“A poc a poc i bona lletra” (poco a poco y con buena letra, en su traducción al castellano). Un dicho habitual que, como en las ocasiones excepcionales, ha marcado el rumbo de la que hoy luce como mejor portera del mundo en 2026. Porque a Cata Coll le repitió esa frase en multitud de ocasiones su madre, a la que dedicó el premio junto a su padre en la Gala del Balón de Oro por “estar siempre y dar sin pedir nada a cambio”. Era su homenaje al proceso. A la constancia. Por eso, se grabó la citada frase en el vestido blanco con el que deslumbró a todos al recoger el prestigioso Trofeo Yashin. Por eso, recordó este consejo para que muchas lo tomaran como guía. Ella no llegó hasta ahí solo por talento, que lo tiene, sino que trabajó con este lema por bandera.
Solo hace falta echar la vista atrás y ver todos esos pasos en los que mantuvo la cabeza fría. A sus 25 años, la futbolista alcanzó una de las cimas más importantes de su carrera, después de una temporada extraordinaria en la que conquistó los cuatro grandes títulos con el conjunto azulgrana: Liga F, Copa de la Reina, Supercopa de España y Liga de Campeones. Como titular e indiscutible. Detrás de aquella imagen con el trofeo entre las manos había mucho más que una colección de títulos. Había una niña que soñaba con defender una portería, una familia que creyó en ella desde el principio, una lesión que puso a prueba su paciencia y una trayectoria construida con esfuerzo, personalidad y perseverancia. Su reconocimiento internacional no fue un golpe de suerte, sino la culminación de un camino que explica por qué hoy su nombre ocupa un lugar entre las grandes porteras del fútbol mundial.
La historia comenzó en Mallorca, donde dio sus primeros pasos en el fútbol desde muy pequeña. La pelota formaba parte de su vida cotidiana y su deseo de convertirse en portera apareció mucho antes de que los grandes estadios y las noches europeas formaran parte de su horizonte. Empezó jugando en el Sporting Sant Marçal y pasó por diferentes equipos de la isla, entre ellos el CD CIDE y el Athletic Marratxí, antes de incorporarse al Collerense, uno de los referentes del fútbol femenino balear.
Sus primeros años estuvieron marcados por una determinación poco habitual. Quería jugar bajo los palos, aunque inicialmente también destacaba como jugadora de campo. Mientras otras futbolistas todavía estaban descubriendo qué lugar querían ocupar en el terreno de juego, Coll comenzaba a construir una identidad propia. La portería le exigía concentración, valentía y capacidad para convivir con el error, tres cualidades que acabarían definiendo su estilo. En Mallorca encontró sus primeras oportunidades, pero también las raíces que nunca ha querido dejar atrás. Mucho antes de que su apellido apareciera en una gala internacional, su carrera se sostenía sobre entrenamientos, desplazamientos, sacrificios familiares y la convicción de que aquel sueño merecía la pena.
Su progresión pronto llamó la atención de los responsables de las categorías inferiores de la selección española. En 2018, Coll formó parte de una generación que dejó huella al conquistar el Mundial sub-17 y el Europeo de la categoría. En el campeonato mundial, celebrado en Uruguay, su rendimiento bajo palos le permitió conseguir el Guante de Oro como mejor guardameta del torneo. Aquel reconocimiento fue una primera señal de lo que podía llegar a ser, pero también una prueba de que su talento necesitaba seguir desarrollándose.
Ese mismo año disputó el Mundial sub-20 de Francia, en el que España terminó como subcampeona, una experiencia que amplió su formación competitiva cuando todavía era adolescente. La mallorquina empezó a acumular partidos internacionales, finales y responsabilidades que la obligaron a madurar rápidamente. No se trataba únicamente de detener disparos. Debía aprender a ordenar la defensa, interpretar los momentos del partido y sostener emocionalmente al equipo cuando los errores podían cambiar un campeonato.
