La 40ª edición de los Premios Goya, celebrada en Barcelona, confirmó algo más que un palmarés: certificó el momento de madurez del cine español. La noche fue, en apariencia, un empate técnico entre dos modelos de entender el cine —el místico y abrasivo de Sirat, de Oliver Laxe, y el íntimo y moralmente complejo de Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa—, pero el relato final pertenece a esta última. Aunque la cinta de Laxe fue la más premiada en número de estatuillas, seis en total, fue Los domingos la que se llevó los galardones decisivos: Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Guion Original y los premios para sus dos actrices principales, Patricia López Arnaiz y Nagore Aranburu. Cinco Goya que pesan más que la aritmética.
La historia de una adolescente que decide ingresar en un convento de clausura ha logrado algo poco frecuente: interpelar a públicos ideológicamente opuestos. Para algunos, es el retrato de una elección espiritual total; para otros, una reflexión incómoda sobre la presión estructural y la educación religiosa. Alauda Ruiz de Azúa ha defendido siempre que trabaja con preguntas, no con consignas, y esa ambigüedad fértil ha sido la clave de su recorrido: Concha de Oro en San Sebastián, respaldo de crítica y productores, éxito de taquilla y ahora el aval definitivo de la Academia. Los domingos no solo ha ganado: ha consolidado una forma de narrar lo íntimo como territorio político sin subrayados.

Frente a ella, Sirat confirmó su condición de fenómeno técnico y sensorial. La película de Oliver Laxe, que representará a España en los Oscar y ya cuenta con dos nominaciones en Hollywood, obtuvo seis premios: Música Original (Kangding Ray), Sonido (Amanda Villavieja, Laia Casanovas y Yasmina Praderas), Montaje (Cristóbal Fernández), Dirección de Producción (Oriol Maymó), Fotografía (Mauro Herce) y Dirección Artística (Laia Ateca Font). Que el filme más arriesgado del año no se fuera de vacío rompe una tradición reciente en la que los títulos consagrados en festivales internacionales sufrían cierto castigo doméstico. Esta vez no hubo ajuste de cuentas. Hubo reconocimiento.
En ese equilibrio salomónico entre ambos títulos se dibuja una Academia que intenta reconciliar tradición e innovación. Si Los domingos representa el cine de personajes, palabra y conflicto moral, Sirat es experiencia física, atmósfera y abismo. Que ambos convivan en el mismo palmarés habla de una industria que ya no necesita elegir un único camino.
La tercera gran protagonista de la noche fue Sorda, de Eva Libertad. La película logró tres premios fundamentales: Actriz Revelación para Miriam Garlo, Actor de Reparto para Álvaro Cervantes y Dirección Novel para la propia Libertad. El reconocimiento no solo consolida una trayectoria festivalera sólida, sino que señala una sensibilidad creciente hacia relatos que cuestionan la idea de normalidad y el lugar de las personas con discapacidad en la narrativa audiovisual. El discurso de Garlo fue uno de los momentos más celebrados de la gala, por su honestidad y por su capacidad para trasladar la experiencia personal al terreno colectivo.

También hubo espacio para el reconocimiento a trayectorias consolidadas. José Ramón Soroiz se impuso como Mejor Actor por Maspalomas, culminando una temporada en la que ya había sido distinguido en varios certámenes. Toni Fernández Gabarre fue premiado como Actor Revelación por Ciudad sin sueño, mientras que el guion adaptado de La cena encontró finalmente recompensa tras años de intentos por llevar la obra al cine. En el lado amargo, Romería, de Carla Simón, volvió a quedarse sin premios pese a sus múltiples nominaciones, prolongando una racha que empieza a adquirir tintes paradójicos.
En el plano político y social, la gala mantuvo el tono reivindicativo habitual, aunque sin el impacto colectivo de otras ediciones históricas. Hubo mensajes contra la guerra y en favor de Palestina, visibles tanto en discursos como en chapas en la alfombra roja. El Goya Internacional a Susan Sarandon aportó una dimensión internacional a esa conversación: la actriz apeló a la esperanza como herramienta de resistencia y elogió la “lucidez moral” que percibe en España ante los conflictos actuales. Luis Tosar y Rigoberta Bandini, como presentadores, aludieron a la gravedad del momento internacional, en una ceremonia donde la conciencia política convivió con la celebración industrial.

Sin convertirlo en el eje central de la noche —ese análisis merece capítulo aparte—, resulta significativo que varias de las películas más relevantes del año estén firmadas o protagonizadas por mujeres. No como gesto coyuntural, sino como consecuencia de un cambio estructural que se va asentando. Los domingos, Sorda o los equipos técnicos de Sirat reflejan una presencia femenina que ya no es anecdótica ni decorativa, sino decisiva en la construcción del relato cinematográfico contemporáneo.
En su 40º aniversario, los Goya 2026 no ofrecieron una revolución, pero sí un retrato fiel de la complejidad del cine español actual: dividido entre lo introspectivo y lo radical, entre el clasicismo narrativo y la experimentación formal, entre el éxito popular y la búsqueda artística. Y en ese mapa, Los domingos emerge como la película que mejor ha sabido traducir el debate cultural del año en emoción compartida. Ganó cinco premios pero, sobre todo, ganó el relato.
