Cine

‘Ruega por nosotras’ y las jóvenes a las que España encerró para corregirlas

El director estrena el 6 de noviembre un thriller sobre el Patronato de Protección a la Mujer. Daniel Monzón explica la investigación, las dificultades y el compromiso personal que sostienen una película sobre la represión y la amistad

Ruega por nosotras, de Daniel Monzón
Ruega por nosotras, de Daniel Monzón

Ana tiene 19 años y una familia que considera peligrosa su rebeldía. Vive en Barcelona, en 1974, y una escapada nocturna basta para que su padre decida enviarla a Madrid, a un reformatorio del Patronato de Protección a la Mujer. Allí encontrará una disciplina destinada a doblegarla y a otras jóvenes que intentan conservar algo de sí mismas. Entre ellas está Sole, cuya vitalidad se convertirá en su principal apoyo. Con estas dos chicas, interpretadas por Zoe Bonafonte y Manuela Calle, Daniel Monzón se adentra en una historia que durante décadas quedó fuera del conocimiento de buena parte de la sociedad española: Ruega por nosotras llega a los cines el 6 de noviembre.

El propio director desconocía la existencia de aquella institución hasta 2020. Estaba terminando Las leyes de la frontera cuando empezó a investigar un sistema que había permitido encerrar a jóvenes para someterlas a la moral del franquismo. Compartió el hallazgo con su habitual compañero de escritura, Jorge Guerricaechevarría. Tampoco él conocía el Patronato. Ambos emprendieron una investigación que acabaría convirtiéndose en un proyecto de varios años. En la presentación de la película en San Sebastián, fuera de concurso, Monzón explicó hasta qué punto le había impresionado descubrir algo tan cercano y tan poco contado.

Zoe Bonafonte y Manuela Calle protagonizan la película 'Ruega por nosotras'
Zoe Bonafonte y Manuela Calle protagonizan la película ‘Ruega por nosotras’

La distancia histórica resulta engañosa. El Patronato franquista empezó a funcionar en 1941 y sobrevivió hasta 1985. Dependía del Ministerio de Justicia y su actividad se prolongó durante la Transición y los primeros años de la democracia. Monzón ha insistido en esa continuidad durante la promoción: las mujeres que pasaron por sus centros pertenecen a generaciones que siguen entre nosotros. El encierro, la explotación y el estigma dejaron consecuencias que no terminaron al cruzar la puerta de salida.

La conducta femenina se vigilaba desde muchos frentes. Fumar, desobedecer, participar en una manifestación o mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio podían servir para señalar a una joven. El embarazo fuera del orden familiar establecido agravaba esa condena moral. Ruega por nosotras sitúa en el centro de su relato esa capacidad de intervenir sobre la vida de las mujeres: quién podía decidir por ellas, qué deseos se consideraban aceptables y qué castigo recibía quien se apartaba de la norma. La familia de Ana participa en el mecanismo que acabará privándola de libertad.

En una conversación radiofónica con Javier del Pino, el cineasta resumió el propósito de aquellos centros: “Trataban de adoctrinarlas. Hubo una tortura psicológica y emocional brutal”. La institución encontraba respaldo en congregaciones religiosas, pero también en una sociedad que vigilaba y denunciaba. Esa colaboración extendía el control mucho más allá de los edificios donde permanecían encerradas las internas.

El director y guionista Daniel Monzón posa junto a las actrices Zoe Bonafonte (2d), Manuela Calle (i), Adelfa Calvo (3i), Belén Cruz (2i) y Carla Domínguez (3i) en el Festival de Cine de San Sebastián
El director y guionista Daniel Monzón posa junto a las actrices Zoe Bonafonte (2d), Manuela Calle (i), Adelfa Calvo (3i), Belén Cruz (2i) y Carla Domínguez (3i) en el Festival de Cine de San Sebastián
EFE

Para reconstruirlo, los guionistas acudieron a los trabajos de Consuelo García del Cid, superviviente del Patronato e investigadora de sus abusos. Su labor había permitido recuperar testimonios de mujeres que durante años habían guardado silencio. La escritora leyó el guion y les cedió el título de uno de sus libros. El reconocimiento a ese trabajo previo es importante porque la película llega después de que las propias víctimas hayan dedicado años a documentar lo sucedido y a reclamar que alguien las escuche.

“Ningún castigo de los que se ven en Ruega por nosotras es ficción, por desgracia”, afirmó Monzón durante el festival. La frase explica la responsabilidad con la que presenta el proyecto. La narración utiliza los recursos del thriller y sigue a unos personajes, pero los abusos representados proceden de la documentación y los testimonios reunidos. Esa distinción permite entender la apuesta: transformar la investigación en una historia que pueda alcanzar a espectadores que nunca han oído hablar del Patronato.

También exigía decidir cuánto mostrar. En la rueda de prensa de San Sebastián, el director explicó que habían descartado reproducir algunos de los castigos más sádicos para concentrarse en la violencia psicológica y evitar una representación irrespetuosa con las víctimas. La amenaza permanente, el sometimiento y la destrucción de la identidad ocupaban un lugar esencial en lo que querían contar. A esa dificultad se sumó la financiación: el proyecto tardó en salir adelante porque, según relató, no encontraba disposición favorable en todos los despachos.

‘Ruega por nosotras’, película sobre las torturas en el Patronato de la Mujer hasta 1985
‘Ruega por nosotras’, película sobre las torturas en el Patronato de la Mujer hasta 1985

En aquella comparecencia apareció además una razón íntima para perseverar. Monzón habló de su hija y de la proximidad entre su edad y la de las protagonistas: “Una película así se la debía a mi hija”. La declaración enlaza el trabajo del cineasta con una preocupación concreta por la libertad de las jóvenes que hoy crecen en España.

La amistad entre Ana y Sole sostiene la respuesta de la película al encierro. Guerricaechevarría lo explicó en el festival: “La forma de sobrevivir es uniéndose”. Ese vínculo les permite conservar confianza, ayudarse y mantener abierta una posibilidad de futuro. Monzón ha defendido, además, que las protagonistas deben conservar la energía propia de su edad. De ahí la presencia de la aventura y el suspense: incluso sometidas a una disciplina asfixiante, siguen siendo jóvenes con deseos, impulsos y capacidad para actuar.

El director de Celda 211 vuelve así a un espacio cerrado donde la autoridad puede decidir casi todo sobre quienes están dentro. En una entrevista reciente explicó que le interesa la prisión como una concentración de las relaciones de poder que existen fuera. También recordó la indignación que le provocaba Alguien voló sobre el nido del cuco: el apego a sus personajes hacía insoportables las injusticias que padecían. Esa es la reacción que busca ahora, trasladada al destino de Ana y sus compañeras.

Durante la promoción, Monzón ha expresado su preocupación por un posible retroceso en los derechos de las mujeres. La película empezó a gestarse hace seis años y llega a las salas con esa inquietud añadida. Su propuesta invita a conocer qué ocurrió dentro de aquellas instituciones y a prestar atención a quienes todavía pueden contarlo. Ana y Sole llevan al cine una juventud que otros quisieron corregir por la fuerza. Detrás de sus personajes están las mujeres que consiguieron salir, recordar y dejar constancia de lo que les hicieron.

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