La portería es una posición en la que la confianza se construye durante mucho tiempo y puede ponerse en duda en cuestión de segundos. Coll aprendió pronto esa realidad y fue convirtiendo su juventud en una oportunidad para crecer. Su trayectoria en las categorías inferiores no sólo anticipó sus futuras conquistas, sino que le proporcionó una experiencia decisiva para afrontar los desafíos que llegarían en el fútbol profesional.
El salto al FC Barcelona abrió una nueva etapa, aunque el camino hacia la titularidad no fue inmediato. Durante la temporada 2019-2020 jugó cedida en el Sevilla, una experiencia que le permitió continuar su desarrollo antes de regresar a la entidad azulgrana. Brilló en la ciudad hispalense y volvió con ganas de más. Con el Barça comenzó a familiarizarse con las exigencias de un equipo construido para dominar los partidos, competir por todos los títulos y asumir una enorme responsabilidad en cada competición.
En la temporada 2020-2021 participó en la conquista de la Liga de Campeones y fue ganando terreno dentro de una plantilla repleta de futbolistas internacionales. Su debut europeo, el 16 de diciembre de 2020 ante el PSV, representó otro paso en una carrera que avanzaba desde las competiciones formativas hacia la élite continental. No obstante, pertenecer a un equipo ganador no garantizaba un puesto fijo.
La portería del Barça exigía regularidad, precisión con los pies y capacidad para intervenir en situaciones de máxima presión, incluso cuando el rival apenas lograba acercarse al área. Coll fue creciendo en ese contexto, combinando sus reflejos con una personalidad cada vez más reconocible. Su seguridad y su disposición para jugar adelantada encajaban con un equipo que necesita que su guardameta participe también en la construcción del juego. El talento que había mostrado en Mallorca comenzaba a transformarse en una herramienta decisiva para competir al máximo nivel.
Su grave lesión de rodilla y el Mundial como inflexión
El proceso, sin embargo, no estuvo libre de obstáculos. Una rotura del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha la mantuvo alejada de los terrenos de juego durante más de un año y amenazó con frenar una progresión que parecía imparable. Para cualquier futbolista, una lesión de esa gravedad supone mucho más que una pausa en el calendario: implica afrontar la incertidumbre, recuperar la confianza en el propio cuerpo y aceptar que el regreso depende de un trabajo lento, repetitivo y a menudo invisible.
En una portera, además, la recuperación exige reconstruir movimientos explosivos, apoyos, saltos y cambios de dirección que resultan fundamentales para competir. Coll tuvo que convivir con la distancia respecto a sus compañeras y con la dificultad de observar desde fuera aquello para lo que llevaba años preparándose. Pero su regreso demostró que la paciencia también podía ser una forma de fortaleza.
En marzo de 2023 volvió a competir con el Barcelona y recuperó progresivamente el ritmo necesario para aspirar a objetivos mayores. Apenas unos meses después, su nombre entró en la convocatoria definitiva de España para el Mundial de Australia y Nueva Zelanda. No llegaba como la gran favorita para ocupar la portería, pero sí como una futbolista que había aprendido a resistir cuando el camino parecía detenerse. La lesión, lejos de borrar su potencial, se convirtió en uno de los capítulos que mejor explican la dimensión de su evolución.
El Mundial de 2023 cambió definitivamente su dimensión deportiva. Coll demostró estar lista tras un cambio repentino en la titularidad que le dio paso frente a Suiza. Una oportunidad que aprovechó para ser campeona del mundo bajo palos. Desde ahí, se ha mantenido fija en la meta de España.
Fue el inicio de su consolidación. De manera paralela, se convirtió en titular indiscutible en el Barça. En la campaña 2023-2024 fue una pieza importante del equipo que conquistó Liga F, Copa de la Reina, Supercopa de España y Liga de Campeones, un póquer histórico que confirmó el dominio azulgrana. En 2024-2025 mantuvo su protagonismo en la portería y contribuyó a otra temporada de títulos, con la Liga, la Copa y la Supercopa. Al mismo tiempo, continuó creciendo con la selección española, con la que conquistó la Liga de Naciones en 2024 y defendió la portería en los Juegos Olímpicos de París, donde el equipo terminó en cuarta posición.
