Cuando la compañía Ay Teatro estrenó Tebanas en 2025, en el Teatro Principal de Zamora, pocos imaginaron que su versión condensada de las grandes tragedias del ciclo tebano se convertiría en uno de los acontecimientos escénicos más comentados de la temporada madrileña. Hasta el 15 de febrero, La Abadía presenta esta ambiciosa síntesis de Edipo Rey y Antígona de Sófocles, Siete contra Tebas de Esquilo y Fenicias de Eurípides, una obra que no solo recorre la saga maldita de los Labdácidas, sino que la reinterpreta como un rito colectivo, un acto de teatro primitivo que invita al público a mirarse en el espejo de la tragedia clásica desde la urgencia del presente.
Firmado por el dramaturgo y poeta Álvaro Tato y dirigido por Yayo Cáceres —quien también firma la música original—, el montaje reúne a seis jóvenes intérpretes que encarnan, cantan y tocan a la vez, disolviendo las fronteras tradicionales entre coro y personajes concretos. En escena, la palabra, la música y la fisicidad se integran en un único gesto teatral que articula una narrativa de amor, culpa, violencia, destino y rebelión.

Desde su concepción, Tebanas surge de una reflexión sobre la tragedia como forma de entender la vida contemporánea. Según Tato, la idea inicial nació durante la pandemia, cuando la peste tebana evocaba simbólicamente la experiencia del confinamiento global y sus resonancias éticas, sociales y existenciales. A partir de ese punto, la compañía asumió el reto de sintetizar tres tragedias completas y un entremés cómico —inspirado en las comedias aristofánicas— para plantear una mirada coral sobre el destino humano.
La estructura de Tebanas, dividida en tres actos que siguen el esquema de los concursos dionisíacos, remite al origen del teatro occidental como ritual comunitario: un pasaje mitológico dividido en episodios trágicos, interrumpido por momentos de humor que funcionan como alivio y catarsis. La presencia de un breve homenaje a Aristófanes, con fragmentos que introducen ironía y comicidad, recuerda que el teatro griego clásico siempre combinó tonos y géneros para explorar la condición humana en su totalidad.
En La Abadía, la puesta en escena destaca por su economía de recursos escénicos: pocos elementos de atrezzo, iluminación precisa, un espacio abierto donde los cuerpos de los intérpretes construyen y destruyen narrativas constantes. El elenco —Cira Ascanio, Marta Estal, Mario García, Fran Garzía, Daniel Migueláñez y Mario Salas de Rueda— asume un compromiso físico notable, donde cada gesto, cada canto y cada paso contribuyen a una experiencia teatral intensa. Todos los intérpretes participan también en la música en directo, fusionando narración y composición en un solo flujo sonoro y dramático y tocando los instrumentos a la vez.

El montaje condensa, pero no diluye, las grandes preguntas que atraviesan los textos clásicos: ¿es la culpa hereditaria? ¿Cómo se construye la identidad frente al destino? ¿Debe prevalecer la ley del Estado sobre la conciencia individual —como plantea Antígona frente a Creonte—? ¿Qué significa justicia en un contexto de violencia fratricida? Estas interrogantes, formuladas hace más de dos milenios, resuenan hoy con fuerza en un mundo marcado por crisis políticas, desigualdades y tensiones sociales globales.
Tato subraya que en Tebanas no interesa tanto el lamento trágico como la obstinación humana por enfrentarse a un destino adverso. “La tragedia no es solo llanto, es una lucha, una fiesta coral y un acto ritual donde la ciudad se mira a sí misma”. Para él, la Tebas que se presenta en escena puede ser “nuestra ciudad, nuestro país, nuestra Europa o incluso nuestro mundo”, una proyección de conflictos sociales contemporáneos en el marco mítico clásico.
Yayo Cáceres, por su parte, ha señalado que en el corazón de Tebanas late un “problema familiar universal”: las tensiones entre generaciones, el choque de voluntades y la rabia contenida que se expande desde lo íntimo hasta lo político. Esta dimensión se escucha en la música y en la declamación, donde el verso y el canto no solo narran sucesos, sino que evocan estados emocionales primarios: furia, duelo, desafío y resignación.
En general, la obra despoja a la tragedia griega de solemnidad excesiva sin renunciar a su intensidad poética, subrayando la fuerza del coro y la energía del relato colectivo y haciendo accesibles estos mitos antiguos a un público contemporáneo sin reducir su complejidad esencial. La Abadía —un espacio que, bajo la dirección de Juan Mayorga, ha apostado por acercamientos contemporáneos a los clásicos— se inscribe así en una programación que busca hacer dialogar textos fundacionales con problemáticas actuales.
En un tiempo donde las tensiones morales y éticas parecen multiplicarse, donde las preguntas sobre justicia, identidad y comunidad se vuelven urgentes, Tebanas ofrece una oportunidad para reencontrarse con la tragedia clásica como herramienta de autoconocimiento y crítica social. Es, en última instancia, una invitación a escuchar la voz del coro —esa polis primigenia que se vuelve espejo de nuestra propia polis— y a cuestionar, una vez más, qué significa ser humano frente a un destino inexorable.
