Hay exposiciones que no aspiran a contar una vida entera, sino a recordar por qué esa vida importó. La que dedica la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando a Oriol Maspons pertenece a esa categoría: una muestra breve, deliberadamente contenida, que sabe a poco si se mide por la dimensión del autor, aunque resulta suficiente para reactivar su mirada y volver a situarla en el presente.
Maspons fue uno de los grandes responsables de que la fotografía española dejara de mirarse en el espejo del pictorialismo y empezara a dialogar con la modernidad. Lo dejó claro muy pronto, en 1956, cuando defendía sin complejos el “mal gusto” como espacio de vitalidad frente a lo refinado y moribundo. Aquella declaración no era una boutade juvenil, sino un programa estético y político: sacar la fotografía de los salones, colocarla en la calle, en los libros, en las revistas, en los discos, y convertirla en una herramienta capaz de leer el país que emergía, a trompicones, bajo el franquismo.

La Academia madrileña presenta ahora doce imágenes procedentes de sus fondos. Doce fotografías no pueden explicar un legado que fue vasto y heterogéneo, ni competir con la gran retrospectiva que el Museu Nacional d’Art de Catalunya dedicó al autor en 2020, con más de quinientas obras. La apuesta aquí es otra: condensar una tensión clave en su trabajo, la que se produce entre una España anclada en lo tradicional y los primeros signos de la modernidad que empezaban a filtrarse por playas, carreteras y escaparates.
Barracas de la Barceloneta, escenas rurales de La Mancha, niños jugando a ser toreros conviven en la sala con turistas inglesas en la Costa Brava, hippies en Ibiza o iconos del consumo global. Esa fricción alcanza uno de sus momentos más elocuentes en La globalización (1961): dos hombres sentados en un poyete, ajenos y atentos a la vez, bajo un gigantesco anuncio de Pepsi-Cola. La imagen sigue funcionando hoy como una síntesis precisa de un país que empezaba a abrirse al exterior sin terminar de reconocerse en él.

Donde la exposición gana espesor es en las vitrinas. Allí se despliega el Maspons más decisivo: el fotógrafo que entendió que la modernidad no se jugaba solo en la toma, sino en la circulación de las imágenes. Libros, revistas y discos muestran cómo su trabajo encontró cauces de difusión inéditos en la España de los años sesenta. Destacan las cubiertas para Seix Barral y, sobre todo, las realizadas para Editorial Lumen, en la mítica colección Palabra e Imagen, que otorgó a la fotografía un estatus cultural hasta entonces reservado a otras disciplinas.
Fue en ese contexto donde Maspons publicó La caza de la perdiz roja (1961), con textos de Miguel Delibes, y más tarde Toreo de salón, junto a Camilo José Cela, o Poeta en Nueva York, con los versos de Federico García Lorca, en colaboración con Julio Ubiña. Aquellos libros no solo ampliaron el público de la fotografía, también la situaron en el centro de la conversación cultural del momento.
La muestra recuerda asimismo su relación con la música y la cultura popular. Las imágenes de Maspons llegaron a las portadas de discos de la Nova Cançó, como los de Raimon, y de grupos populares como Los Xey. Esa transversalidad —del arte al consumo, de la literatura a la canción— explica buena parte de su vigencia.

También se subraya su vinculación con el grupo Afal y con la revista del mismo nombre, que entre 1956 y 1963 funcionó como laboratorio de la joven fotografía española. Aquel impulso colectivo fue decisivo para que una generación entera encontrara un lenguaje propio y acabara ocupando un lugar central en la historia visual del país.
La exposición es pequeña y deja fuera territorios esenciales de su trayectoria, como el retrato, la moda o la publicidad. Pero, quizá por eso mismo, funciona como una invitación más que como un cierre. Volver a Maspons —aunque sea en dosis mínimas— permite hoy en día recordar que la modernidad no consiste solo en lo nuevo, sino en la capacidad de mirar lo que ocurre alrededor con lucidez, ironía y una saludable desconfianza hacia lo establecido.