Su evolución se aprecia tanto en sus intervenciones como en la comprensión del juego. Coll ha desarrollado una combinación de reflejos, valentía en el uno contra uno, dominio del área y buen manejo del balón, cualidades esenciales para una guardameta que juega en un equipo acostumbrado a adelantar sus líneas. En el Barça, una portera puede pasar largos periodos sin recibir disparos y tener que responder de inmediato ante una ocasión decisiva.
Esa exigencia requiere concentración constante y una enorme capacidad para gestionar los errores. Coll ha aprendido a convivir con esa responsabilidad y a convertir la presión en parte de su trabajo. La temporada 2025-2026 terminó de confirmar su crecimiento: fue titular en un Barcelona que volvió a ganar la Liga, la Copa de la Reina, la Supercopa y la Champions, y sus actuaciones decisivas reforzaron su candidatura al premio individual más importante de su posición.
El Trofeo Yashin que recibió en Londres el 26 de octubre de 2026 reconoció precisamente esa combinación de rendimiento, regularidad y protagonismo en los grandes escenarios. Coll se impuso en la votación a otras porteras de primer nivel, entre ellas la alemana Ann-Katrin Berger, la inglesa Hannah Hampton, la brasileña Lorena y la japonesa Ayaka Yamashita. El galardón, concedido en el marco de la gala del Balón de Oro, lleva el nombre del legendario guardameta soviético Lev Yashin y distingue a la mejor portera de la temporada.
Un triunfo que repartió entre todos
Para Coll, significó transformar años de trabajo en un reconocimiento mundial y añadir una distinción individual de enorme prestigio a un palmarés colectivo extraordinario. Pero la futbolista no quiso presentar el premio como una conquista aislada. Su discurso, pronunciado en buena parte en catalán, con la variedad mallorquina como expresión de sus raíces, fue uno de los momentos más emotivos de la ceremonia.
Agradeció a France Football y a quienes la habían votado, al Barcelona, al cuerpo técnico y a la selección española por permitirle aprender y crecer. Después recordó a sus compañeras, con una reflexión que resumía la naturaleza de su puesto: una portera puede salvar un partido o una final, pero sin el trabajo del equipo no habría sido posible llegar hasta allí. También dedicó unas palabras a las guardametas que abrieron camino antes que ella y a las niñas que hoy sueñan con seguir sus pasos. Su mensaje fue más allá de la celebración deportiva y reivindicó la importancia de contar con referentes y de demostrar a las nuevas generaciones que también pueden llegar a lo más alto.
La imagen de Coll sobre el escenario tuvo, además, un detalle que ayudó a comprender el sentido más íntimo de aquella noche. En su conjunto blanco llevaba bordada la frase: “Poc a poc i bona lletra”, Y, al cerrar su intervención, la guardameta dejó claro que no consideraba el Trofeo Yashin una conquista exclusivamente personal. «Este premio es de mi familia, es de Mallorca, es de mis compañeras, es del Barça y de la selección», resumió, repartiendo el reconocimiento entre las personas y los equipos que habían formado parte de su recorrido.
En esas palabras se encontraba también la explicación de su trayectoria. Porque el talento individual necesita oportunidades, formación, apoyo y un entorno que permita superar los momentos difíciles. Desde los campos de Mallorca hasta las finales europeas, desde el Guante de Oro Sub-17 hasta la titularidad en un Mundial, y desde la rehabilitación de una lesión grave hasta la cima del fútbol internacional. Cata Coll ha construido una carrera en la que cada etapa ha preparado la siguiente. A veces, como le recordó su madre y como ella quiso compartir con el mundo, se llega poco a poco y con buena letra.

