Hay un chiste bastante reciente que circula entre los cinéfilos premium pass con cuello vuelto. Dice lo siguiente: “Si te ha gustado más Nouvelle Vague que Al final de la escapada, es que el cine se ha ido a la mierda”.
Si no lo has cogido, no pasa nada. Si no le ves la gracia, tampoco pasa nada: no la tiene.
El 99,9% de las personas que no entienden el chiste son la gente “normal”, incluso aficionados al cine, que no han visto ni Nouvelle Vague ni Al final de la escapada, que no ven relación entre ellas, ni a nivel metalingüístico, ni teórico, y que han oído de pasada que hubo un movimiento llamado La nueva ola Francesa que ¿cambió? el cine para siempre. Eso dicen.
Ni falta que les hace. Ellos no pertenecen al grupo de los ensartados por este arte, ese que desearía olvidar su opción fundamental, tal es el tamaño de su úlcera cada vez que visionan cosas tipo Amarga Navidad o Una batalla tras otra. Ni Paolo Sorrentino les salva.

Nouvelle Vague es un filme del últimamente bastante prolífico Richard Linklater, un cineasta en el abismo entre lo autoral y el mainstream, y al que seguro que conoces por las joyitas Antes del amanecer (y sus secuelas) y, especialmente, por su obra maestra Boyhood, que tardó en rodar 12 años. Si no te lo explicas, corre ahora mismo a verla y lo entenderás. Como Richard es rico y está también atravesado por el veneno del séptimo arte, el año pasado, en lugar de comprarse un barco, un Ferrari o un perrete de Jeff Koons, se gastó la pasta en un autorregalo (que nadie fue a ver, claro, aunque tuviera montones de premios en los César franceses) en forma de ejercicio de estilo con voluntad necrófila: Nouvelle Vague se llama su flamante deportivo cromado, un homenaje, en fondo y forma, a Al final de la escapada, la película con la que Jean-Luc Godard (con permiso de Los 400 golpes de François Truffaut), puso la semilla del movimiento homónimo, quizá el más importante de la historia del cine y lugar común para cualquier aspirante a romper en mil pedazos (o planos) la gramática cinematográfica. Una de esas creaciones que lleva desde 1960 cogiendo polvo en las estanterías del cine.
Nouvelle Vague, bellísima en su puesta en escena, llega a ser terrorífica por la pericia de Linklater para corporeizar a toda la “banda aparte” del movimiento que revolucionó el cine (un ratito). Por ahí se nos aparecen los colegas de Godard, el antes aludido Truffaut (igualico), Jean-Pierre Melville, Éric Rohmer, Agnès Varda o Jacques Rivette y todos los lunáticos que hicieron posible esta obra fundacional, encabezados por su icónica pareja protagonista, que ha trascendido su propia naturaleza para convertirse en icono de la cultura occidental: Jean-Paul Belmondo y la malograda Jean Serberg, fantasmagóricamente mimetizada en la excelente Zoey Deutch.

Entre el rigor documental y la ensoñación por haber estado ahí, Linklater compone planos imperfectos, libres, anárquicos, inspirados en la propia obra referencial, que captan la atmósfera de un tiempo y de un estado mental con tal veracidad (humo, cine roto, obturador quemado), que dan hasta miedo: uno cree estar contemplando una aparición mariana. Son dos horas de goce intenso para el cinéfilo, paraíso perdido de todos aquellos que alguna vez soñamos con romper la barrera del celuloide y aparecer en el otro lado del espejo, como Alicia, como Jean, como Jean-Paul, como Jean-Luc, que siempre serán eternos al final de su escapada.
Pero una vez que despertamos del sueño en el que Linklater nos ha mecido con el éter fetichista, la realidad se impone con toda su prosaica lógica. ¿A quién le importa el cine? O mejor, ¿quién ve las películas? ¿Con quién compartir nuestro viaje más allá de Orión, o más allá del arco iris?
Con nadie: en cuanto los cinéfilos salimos de nuestro líquido amniótico, nos quedamos mudos, a la manera de Harpo. “Las películas nos libran del miedo a la vida real”, viejo mantra de la Nouvelle Vague.
Nadie acude ya a la pantalla oscura, esto es así, y nadie quiere entrenarse la mente mientras ve un filme, que para eso están las películas subrayaditas. Y mucho menos busca el cine de arte y ensayo, esa cosa, experimentos rupturistas como Al final de la escapada, preñados de subtexto, complejos, imperfectos, a imagen y semejanza de su creador, pero que intentan ir más allá en los límites de su arte, palanqueando así al resto de congéneres.
Y si no, ¿cómo me explicas el titular que leo mientras tecleo mi húmedo panegírico al cine y que me saca del caliente útero godardiano? “20.000 jóvenes celebran en la localidad francesa de Bourges una rave en un campo minado”. Pero Dios mío, ¿es que ninguno de estos raveros ha visto Sirat? ¿Y encima en Francia, la tierra de Godard?
Pues no. Claro que no. Los cinéfilos estábamos equivocados. Una vez más. Creíamos que la realidad era la nuestra, pero no. Es otra. Y nos gusta menos. ¿Qué dirían los espíritus libres de Michel Poiccard y Patricia? ¡New York Herald Tribune!

