seguro es que la canción estuvo discutida y permaneció en la película. El resultado convirtió una decisión aparentemente menor de montaje en uno de los mayores errores que Paramount pudo haber cometido y, afortunadamente, no cometió.

El otro gran protagonista era Tiffany. La película fue la primera a la que la firma permitió rodar dentro de su emblemática tienda de la Quinta Avenida, según documentación reciente sobre el 65 aniversario. La relación fue extraordinariamente beneficiosa para ambas partes. Tiffany ya era una casa célebre, pero Desayuno con diamantes la convirtió en algo más difícil de comprar con publicidad: una fantasía. Holly acude allí cuando siente lo que llama sus mean reds, porque está convencida de que en un lugar tan ordenado y elegante no puede ocurrir nada malo.

La paradoja es magnífica. Holly prácticamente no tiene dinero, vive en un apartamento medio vacío y dedica buena parte de su energía a encontrar a hombres capaces de proporcionarle seguridad económica. Sin embargo, acabó transformada en uno de los símbolos más persistentes del lujo. El célebre Tiffany Diamond, un diamante amarillo de 128,54 quilates después de su talla, ni siquiera fue llevado por Hepburn dentro de la película, aunque sí apareció asociado a ella en las fotografías promocionales. Una mujer ficticia con problemas económicos terminó vendiendo durante décadas la idea de la riqueza.

Hay, sin embargo, una parte de la película que el tiempo no ha embellecido. Mickey Rooney interpreta al señor Yunioshi, el vecino japonés de Holly, mediante maquillaje, prótesis dentales, gafas y un acento caricaturesco. Hoy es uno de los ejemplos más citados del yellowface del Hollywood clásico. Lo importante es que las críticas no comenzaron únicamente desde nuestra sensibilidad contemporánea. El catálogo del American Film Institute recoge que una crítica de Los Angeles Times publicada ya en septiembre de 1961 calificó la interpretación de Rooney de inexcusable.

Con los años llegaron también los arrepentimientos. Blake Edwards reconoció que, mirando hacia atrás, habría deseado no haberlo hecho. El propio Rooney escribió en su autobiografía que estaba avergonzado de aquel personaje y que tampoco creía que Edwards se sintiera orgulloso de él. Es quizá el elemento que mejor demuestra cómo cambia una película cuando cambia quien la mira. Desayuno con diamantes puede continuar siendo un clásico y, al mismo tiempo, contener una decisión que hoy resulta imposible justificar.

Sesenta y cinco años después, la película sigue provocando algo que muchas obras técnicamente mejores nunca consiguieron: deseo. Deseo de Nueva York, de vestidos negros, de taxis amarillos, de apartamentos imposibles, de noches que terminan cuando las tiendas todavía están cerradas. Sean Hepburn Ferrer cree que las películas de su madre poseen una cualidad que les ha permitido resistir el paso del tiempo. Pero cuando habla de Audrey también introduce una corrección importante al mito. Su madre, dice, nunca creyó ser la mejor actriz del mundo. Era consciente de sus limitaciones. “Pero era una estrella de cine”, resumió.

Quizá ahí esté la diferencia. La secuencia inicial de Desayuno con diamantes no necesitaba una gran interpretación, un diálogo inolvidable ni una escena particularmente complicada. Bastaron una actriz, un vestido, una Quinta Avenida vacía y un escaparate. Mientras Audrey desayunaba mirando las joyas, el público todavía no sabía que Capote había querido a Marilyn, que la censura había obligado a disfrazar buena parte de la historia, que el director terminaría desesperado con su protagonista masculino, que Moon River estuvo a punto de ser eliminada o que uno de sus personajes acabaría siendo motivo de vergüenza para quienes lo crearon. En la pantalla no se veía nada de eso. Solo estaba Audrey Hepburn frente a Tiffany… Y por eso seguimos mirando.

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